¡No aguantaré más!

No lo soporto más
—¡Otra vez esa música estúpida! —gritó Valentina García, golpeando el radiador con el puño—. ¡Es la una de la madrugada y es como un concierto de rock ahí arriba!

—Mamá, cálmate —susurró su hija María, sin levantar la vista del móvil—. Mañana hablas con ellos.

—¡Pero cuántas veces les he hablado! Llevo un mes aguantando a estos… estos… —agitó las manos buscando palabras— ¡Gamberros de cuidado!

—Mamá, no chilles así. Vas a despertar a Lucía.

—¡Y que se despierte! ¡Que sepa en qué casa vive! —Valentina se acercó a la ventana y la abrió de par en par—. ¡Eh, vosotros arriba! ¡Dejad de gritar!

Del piso superior asomó la cabeza despeinada de un joven.
—Abuela, ¡no grites tú! ¡La gente duerme!
—¿Cómo que abuela, impresentable? —estalló Valentina—. ¡Ahora mismo llamo a la policía municipal!
—¡Pues llama! —rugió el chico cerrando la ventana de golpe.
La música sonó aún más alta.

Valentina se desplomó en el sofá llevándose las manos al pecho. Le temblaban los dedos y apenas podía respirar. María por fin apartó el móvil y miró a su madre.
—Mamá, ¿qué tal? ¿Te tomo las pastillas?
—El agua de valeriana —musitó Valentina.
María trajo el frasco y un vaso de agua. Su madre tomó las gotas y se recostó.
—No puedo más, Mari. De verdad. Antes vivían vecinos decentes. Silencio y orden. Y ahora… —hizo un gesto hacia el techo, de donde venía el estruendo de una batería—.
—¿Cuándo se mudaron? —preguntó María.
—Hace un mes. Una pareja joven. Parecían educados. Saludaban en el portal. Pero resultaron ser… —la frase se ahogó en otro golpe sordo arriba, seguido de risas estridentes—.
—Sin duda, gamberros —refunfuñó—. La gente normal a esta hora duerme.
María bostezó estirándose.
—Mamá, me vuelvo a casa. Es muy tarde.
—¡No me dejes sola con estos… locos!
—Mamáy, ¿y qué voy a hacer? Mañana trabajo, Lucía al colegio. Arréglalo tú con los vecinos.
María recogió sus cosas y salió. Valentina se quedó sola en un piso donde cada ruido de arriba le taladraba el corazón.

Sacó una agenda del cajón y buscó el número de la policía municipal. Nadie contestó. Intentó con la comisaría.
—Digame —dijo una voz agotada.
—Buenas, soy Valentina García de la calle Jardines. Los vecinos de arriba ponen la música a todo volumen, no nos dejan dormir.
—¿Qué hora es?
—¡La una de la madrugada!
—Entendido. Apuntamos su queja. Patrullará una unidad cuando pueda.
—¿Cuándo será eso?
—No puedo precisar. Hay muchas llamadas.
Valentina colgó y apretó los puños. “Cuando puedan”. ¿Mañana? ¿Pasado? ¿La semana que viene?
Asomándose a la calle, solo vio faroles en la oscuridad silenciosa. Pero dentro de su edificio era un infierno. Música atronadora, pisadas fuertes, alarques. A nadie parecía importarle.

Recordó sus treinta años en aquel piso. Vecinos que cambiaban, niños que nacían y crecían. Todos se conocían, se respetaban. Después de las diez, silencio absoluto.
Y ahora… jóvenes llegados de quién sabe dónde, creyéndose con derecho a todo. Sus padres ricos comprándoles pisos, pero sin darles educación.
Arriba empezó otra canción. Guitarras estridentes y bajos que vibraban en las paredes.
No pudo evitarlo. Abrió la ventana de nuevo.
—¡Apagad esa música! —chilló con todas sus fuerzas—. ¡La gente está durmiendo!
Ninguna respuesta. El estruendo seguía.

Se puso la bata y salió al rellano. Subió un piso y llamó. Tras un largo rato, pasos.
—¿Quién es? —preguntó una voz masculina.
—Su vecina de abajo. Por favor, abra.
La puerta se entreabrió con la cadena puesta. Un ojo joven la miraba.
—¿Qué quiere?
—Joven, ¿puede bajar la música? Es la una de la madrugada.
—¿Le estamos molestando?
—¡Claro que me molestan! ¿Cómo voy a dormir con ese ruido?
El chico resopló e iba a cerrar, pero Valentina atascó el pie en el hueco.
—¡Espere! ¡Le estoy hablando!
—Señora, no se ponga así. No molestamos a nadie.
—¿Cómo que no? ¡Todo el edificio les oye!
—Su problema. En nuestro piso hacemos lo que nos da la gana.
La puerta se cerró. Valentina permaneció un instante en el rellano antes de bajar.

En su casa, peor. La música a todo volumen, voces añadidas… visitas.
Se metió en la cama tapándose la cabeza con la almohada. Inútil. El ruido se colaba por todo, retumbánd
Al día siguiente, mientras Dolores observaba desde su ventana a Lucía y Pablo salir sonrientes de casa, con el maletín de la guitarra claramente a la vista, se dijo que quizás la convivencia sí era posible, pero manteniendo el martillo bien a mano en el armario del recibidor, por si algún día hacía falta recordarles los límites.

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¡No aguantaré más!