No adopté a un niño del orfanato. Me llevé a una abuela ajena de la residencia de ancianos, y no me arrepiento
Cuando escuchas que alguien ha adoptado a un niño, la mayoría aprueba, asiente con respeto, elogia. Es noble, correcto, emociona hasta las lágrimas. Pero ¿y si te digo que decidí hacer algo similar, aunque distinto? No fui a un orfanato, sino a una residencia de ancianos. Y me llevé de allí a una abuela que no era mía. Ni parienta, ni conocida. Una mujer olvidada por todos. Y no te imaginas cuánta gente se tocó la sien al enterarse.
—¿Estás loca? La vida ya es difícil, tienes tus hijas, ¿y encima traes a una vieja a casa? —así sonaba la reacción de casi todos. Hasta mis amigas fruncían el ceño. Hasta la vecina, con quien tomaba café en el banco del parque, me miró con desaprobación.
Pero no hice caso. Porque sabía que era lo correcto.
Antes éramos cuatro en casa: mis dos hijas, mi madre y yo. Vivíamos con cariño, cuidándonos. Pero hace ocho meses mi madre falleció. Un golpe que aún resuena en el pecho. Vacío en la casa, en el alma, en el corazón. Su almohada vacía en el sofá, el silencio en la cocina por las mañanas, donde antes sonaba su voz… Nos quedamos solo las tres, como si fuéramos huérfanas.
Pasaron los meses. El dolor se amortiguó, pero la pérdida seguía ahí. Y un día, al despertar, lo entendí: en casa teníamos calor, abrazos y un corazón que dar. Mientras que alguien, en algún lugar, vivía sola entre cuatro paredes, sin nadie. ¿Por qué no regalar ese cariño a quien tanto lo necesitaba?
Conocí a doña Carmela desde niña. Era la madre de mi amigo Javier del colegio. Una mujer dulce y risueña, que nos daba magdalenas y reía como una niña. Pero a Javier la vida lo arrastró: a los treinta empezó a beber sin freno. Y luego… luego le quitó a su madre el piso, lo vendió, lo malgastó y desapareció. Y Carmela acabó en la residencia.
Mis hijas y yo la visitábamos a veces. Le llevábamos fruta, galletas, un tupper con cocido. Seguía sonriendo, pero en sus ojos había algo insoportable: soledad y vergüenza. Entonces supe que no podía dejarla allí. Hablamos en casa. La mayor aceptó enseguida, y la pequeña, Rita, de cuatro años, gritó feliz: «¡Volveremos a tener abuela!»
Pero deberías haber visto cómo lloró Carmela cuando le propuse vivir con nosotras. Me apretó la mano sin poder contener las lágrimas. Y cuando la recogimos de la residencia, iba como una niña: con una bolsa, las manos temblorosas y una mirada tan agradecida que se me cerró la garganta.
Llevamos casi dos meses juntas. Y no te imaginas la energía que tiene esta mujer. Cada madrugada amasa tortitas, hace mermelada, barre y ordena. Parece que ha florecido. Mis hijas y yo bromeamos diciendo que la abuela Carmela es nuestro motor. Juega con Rita, cuenta cuentos, teje manoplas, cose vestidos para las muñecas. La casa ha vuelto a tener alma.
No soy una heroína. No busco hacer de esto una hazaña. Solo entendí que, cuando pierdes a alguien, crees que nadie ocupará su lugar. Pero no es cierto. El bien regresa. Si el mundo te arrebata a la abuela que hacía tus buñuelos favoritos, quizá debas abrirle la puerta a otra que todos han olvidado.
Sí, no adopté a un niño. Pero rescaté a una abuela del abandono. Y puede que en eso haya tanto amor como en cualquier otra forma de familia.







