Era ya noche cerrada cuando Angustias no podía conciliar el sueño. Se revolvía en la cama, daba vueltas de un lado a otro hasta que, al fin, decidió ir a la cocina para beber agua y calmarse. La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el tic-tac del reloj. Pero de pronto, un fuerte golpe en la puerta quebró la quietud.
Angustias se quedó paralizada. A esas horas, nadie solía visitarla. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se envolvió en su bata y se acercó a la entrada. En el umbral estaba Lucía, la niña vecina, cargando a su hermano pequeño, el pequeño Pablo, de apenas dos años.
—Buenas noches, tía Angustias— dijo la niña con voz temblorosa. —Creo que a mamá le ha pasado algo… Está… allí…
Angustias lo comprendió al instante; un dolor agudo le oprimió el pecho. Cruzó la calle corriendo hacia la casa de Carmen, la madre de los niños. La puerta estaba entreabierta. Dentro, reinaba un silencio denso. Entró en el dormitorio y retrocedió, horrorizada ante lo que vio.
Carmen ya no estaba…
Angustias permaneció inmóvil, incapaz de creerlo. Luego, con las piernas entumecidas, regresó a su casa. En la cocina, Lucía estaba encogida, abrazándose a sí misma, mientras Pablo dormitaba a su lado. La niña alzó la mirada y preguntó con una serenidad desgarradora:
—Mamá ha muerto, ¿verdad?
Angustias no pudo contenerse y rompió a llorar. Se acercó y la abrazó con fuerza. Entonces, lloraron juntas. Lucía solo murmuraba:
—Pobre Pablo… Es muy pequeño. Sin mamá, todo será muy difícil para él…
Carmen fue enterrada con toda la aldea presente. No tenía familia cercana. Del padre de los niños, nadie sabía nada. Después del entierro, Lucía y Pablo fueron llevados al orfanato.
Pasaron seis meses. Angustias había retomado su vida, pero cada noche sus pensamientos volvían a aquellos dos. Los visitaba, les llevaba dulces y juguetes. Cada vez que miraba a los ojos de Lucía, llenos de angustia, apenas podía contener las lágrimas.
Sabía que podía llevárselos. Lo deseaba. Pero el miedo la paralizaba. La responsabilidad. El dinero. Su edad. El temor de no estar a la altura.
Angustias era una mujer sola. Había estado casada, pero el matrimonio no prosperó. Durante años intentó quedarse embarazada, en vano. Su marido la abandonó cuando quedó claro que no habría hijos. Después de eso, se encerró en sí misma. No permitió que nadie se acercara. Los hombres dejaron de existir para ella. Vivía para su trabajo. Todos la veían fuerte e independiente, pero en las noches lloraba en silencio.
Su vida transcurría con monotonía. Trabajo, casa, huerto. Su hermana Margarita vivía en otra ciudad; mantenían una buena relación, aunque discutían a menudo—Margarita no quería hijos, y eso exasperaba a Angustias, que habría dado cualquier cosa por ser madre.
Un día, Angustias entró en la tienda del pueblo. En la cola estaba el viejo Vicente, un anciano respetado por todos. La reconoció al instante y se acercó.
—Dime, hija, ¿cómo están los pequeños? ¿Sigues yendo a verlos?
—De vez en cuando… Lo pasan mal, don Vicente, pero poco puedo hacer.
—Pobres criaturas… Pero tú no eres una extraña para ellos. Al fin y al cabo, sois familia.
—¿Cómo? —preguntó Angustias, sorprendida.
Resultó que la madre de Carmen era prima lejana de una tía de Angustias. No era un parentesco cercano, pero suficiente para presentar una solicitud de tutela.
No hubo más dudas. Angustias se sumergió en el papeleo. Casi un año de trámites, certificados, inspecciones… Pero no se rindió.
Cuando todo estuvo listo, Lucía y Pablo regresaron a casa—ahora, a la casa de Angustias. La niña se aferró a ella, y el pequeño no se separaba ni un paso. Por primera vez en muchos años, Angustias no se sintió una mujer sola, sino una madre. De verdad.
Todo cambió desde entonces. La casa volvió a llenarse de risas y pasos pequeños. Angustias ya no lloraba por las noches; ahora preparaba desayunos, revisaba deberes y contaba cuentos antes de dormir. Y, sobre todo, en su corazón había vuelto a florecer el amor. Un amor que dolía, que temblaba, pero que nunca se apagaría.
Y cada vez más, intuía que la felicidad personal no estaba tan lejos. Que en algún lugar habría un hombre al que ofrecer su calor, y que él les daría a los tres su protección.
Pero incluso si eso nunca llegaba, ella ya era feliz. Ya no estaba sola. Era madre. Y eso era lo más importante.




