Querido diario,
Hoy he vuelto a darme una vuelta por el barrio de Lavapiés, y el enfado me ha llevado a quemar la salsa en la sartén de la cocina. He vuelto a discutir con mi madre y ni siquiera me entra en la cabeza llamar a la madre de mi mujer.
Tenemos suerte de contar con dos abuelas, la de mi madre y la de mi mujer aunque suerte suena exagerado, porque no son verdaderas abuelas. Viven a menos de un minuto del colegio infantil La Paloma donde va nuestro hijo, pero se niegan rotundamente a recogerlo. Yo lo haría, pero mi jornada en la oficina de la Generalitat termina a las 18:00 y no puedo llegar a tiempo. Mi esposa, Elena, tampoco siempre puede, pues trabaja en turnos nocturnos en una fábrica de textiles. Por eso hemos tenido que contratar a una niñera, lo que ha puesto una pesada presión sobre nuestro presupuesto familiar, a pesar de contar con abuelas.
Mi madre, Rosa, trabaja hasta las 16:00 y pasa frente a la guardería cada día al volver a casa. En estos momentos su vida privada es lo más importante; se ha divorciado de mi padrastro y quiere vivir para ella misma, así que dice que necesita relajarse después del trabajo y ponerse mascarillas faciales para sentirse más joven. Los fines de semana siempre tiene algún plan: va al cine, visita una exposición o se reúne con amigas. Apenas lleva a su nieto, y solo los fines de semana, argumentando que él le interrumpe la meditación corriendo por la casa. Me da consejos de educación, pero al mismo tiempo se niega categóricamente a participar.
La madre de mi mujer, Concepción, es otro caso. Nunca ha trabajado fuera; siempre ha sido ama de casa. Tiene cuatro hijos con una diferencia de edad inferior a tres años; el mayor es mi yerno. Parecería que sería la persona ideal para ayudar, pero ella dice que ya tiene suficiente con sus propios hijos, que además tiene muchísimas tareas domésticas: cocinar, limpiar, lavar, alimentar a la familia y después ordenar todo. Sus dos hijos menores, de 18 y 21 años, ya son completamente independientes. Una vez me quitó a Luisito y, furiosa, me dijo que no tenía tiempo para nada y que yo debía ocuparme del bebé por mi cuenta. Desde entonces nos ha dejado claro que no podemos contar con su ayuda.
Los gastos de la guardería nos agobian. Me indignan las hipócritas abuelas que cada Navidad se encuentran con el nieto, se abrazan y hablan de cuánto lo aman, mientras que el regalo real que necesitamos es su ayuda. Hoy he tenido que suplicar a Rosa que recoja a Luisito del colegio porque no tenemos dinero para pagar a la niñera.
No podemos esperar nada de nuestros padres, ni en dinero ni en ayuda concreta. La madre de Elena tampoco quiere aportar económicamente; dice que sus hijos comen fuera y todo el dinero se va en la compra.
Me pregunto cómo saldremos de esta situación. Todo lo que ganamos se va en comida, ropa y necesidades del hogar, y encima debemos pagar a la niñera. Necesitamos que nuestras abuelas nos apoyen, pero parece imposible.
Al cerrar el cuaderno, me queda claro que la verdadera ayuda no se compra con euros, sino que se gana con respeto y compromiso mutuo. Esa es la lección que me llevo hoy.





