Montones de nieve del destino
Javier, un abogado madrileño de treinta y cinco años, detestaba la Nochevieja. Para él, no era una celebración sino una auténtica carrera de obstáculos.
El jaleo, la búsqueda del regalo perfecto para compañeros a los que apenas soportaba y, cómo no, la temida cena de empresa. Ese año, su despacho había decidido tirar la casa por la ventana y alquilar una finca enorme en las afueras de Madrid.
Javier conducía hacia allí en su impecable coche negro, escuchando un pódcast sobre novedades fiscales, mentalizándose: aparecer durante una hora, tomar una copa de cava, intercambiar unas palabras corteses con los jefes y escabullirse a casa sin hacer ruido.
Cuando llegó, la finca bullía como una colmena agitada. Por todas partes pululaban personas vestidas de colores vivos, riendo de forma exagerada para contagiar alegría.
Javier cogió su copa y se apostó junto a la pared, como un centinela, observando aquel carrusel de felicidad impostada. Se sentía un marciano abandonado en un planeta donde la máxima era celebrar la felicidad casi por decreto.
***
Entonces la vio. No era la más llamativa ni la que más hablaba. Estaba junto a una ventana, algo apartada, mirando cómo la nieve se arremolinaba tras el cristal.
Llevaba un vestido azul marino sencillo y sostenía un vaso de zumo. No parecía ni triste ni aislada. Más bien, ensimismada.
Javier se sorprendió pensando que ella reflejaba justo cómo él se sentía.
Mala noche para volver conduciendo dijo, acercándose a la desconocida.
(No se le ocurrió nada mejor).
Ella se volvió y le sonrió. No fue la típica sonrisa de compromiso, sino una sonrisa cálida y sincera.
¡Pero mira qué bonito todo! respondió señalando la ventana. Cuando todo queda cubierto de nieve parece que los problemas desaparecen bajo el manto blanco.
Javier se quedó desconcertado. Aquello no se lo esperaba.
Javier se presentó.
Inés le dio la mano. Trabajo en contabilidad. Creo que nos hemos cruzado un par de veces en el ascensor.
Guardaron silencio. Una pausa cómoda, envolvente.
La nevada cada vez era más intensa. Por los altavoces avisaron de que las carreteras quedaban cortadas y todos tendrían que pasar la noche allí.
Un murmullo colectivo de decepción y nerviosismo recorrió la sala.
Javier hizo un gesto resignado. Su plan se había desmoronado.
Bueno, abogado, ¿preparado para dormir en una cama supletoria? bromeó Inés con ironía.
Mi oficio no me enseñó esto sonrió Javier. ¿Y tú?
Siempre llevo un buen cargador y un libro. Estoy lista para cualquier catástrofe contestó Inés entre risas.
Y así, desprovistos de planes y de máscaras, empezaron a hablar de verdad.
***
Inés adoraba el cine antiguo en blanco y negro, mientras que Javier los detestaba, aunque prometió ver uno si ella le explicaba qué tenían de especial.
Javier confesó que soñaba con dejarlo todo algún día para abrir una pequeña cafetería, e Inés le contó en voz baja que pintaba acuarelas pero nunca había enseñado un cuadro a nadie.
Se quedaron charlando en un rincón, ajenos al bullicio, bebiendo té caliente del termo que, como resulta, Inés había llevado en su bolso.
Ella le habló de su gato, que se volvía loco cazando copos desde la ventana, y él recordó a su abuela, que le enseñó a preparar roscón de Reyes.
Cuando el reloj marcó la medianoche no gritaron ¡Feliz año!. Simplemente se miraron.
Feliz año nuevo, Javier susurró Inés.
Feliz año nuevo, Inés contestó él.
Aquella noche no durmieron en habitaciones lujosas, sino en el salón pequeño, sobre dos camastros que preparó el personal para los atrapados, uno junto al otro. Hablaron en voz baja hasta casi el amanecer, mientras fuera la tormenta de nieve empezaba a amainar.
Al alba, cuando despejaron los caminos, salieron juntos al exterior. Todo era blanco, puro y tranquilo. El sol deslumbraba, reflejado en los montones de nieve.
¿Y ahora, hacia dónde vas? preguntó Javier.
Tomaré el bus. Iré a casa.
Oye… podría acercarte en coche.
Inés le miró y sus ojos se llenaron de alegría divertida.
¿Y si te digo que me encanta este mundo silencioso y helado? Me apetece caminar hasta la primera parada.
Javier comprendió. Aquella noche no había sido casualidad.
Era el principio de algo nuevo y verdadero.
Entonces iré contigo dijo convencido.
Y se encaminaron juntos por la nieve intacta, los dos solos en el primer día del año, dejando tras de sí unas huellas que se perdían hacia un futuro desconocido y luminoso.
Y a veces, simplemente, uno quiere creer en ello…







