Manuel Gutiérrez procuraba no pensar en su pasado, y mucho menos mencionarlo a nadie. Prefería dejarlo enterrado, porque sinceramente, ¡qué pesadilla! Había tantas cosas torpes y vergonzosas que, a veces, incluso a él le costaba creer que todo aquello le hubiese pasado realmente. Era como si un cuentista maligno hubiese inventado para él una interminable y absurda novela, y una noche, aprovechando un descuido, se la hubiese susurrado al oído mientras dormía. Y él, por ingenuo, acabó creyéndoselo todo.
Ahora, después de tantas vueltas y errores, con sus cincuenta años recién cumplidos, Manuel había dejado atrás las viejas costumbres y trataba de vivir con cabeza y sensatez. Soñaba con encontrar una nueva esposa y, por fin, ser feliz.
Hace poco conoció por internet a una mujer deslumbrante, de nombre inusualmente poético: Esperanza. Empezaron con mensajes, luego vinieron las llamadas, hasta que al fin acordaron verse en una cafetería de Madrid.
Al verla en persona, Esperanza resultó aún más atractiva que en sus fotos del portal de citas. Y tenía unos ojos, ay, unos ojos intensos, donde se adivinaba que ella tampoco había viajado poco en la vida. En aquellas pupilas latía un misterio, aviso de que esa mujer tampoco era ninguna novata en las cosas del querer.
Durante un minuto se sentaron en silencio, mirándose fijamente, escudriñándose sin disimulo bajo la luz tenue del local.
Bueno empezó ella, con una sonrisa enigmática, casi como la de la mismísima Gioconda, ¿nos vamos a conocer en persona, Manuel?
Por supuesto dijo él, encantado, y, bromeando, le ofreció la mano. Manuel Gutiérrez Hidalgo. Cincuenta años. Soltero.
¿Soltero desde siempre, o soltero de nuevo? siguió Esperanza, con esa sonrisa. ¿Por cuánta vez ya?
Verás, Esperanza Manuel dudó, se le nubló la frente. ¿Es que quieres saberlo absolutamente todo de mí?
Justamente eso: todo, absolutamente todo asintió ella en serio. Quiero saber cuántos esqueletos guardas en tus armarios.
Ufff… Manuel resopló. El problema es que mis esqueletos no caben en un solo armario, Esperanza.
Eso me imaginaba respondió ella, sin sorprenderse en absoluto. Pero no pienses que vas a asustarme con un par de armarios.
¿Por qué piensas eso de mí?
No solo de ti. Todo hombre tiene esqueletos guardados. ¡Es natural!
¿Y las mujeres? replicó él con ironía. ¿En el armario solo guardan vestidos y mantas?
Lo de las mujeres lo dejamos para más tarde. Ahora vamos con tus armarios. Dime, ¿en esta historia soy yo la última víctima?
No, no, no negó él serio. Normalmente, el sacrificado era yo. Pero esta vez, con la tercera, espero tener suerte.
Ajá, ya veo ella asintió de nuevo. Así que dos veces desdichado.
No, no es eso. No he sido desgraciado. He sido demasiado confiado. Y muy enamoradizo. Pero ahora, después de medio siglo, he decidido ser más precavido, incluso cínico. Como todos.
¿Y no pagar pensión?
Las pensiones ya hace tiempo que están saldadas.
¿A tus hijos legítimos?
Por supuesto.
¿Y a los ilegítimos?
En teoría, de esos no tengo balbuceó Manuel sin convicción. Al menos, nadie me los ha reclamado.
O sea, que no niegas la posibilidad de que, con otras mujeres, pudieras haber tenido algún hijo
Por favor, Esperanza se quejó Manuel. Todas las mujeres con las que estuve dejaron de ser extrañas para mí. A cada una llegué a quererla.
¿Mucho tiempo?
Depende la sombra se le vino encima. Lo que no entiendo es por qué quieres saber tanto. Ya te he dicho: fui demasiado enamoradizo y un poco tonto.
¿En qué consistía tu tontería? insistió Esperanza.
En creer que cada amor había de ser para siempre. Cuando en realidad
En realidad eras un mujeriego, ¿no es eso?
Por costumbre, Manuel iba a contradecirla. Pero algo dentro se lo impidió. Miró a Esperanza a los ojos y, resignado, alzó una mano.
Llámame como quieras: mujeriego, donjuán, golfo, gigoló He tenido que oír de todo de mis ex.
¿Cuántas fueron, entonces, exactamente?
Ya te he dicho: dos esposas. Y no les fui infiel a ninguna de ellas. Todas las aventuras fueron en mi juventud, mucho antes de ponerme por primera vez el anillo. Pero claro, cuando ellas se enteraron por casualidad de ese pasado, empezaron a imaginar lo que no era. Por eso acabé cambiando de ciudad. Hasta me vine a Madrid para alejarme de esa rutina que me perseguía.
Vaya Esperanza se animó. Ahora sí que quiero saber: ¿qué había en ese pasado? ¿Me lo cuentas?
¿Para que esta cita sea la primera y última?
¿Tenías algún crimen inconfesable que no pudiera perdonarte?
No, crimen, lamentablemente, no hubo Manuel suspiró. Primero hubo algo idealizado, luego cosas horribles y ruines. Lo típico de amores locos, que al final siempre se hacen añicos por la traición más vulgar. Y no una, sino varias veces, con mujeres que parecían un cielo. Pero la culpa fue mía, por ingenuo. El amor, Esperanza, no es más que una enfermedad violenta, que acaba rápido y te deja curado y escarmentado. Se calló un instante, y luego, firme, terminó. Y ahí deberíamos acabar nuestra conversación.
¿Por qué? preguntó Esperanza, realmente sorprendida.
Porque has abierto armarios que yo nunca quise volver a tocar. Ahora me ha entrado un humor de perros. Y si llegásemos a algo, temo que mis esqueletos te perseguirían también. Ya he aprendido la lección.
No pasa nada, Manu dijo ella, de nuevo con la sonrisa de Gioconda. Si tus esqueletos me acosan, yo abriré los míos. Tengo igual de muchos y no son menos feroces. ¿Te atreves a asomarte a mis armarios?
Manuel se quedó descolocado.
¿Me estás diciendo que tú también fuiste?
Claro le interrumpió Esperanza. También fui joven, también quise amar mucho y a fondo. Por eso quería saber de tus secretos: entre marido y mujer debe haber complicidad. ¿O no?
Pues sí Manuel respiró hondo, aliviado. Pero hagamos un trato: no hablemos más de aquellos años. Que hoy sea la última vez que los nombramos.
¿Por qué?
Simplemente porque no me apetece recordarlos.
De acuerdo aceptó ella. La verdad, yo tampoco los echo de menos. ¿Pedimos algo? Ya que estamos en una cafetería, elijamos algo que nos recuerde a los viejos tiempos.
¿Un vermú de grifo?
Por supuesto. Ya ni recuerdo el sabor. También pediría huevo relleno y unos montaditos de anchoas, ¿te parece?
Y además
Cinco minutos después, ya estaban riendo a carcajadas. Y es que, una vez más, hablaban del pasado, pero del lado divertido de la juventud. De esos recuerdos que, por fortuna, todos tenemos y que da tanta alegría revivir, aunque sea solo por un rato.






