No desempaquetes la maleta, te vas
¿Qué pasa? preguntó Irene con voz firme, casi autoritaria. Leoncio seguía tumbado en el sofá y ni se dignó a levantarse al verla entrar en el salón luminoso del piso de Salamanca.
Pasa que te marchas, nena. No hace falta que saques nada de la maleta: estamos divorciándonos, y hoy te vas de casa respondió él, con una serenidad helada.
Irene pensó que había escuchado mal. ¿Nena?
¿Tú me ves? ¿Tú crees que soy una nena? ¡Pero si mido casi dos metros! saltó Leoncio en otra ocasión, cuando Marta le propuso que se disfrazara de conejito.
Pues serás el conejito acelerado replicó su amiga, con la ironía castiza que le caracterizaba. ¡Aplastando y saltando por encima de todos!
¿Pero qué talla es el disfraz de conejo? preguntó Leoncio, con media sonrisa.
Bah, caray ¡Es cierto! ¡El traje nos quedaba pequeño! ¿Cómo no caí en la cuenta? resopló Marta, fastidiada.
Tras unos segundos de silencio, propuso con energía:
Pues mira, Leoncio, tú disfrazado de Papá Noel, y Víctor se pone el traje de conejo, que es bajito.
¿Y la ropa me quedará bien? El abrigo, el chaquetón ese
¡Claro! A Víctor le queda grande, siempre tiene que recogerse las mangas.
¿Y el texto? No sé ni lo que tengo que decir
Ay, hijo, ¡que no hay texto! Todo pura improvisación. Si tú eres el que sacó matrícula de honor. Y yo te voy soplando aseguró Marta, con esa sonrisa que suavizaba el mundo.
Marta, amiga de Leoncio desde los primeros años del instituto San Isidro, trabajaba en una agencia de eventos en Madrid. Ese año, como siempre en las fechas navideñas, tenían mil bolos. Pero a última hora Víctor, el chico que hacía de conejo en las fiestas infantiles, cayó enfermo con una neumonía que le tuvo en casa.
Eso dejó un hueco enorme en el equipo que recorría la ciudad animando fiestas y cumpliendo encargos en las urbanizaciones del norte.
¿Pero qué pitorreo es este? habrían dicho los puristas de la tradición. ¿Pero desde cuándo sale un conejo en una fiesta de Reyes o de Papá Noel? Por amor de Dios, en España siempre han sido Papá Noel y la niña de las nieves, de toda la vida. ¿A qué viene tanto invento?
Pero el nuevo jefe de la agencia, un tipo joven y lleno de ideas, quería distinguirse del resto. Y, además, el que paga, manda
Tal vez el propio jefe tenía alguna cuenta pendiente de la infancia, alguna frustración no resuelta, algún sueño ridículo que jamás se había dado: el típico gestalt no cerrado, como dirían en la facultad. Quizá de niño nunca fue el conejo de la función del colegio y quiso, a toda costa, que la agencia tuviera un conejo de peluche blanco, con orejotas y una zanahoria de trapo en la mochila.
¡Vamos a renovar la escena! decía arrollador. Hay que refrescar la rutina, ¡darle una alegría al evento!
Al lado de ese jefe, el mítico Don Serafín Aguado de La gran fiesta parecería un simpático peluche de feria.
Y así, el trío de actores animadores de la agencia quedó establecido: Papá Noel-Víctor, Marta la Niña de las Nieves, y el conejo. Pero esta vez, el conejo cayó enfermo y no había nadie más que pudiera sustituirlo, especialmente los días 30 y 31 de diciembre.
A mí no me importa, pero tiene que haber conejo dictaminó el jefe.
Toda la situación era digna de una letra infantil: Hoy me siento muy triste, el pobre conejo está malito y el día seguía su curso.
Leoncio andaba sumido en la melancolía. De hecho, el panorama que se preveía para Nochevieja era desolador: su mujer Irene había marchado a Valladolid a cuidar a su madre enferma. Él se había quedado solo con el corazón lleno de soledad.
La mujer no levantaba cabeza últimamente; una dolencia tras otra la tenía fuera de combate. La tercera vez que Irene empaquetaba ropa para irse a casa de su madre en apenas dos meses.
Cariño, tienes que entenderlo argumentaba la delicada Irene, guardando ropa en la maleta. No puedo dejar a mamá sola en este estado.
Bueno, pues me voy contigo sugirió Leoncio con ternura. No quiero que pases la Nochevieja sola.
¡Ni hablar, mi vida! No hace falta que tú también pases un mal rato. Ya bastante triste me parece lo mío
¿Y eso de juntos en la salud y la enfermedad? se indignó Leoncio. ¿No era nuestro juramento?
Tú llámame y anímame. Ya con eso estoy bien. Sal con tus amigos, diviértete un poco
Podría haberse apuntado a cenar a algún sitio con algún conocido, pero todo el mundo ya tenía planes cerrados.
La tristeza le devoraba, como un personaje de esa mítica escena de Gila: el ambiente era tan gris que hasta las luces de la Feria de Navidad parecían apagadas.
Sonó el móvil. Era Marta, la amiga salvadora, el bastón en el que Leoncio siempre podía apoyarse. De las de verdad. Desde el Instituto juntos, aunque Irene siempre le ponía mala cara a su amistad decía que hombre y mujer no podían ser amigos. Incluso prohibió que Marta acudiera a su boda, aunque estuviera casada.
Leoncio, en su generosidad, nunca puso el grito en el cielo: prefería no alterar el humor de su Irene. Marta entendió, como hacen las amigas de verdad.
Así siguieron en contacto, aunque cada vez menos público: Leoncio llamaba a Marta desde el trabajo para no molestar a Irene.
Ahora, con un año nuevo que prometía soledad, Marta le propuso ese bolo navideño. Estaba bien pagado, pero él aceptó más por distraerse que por euros, aunque su puesto en una consultora de análisis financiero les daba un colchón suficiente para vivir bien en el centro de Madrid.
El abrigo de Papá Noel le sentaba casi perfecto. Las botas, también. Marta le puso una barba y bigote falsos ¡listos para llevar la magia a los niños!
Y, al final, todo fue rodado: los niños recitaban poemas, el conejo saltaba temblando la zanahoria y montaban la fiesta alrededor del árbol. Todo era, como diría su abuela, de rechupete.
Ya solo quedaba el último encargo: a las diez de la noche del 31 de diciembre. ¡Y después, libertad total!
Marta, enterada de la forzada soledad de su amigo, lo invitó a su piso a recibir el Año Nuevo con ella, su marido y la madre de Marta, que también conocía a Leoncio desde el cole. Ella tenía 25 años, aún no hijos.
La última visita la afrontaron con alegría. Víctor incluso se tomó un chupito, algo inédito dado su papel habitual.
A las 21:45, desde el coche, Leoncio llamó a su mujer:
¿Qué tal estás, amor?
Aguantando, cariño, aguantando
¡Feliz Año Nuevo! Pásame a tu madre, quiero felicitarla también.
Ay, se acaba de quedar dormida, no la quiero molestar Yo estoy viendo la tele con los cascos y pensando en ti.
Te quiero. Te llamo a las doce.
Y yo a ti, mi vida. Cuídate mucho, conejito le contestó ella, utilizando aquel sobrenombre suyo.
La puerta del piso donde tocaban, al otro extremo de Chamartín, se abrió y Leoncio se quedó petrificado. Detrás de la puerta estaba Irene, su Irene, vestida con el traje de fiesta negro y los tacones que la hacían irresistible. La misma Irene que, dos días antes, se había marchado en tren a Valladolid. La misma con quien quince minutos antes había hablado por teléfono.
Cuando él le había ofrecido llevarla personalmente, Irene le había respondido tajante que no hacía falta: podía ir perfectamente sola, disfruta de tus vacaciones.
¿Y cuándo ha metido ese vestido y esos tacones en la maleta? pensó el Papá Noel improvisado. ¡Es una maga, una ilusionista!
¿Sería otra persona? ¿Una hermana gemela, quizá? No, era ella incluso tenía el lunar sobre la ceja izquierda.
¿O sería una alucinación? Con todo lo que decían en la tele sobre el cometa acercándose a la Tierra, la atmósfera estaba para ver bichos. Pero todos podían ver a Irene.
¡Conejito! gritó la alucinación hacia el interior del piso.
¿Conejito? Pero si Conejito era él, el apodo que Irene acababa de usar por teléfono.
Leoncio estaba como en trance, como si todo aquello sucediese sobre un escenario y él fuera mero espectador.
¡Voy, nena! contestó una voz pesada desde dentro, y salió a la entrada un hombre calvo, grueso, con papada de vino.
¿Dónde está el niño? ¿Vadim? preguntó Marta-Niña de las Nieves.
¡Yo soy Vadim! se carcajeó el tipo, dándose palmaditas en la barriga. Hoy he querido darme un homenaje.
Leoncio miraba atónito aquella escena: ¿por ese imbécil su Irene le había mentido de una forma tan burda? Todo quedaba claro y repugnante.
Lo primero que pensó fue montar un escándalo ahí mismo, en la casa ajena. Pero le dio vergüenza por Marta; no podía fallar de esa forma.
Así que, poniendo una voz ligeramente distinta (por si acaso Irene le reconocía), ordenó casi con tono marcial:
¡Anda, Vadim, recita el verso de Navidad!
Vadim balbuceó algo. Irene no reconoció a su marido: los dos llevaban ya un buen par de copas encima, que para eso era Nochevieja.
Pero, ¿cómo podía haberse enrollado con ese tipo tan vulgar? ¿La Irene exquisita, perfecionista, con aquel?
Irene se agarraba al gordo, riendo con la embriaguez de quien siente la propia traición.
Leoncio lo veía todo claro: ahora ya comprendía el origen de aquellos regalos que la supuesta madre jubilada de Valladolid le hacía a su mujer
¡Ahora, todos en corro! gritó Vadim, harto de recitar. Empezaron a bailar alrededor del árbol.
Nena, ¡pon nuestra canción! medio balbuceó el conejo de pacotilla. Y la nena la puso: se pusieron a menearse.
Bailaban Vadim, Irene y Víctor, que se había animado con otro chupito. Leoncio, viendo la escena, sacó el móvil para grabar: el alibi de Irene iba a evaporarse ante sus propios ojos.
Al rato, Vadim el anfitrión se cansó y los echó de casa:
¡Ya basta, que tengo sueño! ¡Felices fiestas y a casa! Anda, nena, acompaña a estos buenos señores a la puerta.
En la calle, Marta comentó, cuando el coche tomaba la Castellana hacia el centro:
Qué raro, con lo guapa que es Irene ¿Qué habrá visto en ese gañán? Que no es ni su marido, seguro.
“¡Yo soy su marido!”, estuvo por gritar Leoncio. Pero se contuvo.
Decidió no ir a casa de Marta a celebrar la Nochevieja; sabía que no podría fingir buen humor. Y contar la basura que acababa de caerle encima le superaba.
Así que mintió, dijo que se encontraba mal, algo de fiebre, y se marchó solo a casa. A Irene no la llamó a las doce. Ni después. Ya podía celebrar con su conejo
Leoncio recibió el Año Nuevo en soledad. Pero esa noche tuvo tiempo de pensar en todo.
A pesar de todo, quería a su mujer. Aunque lo vivido había erosionado mucho ese amor en unas horas. Pero perdonarlo, imposible. Así que, lo tenía claro: divorcio. El piso de la calle Orense era suyo.
Al ver que el marido no la llamaba ni un solo día más, Irene se inquietó. ¿Qué pasaba? Si él siempre había sido tan atento Alarmada, volvió corriendo de Valladolid la noche del dos de enero, en taxi.
¿Qué ha pasado? preguntó Irene nada más entrar en el salón. De nuevo la misma escena, de nuevo Leoncio acostado en el sofá, mirándola sin moverse.
Ha pasado que te marchas de casa, nena. No hace falta que desempaquetes. Hoy mismo firmas el divorcio y te vas sentenció él.
Irene pensó que estaría delirando. ¿Nena? Pero ¿cómo lo sabía? Solo Vadim la llamaba así
¿Adónde según tú me voy? intentó atacar Irene a la defensiva.
Eso ya es cosa tuya: a casa de tu conejito o a la de tu madre en Valladolid. Por cierto, ¿ya está mejor? preguntó Leoncio con voz indiferente.
No, Leoncio, no has entendido nada empezó, temblorosa. ¡Vaya, lo sabe! Pero, ¿cómo? Su madre tenía orden estricto de no coger el teléfono. Vadim, ni idea.
¿La habrían visto juntos? ¿Quién?
Bueno, pues cuéntame tu versión le desafió él con curiosidad fría. ¿Tal vez el tipo calvo era el doctor que ibas a consultar sobre la salud de tu pobre madre?
¿O sería un alquimista que te prometía un elixir milagroso? O, no sé, una enfermero contratado por mí que, por un módico sueldo, iba a cuidar a la suegra en turno de noche y cambio de sábanas.
¿O, no lo quiera Dios no insinúo nada, un empleado de servicios funerarios, para organizar todo por si acaso, hija mía?
Vamos, Irene, no te acomplejes: si no te dio vergüenza levantar la pierna bailando con el conejo, no te cortes ahora. ¿Qué fue, nena?
Y Leoncio le mostró el vídeo en silencio.
Irene, aturdida, no supo qué decir. Era cierto, tenía un amante. ¿Por qué? Por el simple subidón de adrenalina.
Estaba aburrida en casa, Vadim tenía dinero, le hacía regalitos bonitos. ¿Trabajar para pasar el tiempo? ¡Ja! No, la vida era para disfrutarla.
Pero, ¡qué casualidad más maldita! ¿Quién podía prever lo de aquella noche?
Seguro que quería a su marido; o tal vez dependía de él. Por eso lo había ocultado tan bien: no quería morder la mano que le daba de comer…
Por eso dolía más.
Si al menos hubiera dicho que se enamoró y se iba con su pelado, Leoncio podría haberlo encajado. Incluso, tras una infidelidad única, puede que la hubiera perdonado: Leoncio era así ¿O ya no?
Pero aquí había cuernos y litros de mentira. Un engaño largo, planificado al milímetro.
Eso era equivalente a un crimen premeditado. Y eso es, sin dudas, un agravante a la hora del juicio.
Irene lloró, suplicó, prometió de todo Pero Leoncio fue de hierro: lo dicho, dicho está. ¡Así son los Papá Noeles de verdad!
La ruptura se formalizó. Leoncio se sintió aliviado, seguro de tener toda la razón. Solo lamentaba, con una punzada amarga, no haber montado el escándalo esa misma Nochevieja
En el fondo, pensó, hubiera dado más emoción ¿De qué sirve tanta educación y tantos protocolos en la vida? ¿Tanto mirar las formas?
En fin, no salió tan mal. ¿O no es así?







