¡Eso quisieras! El pretendiente creía que viviría en mi piso a mi costa
Ahora que han pasado los años, recuerdo con orgullo lo firme que siempre fui en mis propósitos. A los veinticinco años ya tenía mi propio piso en Madrid, conseguido completamente gracias a mi esfuerzo y perseverancia.
No recibí ayuda alguna de mis padres ni de ningún familiar; cada peseta invertida en aquel hogar la gané yo con el sudor de mi frente. Poco después, cuando conocí a un muchacho que conquistó mi corazón, cometí la ingenuidad de confiarle que tenía una vivienda propia.
Sin embargo, le dejé claro desde el principio que no pensaba mudarme a su casa. Él y yo decidimos que buscaríamos un piso de alquiler para los dos, mientras yo alquilaría el mío con la idea de ahorrar para comprarme un coche.
Él aceptó el plan, asegurando que en breve reuniría lo necesario para el alquiler conjunto y así podríamos empezar una vida juntos. Pasaron seis meses cuando, de repente, se presentó en mi puerta con una maleta en la mano. Decía que acababan de despedirle y que no tenía ni una peseta.
Me pidió que le dejara quedarse conmigo, aunque fuese solo por un tiempo. Por suerte, al menos contaba con sus padres, así que no estaba desamparado. Yo no le acepté en casa. Siempre he pensado que aquella historia de la falta de trabajo era solo una excusa para aprovecharse de mí y vivir a costa mía, ni más ni menos. Nuestro idilio terminó ahí mismo, y nunca me he arrepentido.







