María había planeado hacía tiempo dar un vuelco a su vida: adoptar a un niño de un centro de acogida. Su marido, con quien había compartido seis años sin lograr un hijo, la había abandonado por una mujer más joven y con un currículum más reluciente. María se sentía agotada del matrimonio; ya no le quedaban fuerzas ni ganas de intentar montar una familia que “en las buenas y en las malas”. Decidió, pues, que si iba a gastar energía y cariño, lo haría en alguien que de verdad los necesitara.
Así que se puso manos a la obra. Visitó la Oficina de Protección Infantil, rellenó los papeles y, con la documentación en regla, comenzó la caza del chico que sería su hijo, su extensión, el receptor de los 38 años de calor humano que llevaba acumulados.
No quería a un bebé; temía no poder con los pañales y las noches en vela, porque ya había superado esa etapa en la que una mujer, sin saberlo, anhela estar despierta hasta el amanecer arrullando. Por eso se dirigió al orfanato con la intención de encontrar a un pequeño de tres o cinco años, alguien que pudiera convertirse en su propio reto.
Subiendo al autobús de la línea 27, María temblaba como en una primera cita. No se dio cuenta de que la primavera madrileña había florecido con su luz diáfana y su sol que, aunque tímido, quemaba con intensidad. El autobús crujía en cada curva mientras ella repasaba en su cabeza al futuro hijo, que aún no sabía que estaba destinado a ella.
Por la ventana se veía la ciudad: coches que relucían al sol, gente que corría de un lado a otro. Ninguno sospechaba que María se dirigía al encuentro de su propia felicidad. Se volvió al ventanal, pero, para su sorpresa, ni el panorama ni el tráfico le importaban; su sonrisa estaba reservada al niño que conocería en pocos minutos.
Llegó a la parada señalada: “Orfanato”. Al bajar, se topó con un edificio de fachada desgastada, columnas con la pintura desconchada, como si se hubieran intentado camuflar para que el enemigo no lo encontrara.
Entró, habló con el guardia, quien la condujo al despacho de la directora. La mujer que la recibió llevaba una chaqueta de punto gastada, con pelos de lana que asomaban. Era una figura provinciana, desaliñada pero con la mirada firme de quien lleva años en su puesto. La charla fue breve, pues ambas estaban ocupadas.
¿Vamos a elegir?, propuso la directora, levantándose de su silla.
María la siguió por un pasillo de paneles azul oscuro. La directora comentó por encima del hombro:
El grupo de menores está en juego, vamos.
Abrieron la puerta y se encontraron con una sala cubierta de alfombra, donde unos quince niños jugaban entre estanterías de juguetes. Una cuidadora, sentada junto a la ventana, escribía algo mientras observaba con ojo avizor.
Al entrar, los niños se lanzaron a los brazos de las adultas, gritando como alitas de golondrina:
¡Mamá, soy yo! ¡Soy yo! exclamaban.
La directora acariciaba a los pequeños mientras susurraba a María breves notas sobre cada uno. María se sentía desbordada: quería a todos, pero su mirada se posó en un niño que estaba apartado, sentado en una silla frente a la ventana, observando la calle como si fuera su propio teatro.
Se acercó y, sin dudarlo, puso la mano sobre su cabeza. De entre sus dedos asomaron unos ojitos ligeramente bizcos, de un color indefinido, que contrastaban con su rostro chato, su nariz ancha y sus cejas apenas dibujadas. No se parecía en nada al niño que María había imaginado.
No me escogerás, musitó el chico con una voz que mezclaba inocencia y resignación.
María, sin retirar la mano, preguntó:
¿Por qué lo crees, pequeño?
Porque soy mocoso y siempre estoy enfermo. Tengo una hermanita, Nélida, que está en el grupo de bebés. Cada día corro a verla y le paso la mano por la cabeza para que no se olvide de que tiene un hermano mayor. Me llamo Víctor, y sin Nélida no sé a dónde iré.
En ese instante, una gota de mocos cayó del nariz del niño, como si la tensión hubiera derramado su última reserva.
María comprendió entonces que había esperado toda su vida el encuentro con ese Víctor mocoso, con su hermana Nélida que aún no había visto pero que ya le había robado el corazón. Y, con una sonrisa entre sardónica y tierna, supo que el verdadero proyecto de su vida acababa de comenzar.







