Natalia regresaba del supermercado con las bolsas llenas y los brazos ya a punto de caérsele. Justo cuando estaba a punto de entrar en el portal de su casa, vio un coche desconocido aparcado junto a la verja. ¿Y este quién será? Yo no espero a nadie se dijo, frunciendo el ceño. Se acercó con cautela, y, al entrar en el patio, se quedó clavada: allí estaba su hijo, tan joven como siempre. ¡Has venido! exclamó ella, soltando las bolsas en el suelo para lanzarse a abrazarlo. Mamá, espera un momento, que tengo que contarte algo dijo él apartándola suavemente. ¿Pero qué ocurre? preguntó Natalia, ya con el corazón encogido. Mejor siéntate le pidió Víctor en voz baja. Natalia se dejó caer en el banco del patio, preparándose para lo peor.
Natalia Fernández de la Fuente vivía sola en un pueblecito de la sierra, con unas vistas tan bonitas que sólo faltaba Julio Iglesias cantándole debajo del balcón. Su marido llevaba dos años en el otro barrio y el único hijo, Víctor, se marchó a la capital a estudiar ingeniería y, desde entonces, poco más se supo de él. Trabajaba en una fábrica, primero en un apartamento de alquiler cutre, pero luego la vida le había dado un pequeño giro, aunque nunca entraba en detalles con su madre.
Por lo general, se pasaba poco por casa hasta que le compró el coche. Desde entonces, el hijo se presentaba de improviso, como un control de alcoholemia: le traía embutido, algo de ropa nueva, y cada vez alguna sorpresa. La última vez, le regaló un mantón de lana hecho a mano: muy bonito, aunque Natalia no era de muchos adornos.
Eso sí, de su vida, ni mu. Mamá, todo bien, no te comas la cabeza. Palabras textuales. Hasta que, como en todos los pueblos, la información viaja más rápido que el AVE. Su vecina Violeta, jovencita ella, estuvo en la capital y claro, algo tenía que traer, aparte de jamón.
Natalia, medio resignada, le preparó a su hijo un tarro de mermelada casera y unos boletus en conserva para que Violeta se los acercase. Como tenía el móvil de Víctor, la chica le llamó y quedaron.
Ay, doña Natalia, allí llegó él en un coche y con una señorona. Recogió todo y me dijo que le diera un saludo. ¿Una señorona? Natalia casi se atragantó. Pues yo qué sé. Ni bajó del coche. Eso sí, parecía mayor que él, será cinco años más vieja, bien maquillada y bien plantá.
A Natalia aquello le olía raro. Su hijo nunca le contaba nada de amores. Había que indagar. Pero ni hacía falta, porque la vida se encarga de estas cosas.
Días después, Natalia venía del supermercado y, en la puerta, le estaban esperando su hijo y un niño. Coches en la puerta, caras serias. ¡Has venido! Se lanzó a abrazarlo, pero él se apartó y dijo: Hola, mamá. Mira, te presento a Jorge. Es como un hijo para mí ahora.
Bueno, pasaos dentro, ¿qué hacéis en el patio pasando frío?
En un pispás, el menú estaba sobre la mesa: unas patatas hervidas aún calentitas, repollo encurtido y carne cocida, jugosa y blandita. Jorge apenas miraba el plato, pinchando la comida con desgana. Tras el té, mandaron al niño a descubrir el patio, mientras madre e hijo se ponían al día.
Mamá, te tengo que contar. El año pasado me casé. Bueno, casarnos, casarnos firmamos los papeles y ya. Ella se llama Elena y este es su hijo. No quise decírtelo para que no te agobiaras, y bueno Elena no quiere conocer a la suegra.
¿Por qué? ¿No soy lo bastante digna, o por qué soy de pueblo y le va grande? Ni mucho menos suspiró Víctor. Es que su anterior suegra le hizo la vida imposible, mucho drama. Se acabó yéndose de casa. Al final, la pobre mujer murió, y luego su ex también. A Elena le quedó el piso y el coche y, bueno, al conocernos, me invitó a vivir con ellos y firmamos. Pero tiene trauma con las suegras, ni oír hablar de ellas.
¿Y el crío? ¿Por qué lo traes? preguntó, extrañada, Natalia.
Elena está embarazada, en agosto dará a luz. Y ahora en verano no puede con Jorge, necesita vigilancia y yo estoy todo el día en el curro. ¿Te puedes quedar con él hasta otoño?
Ni lo dudes, hijo, claro. Pero ¿tú crees que él querrá quedarse aquí, en el pueblo, conmigo?
A ver, mamá no es cuestión de querer, es cuestión de cumplir.
A Natalia le chocó un poco aquella respuesta tan seca, pero decidió no meterse demasiado. Al fin y al cabo, a Elena aún ni la conocía. El chaval, ocho añitos, no iba a molestar demasiado. Además, pronto ella tendría un nieto-nieta propio. ¡Menuda alegría!
A la mañana siguiente, Víctor salió pitando hacia la ciudad y Jorge se arrimó a la ventana, con cara de haber chupado un limón.
Natalia se le acercó y dijo:
Bueno, hay que organizarnos aquí. Puedes llamarme abuela Natalia. ¿Tú qué curso empiezas ahora?
Segundo soltó el niño sin despegarse del cristal.
¡Anda, qué bien! Ven, conozco el corral, ves el huerto Las fresas están a punto. Ya mismito tienes para recoger, aquí maduran antes que en la ciudad.
No pienso ir replicó Jorge, firme como un roble.
¿Y eso? Si quieres te presento a Atos, mi perro, que no muerde. Y te lo prometo: contigo tampoco.
Mi madre dice que eres mala y que no piensa dejarme aquí mucho tiempo. Y a tu Atos tampoco le tengo miedo.
Bueno, bueno ¿y tu madre cómo sabe que soy mala si ni me ha puesto cara? Da igual, tú aquí, si quieres. Yo me voy a mis cosas, anda, nieto.
Natalia salió al patio, el corazón algo apachurrado. Pobre crío, pensó, si aquella Elena había salido escarmentada de la otra suegra, mucho tenía que ver. Pero se propuso enternecer a Jorge a base de amabilidad y paciencia.
Siguió con el huerto y los animalitos de la casa. No tenía gran cosa, solo unas gallinas y dos patos. La leche, el queso y la nata se los compraba a la madre de Violeta. Y a cambio, les regalaba huevos o fresas de la huerta. El trueque, de toda la vida.
Pasó una semana y Jorge empezó a salir al patio. Un día acariciaba a Atos, otro se comía las fresas del huerto. No ayudaba mucho pero Natalia tampoco le perseguía con la azada. Un día, cuando fue a hacer la compra, le propuso a Jorge acompañarla. El niño aceptó.
De vuelta a casa, no paraba de charlar. Y, oye, desde aquella, le cambió la cara. Recogía un poco la cocina, regaba las plantas, alimentaba a Atos, se hacía amigo de los niños del barrio y, por las noches, no había quien lo hiciera volver del parque.
Incluso empezó a leer Robinson Crusoe, el viejo libro de Víctor, y le contaba a la abuela todos los episodios. Reían juntos con los líos de Viernes, mientras Natalia tejía bufandas y se acordaba de cuando su hijo era un charlatán igualito.
En agosto, Víctor apareció de nuevo por el pueblo, feliz y rebosante de noticias: había nacido su hija con Elena, la llamaron Julia. Estaban planeando ir a buscarla al hospital, pero él se adelantó a casa para contárselo y saber cómo estaba Jorge.
Papá, aquí se está genial con la abuela Natalia. Yo me quedo hasta septiembre, ¿puedo? A la hermanita la veré cuando empiece el cole.
Dicho y hecho. Natalia entregó a su hijo los regalitos que había tejido para la nieta: calcetines, una gorrita y una mantita ligera. Y para la nuera, unos guantes de lana. Víctor, agradecido, besó a su madre y se fue, con la promesa de volver pronto.
Pronto llegó el fin de agosto. Jorge andaba correteando por la calle, jugando al fútbol, cuando apareció un coche a lo lejos. Todos los niños se apartaron curiosos. El coche se paró frente a la casa de Natalia. Bajó Elena, algo rellenita y con un bebé en brazos, seguido de Víctor. Él cogió a la pequeña como un tesoro y Jorge voló a abrazar a su madre.
¡Mamá ha venido! gritó, justo antes de tropezar y hacerse un raspón. Nada de llorar, cogió una hoja de llantén y se la puso en la rodilla a lo machote, como le enseñaron los chicos del pueblo. Elena besó a su hijo y entró a casa de la mano de Víctor.
¿Cómo permites que Jorge ande solo por el pueblo? espetó Elena ni bien entrar.
Hola, hija, cuánto tiempo sin verte respondió Natalia, con una mueca cariñosa. Aquí los niños salen, juegan, y Jorge ha ayudado muchísimo en casa. Si no le dejo jugar, ¿qué va a hacer?
Después, Natalia se acercó a su nieta: tan bonita, dormida como un angelito, que a la abuela casi se le caen las lágrimas de alegría.
La anfitriona preparó un buen cocido, pan casero y preguntó por la familia.
Venimos a buscar a Jorge dijo Elena, muy solemne. Ya va a empezar el cole y seguro que os ha dado la lata suficiente.
Jorge pegó un salto y soltó:
¡No quiero volverme a la ciudad! Quiero quedarme con la abuela Natalia. Mamá, me engañaste, es buena, no mala.
La cara de Elena se puso roja como los tomates y frunció los labios, dolida.
No se le habla así a una madre, Jorge. Pide perdón y vete afuera. Nada de salir del patio, ¿eh? intervino Natalia con calma.
El niño bajó la cabeza, prometió no repetirlo y salió al patio.
No te preocupes, Elena dijo Natalia. Tienes un niño bueno y educado. Lo has criado muy bien, hija, y a mí me ha alegrado el verano tenerlo aquí. Deja que venga todos los años, si puedes, que yo estaré encantada.
Justo entonces, la niña empezó a llorar y Elena corrió a atenderla. Pasaron dos días juntos. Víctor arregló cosas de la casa, Elena no se despejaba de la recién nacida y Natalia se desvivía cocinando. Jorge ayudaba a ratos: tanto podía echar una mano al padre como vigilar a la hermana.
Al despedirse, Víctor y los niños salieron al patio. Elena se acercó inesperadamente a su suegra, la abrazó y le dijo:
Gracias, mamá. A la mía casi ni la recuerdo y no pensaba que las suegras pudieran ser así. Perdón por todo. Y a Víctor, le adoro. Ha salido muy bueno.
Ahora ya es tuyo, hija. Pero yo, feliz, y a Jorge lo quiero como si fuera de mi propia sangre.
Así se marcharon, y todo encajó. En invierno, se llevaron a Natalia con ellos para ayudarles con los niños y la casa. Y suegra y nuera, tan amigas, que ni en mejores familias. Víctor y Jorge, por supuesto, más felices que las perdices.







