Isabel regresaba de la tienda, cargando bolsas pesadas en ambas manos. Ya estaba cerca de su portal, cuando se percató de un coche estacionado justo frente a la verja de su casa.
¿Quién será?, no espero a nadie pensó, sintiendo una inquietud cruzar su pecho.
Se acercó y, al mirar hacia el patio, divisó a un joven aguardando junto a la fuente.
¡Ha venido! exclamó Isabel, dejando caer precipitadamente las bolsas y corriendo a abrazar a su hijo.
Mamá, espera un momento. Tengo que contarte algo se apartó suavemente él, con una expresión sombría.
¿Qué ocurre? preguntó Isabel, el corazón en un puño.
Será mejor que te sientes, mamá susurró Rodrigo, con voz grave.
Ella se dejó caer en el banco de piedra, conteniendo la respiración ante la amenaza de un mal presagio.
El tiempo se había vuelto espeso desde que Isabel Gómez se quedó viuda dos años atrás. Vivía sola en aquel pueblecito rodeado de olivos; su marido se había ido sin previo aviso, y su único hijo, Rodrigo, no volvió tras marchar a Madrid para estudiar tras hacer el servicio militar. Trabajaba de ingeniero en una fábrica, primero de alquiler en alquiler, luego, últimamente, su vida parecía haber dado un giro. Sin embargo, nunca le revelaba detalles a su madre.
Durante mucho tiempo, apenas regresaba. Todo cambió cuando pudo comprarse coche: desde entonces, Rodrigo aparecía más seguido, sin avisar, cargado con viandas, ropa o alguna sorpresa la última vez, un pañuelo de lana tejido a mano.
Pero nunca hablaba de sí: Todo bien, mamá. No te preocupes. Esa era siempre la respuesta, siempre un muro.
Isabel no había sido ajena a los rumores; su joven vecina, Lucía, se iba a la ciudad de vez en cuando y, piadosa, llevó embutido, mermelada y setas para Rodrigo de parte de Isabel. Lucía contactó con él por el móvil; se encontraron en la plaza.
Ay, señora Isabel contó luego Lucía, ha venido en coche con una mujer muy elegante. Recogió todo, me mandó saludos y dijo que volvería pronto.
¿Y qué mujer era esa? preguntó Isabel, confundida.
Pues no lo sé. Ni bajó del coche. Me pareció mayor que él, pongamos cinco años, muy maquillada, muy arreglada.
Isabel se quedó pensativa. Rodrigo jamás compartía nada de su vida privada. Quizá la próxima vez conseguiría sonsacarle algo. No tardó mucho en llegar esa oportunidad.
Regresaba Isabel de la compra cuando vio a su hijo en el patio, acompañado de un niño.
¡Rodrigo! aceleró el paso, queriendo abrazarle, pero el muchacho se apartó un poco:
Hola, mamá. Mira, te presento a Álvaro. Ahora, para mí, es como un hijo.
Entrad en casa, no os quedéis ahí fuera.
Al poco, Isabel ya tenía la mesa puesta: patatas aún humeantes, repollo en escabeche, pepinos, carne guisada.
Álvaro, con la mirada baja, apenas probaba bocado. Al acabar, lo enviaron a jugar al jardín para poder hablar tranquilos.
Mamá empezó Rodrigo, dudando, el año pasado me casé. Es decir, nos inscribimos en el registro civil. Ella, Sonia, no ha querido nunca venir a conocerte. Lo siento por no contártelo antes.
¿Pero por qué, hijo? ¿Le resulto muy rústica, acaso?
No, no es eso. Sonia sufrió mucho en su primer matrimonio, su suegra la hizo la vida imposible; tanto, que acabó yéndose de casa. En menos de un año, falleció primero el marido y luego esa suegra que tanto dolor le causó. Le quedó el piso y el coche. Cuando nos conocimos, me pidió que me fuera a vivir con ella. No quiere ni oír hablar de suegras.
¿Y entonces, por qué has traído al chiquillo aquí? preguntó Isabel, aún más desconcertada.
Pues porque Sonia está embarazada, para agosto ya dará a luz. Se le hace cuesta arriba cuidar sola de Álvaro, está atenta a todo el tiempo, y yo paso el día fuera por el trabajo. Si puedes ocuparte de él hasta septiembre, lo agradeceríamos mucho.
Por supuesto respondió ella, aunque dudó, pero ¿querrá Álvaro quedarse aquí con su abuela?
¿Quién le pregunta? A su madre le basta con que obedezca.
Isabel enmudeció, sorprendida por el tono autoritario de Rodrigo. No conocía a Sonia; suponía que esa esposa había recibido mucho daño en su vida anterior, pero no era asunto suyo. Además, Álvaro, con su ocho años, no le estorbaría. Pronto tendría también un nieto o nieta propio. ¡Motivo de alegría!
A la mañana siguiente, al despedirse Rodrigo, Álvaro se quedó pegado a la ventana, enfurruñado.
Isabel se le acercó y dijo:
Bueno, toca empezar nuestra vida juntos. Llama a esta abuela Isabel si quieres. ¿A qué curso vas ya?
A segundo gruñó el niño, sin dar media vuelta siquiera.
Ven, que te enseñaré las gallinas y el huerto. Pronto habrá fresas listas, podrás cogerlas con tus propias manos, aquí maduran temprano.
No quiero ir.
¿Por qué? Prometo no hacerte daño, y mi perro Hidalgo tampoco, si es por eso que te preocupas.
Mi madre dice que eres mala, y además, no estaré aquí mucho tiempo. Tu Hidalgo no me asusta.
Isabel se quedó helada.
Vaya por Dios… ¿Y cómo sabe ella si soy mala, si no nos conocemos? Bueno, quédate si quieres. Yo tengo faena en el campo, hijo.
Así se marchó ella, apenada por el muchacho y convencida de que Sonia debía de haber sufrido muchísimo, lo suficiente como para criar rencor y transmitirlo al niño.
Isabel continuó con sus labores: cuidar las pocas aves, desbrozar un poco, usar el agua del pozo. No tenía una gran finca; lo justo para valerse. Compraba leche, queso y nata a la madre de Lucía, pagaba en euros y, de vez en cuando, obsequiaba a quienes le ayudaban con huevos frescos o cestas de moras. Así pasaban los días.
Poco a poco, pasados unos días, Álvaro fue atreviéndose: se acercaba a acariciar a Hidalgo, robaba fresas del huerto, y cada vez salía más al patio. No trabajaba mucho, ni Isabel se lo pedía. Un día, fueron juntos a la tienda del pueblo, y, durante el paseo de vuelta, el niño por fin rompió a hablar sin parar. A partir de ahí, se transformó: barría la casa, regaba las hortalizas, alimentaba al perro con entusiasmo y se hizo amigo de los chicos del barrio. Hasta empezó a leer, con avidez, una vieja copia de “Robinson Crusoe” que había sido de Rodrigo, y después se la resumía a la abuela entre risas, mientras Isabel tejía en la salita, recordando los días en que su hijo era igual de dicharachero.
En agosto llegó Rodrigo con noticias gloriosas: había nacido la hija de Sonia Julia, y él venía a contarlo y a ver cómo seguía Álvaro.
Papá, aquí con la abuela Isabel estoy genial. ¿Puedo quedarme más tiempo? Conoceré a mi hermana cuando empiece el cole.
Así fue; se quedó hasta septiembre. Isabel tejió unos patucos, un gorrito y una mantita para la pequeña; para Sonia, unos guantes de lana. Rodrigo le agradeció con besos y abrazos, orgulloso.
A finales de agosto, el ambiente olía ya a vendimia. Álvaro jugaba al fútbol en la calle con sus amigos, cuando una berlina blanca se detuvo ante la casa. Salió Sonia, con la bebé en brazos y, tras ella, Rodrigo. Álvaro corrió a su encuentro gritando
¡Ha venido mamá!, pero tropezó y se cayó. Rápido, apretó una hoja de plátano en la herida, tal como le habían enseñado. Sonia lo abrazó y, llevándolo de la mano, siguió a su marido al salón.
¿Y este crío andando solo por la calle, Isabel? fue su saludo
Bienvenida, hija. Aquí corren y juegan en la calle todos los niños. Y Álvaro es mi mano derecha; me ayuda en la casa y en el huerto, ¿cómo no va a divertirse?
Al ver a la niña, Isabel se emocionó; Julia dormía plácidamente, tierna como un ángel.
Sirvió sopa castellana con pan y preguntó por la vida en Madrid.
Venimos a llevarnos a Álvaro. Tiene que volver al colegio. Seguro está deseando marcharse, ¿verdad? sentenció Sonia, mirándolo fija.
De inmediato, Álvaro se puso en pie y gritó:
¡No quiero irme a la ciudad! Quiero quedarme con la abuela Isabel. Mamá, me mentiste: no es mala, es buena.
El rostro de Sonia se encendió de rubor, su expresión endurecida.
A las madres no se les habla así, Álvaro. Pídele perdón y sal un rato; sin salir del patio. dijo Isabel, calmada.
El niño bajó la cabeza, murmuró un perdón, no lo haré más y se marchó.
No te preocupes por él dijo Isabel a Sonia. Es muy buen niño, has hecho un gran trabajo. Para mí ha sido un regalo tenerle aquí. Que venga todos los veranos si queréis, seré la más feliz.
La niña lloró y Sonia corrió a atenderla. Ese par de días, la familia al completo se quedó con Isabel. Rodrigo arregló algunas cosas, Sonia apenas se separó de Julia y la suegra se ocupó de la comida, del niño, de todos. Álvaro ayudaba a todos y contaba cómo había sido feliz ese verano.
Al irse, Rodrigo abrazó fuerte a su madre y a su hijo. Sonia, al partir, se detuvo, abrazó también a Isabel y, con voz temblorosa, confesó:
Gracias, mamá. Apenas recuerdo a la mía y jamás soñé que una suegra pudiera ser así. Perdone mis prejuicios. Rodrigo es un buen hombre, le quiero mucho.
Ya es tuyo, hija; y para mí, qué alegría. Y tráeme a Álvaro, que le quiero como si fuera propio.
Así se despidieron, y todo fue bien. En invierno se llevaron a Isabel con ellos a Madrid para ayudar con los niños y la casa, y suegra y nuera se entendieron como si fuesen madre e hija. Rodrigo y el pequeño Álvaro eran los más felices de la familia.




