Madrid, 15 de abril
Hace cinco años que no sé nada de ti, Natalia. Ni te has preocupado por mi vida ni por mi destino desde entonces.
Natalia y yo, Zacarías, convivimos durante más de cinco años en nuestro pequeño piso de Vallecas. Mi sueldo no era gran cosa; trabajaba de operario y apenas llegaba a fin de mes. Natalia siempre soñó con una vida acomodada, rodeada de lujos y caprichos, así que no era de extrañar que le brillaran los ojos cuando se cruzaba con hombres de mayor fortuna que la mía.
Un día la suerte llamó a su puerta: un empresario madrileño, forrado de euros, se fijó en ella y le colmó de promesas de riquezas y una vida de película. Se dejó embaucar por sus halagos, y sin pensarlo mucho, me dejó plantado, dispuesta a estrenar una vida nueva y deslumbrante lejos de mi lado.
Yo no podía creerlo. Le rogué que se quedara, me humillé sin pudor. Le prometí que buscaría otro trabajo, que trabajaría el doble si hacía falta, lo que fuera para que ella fuera feliz y no se fuera de mi lado.
Nada sirvió. Natalia ya no pertenecía a mi mundo humilde. Soñaba con navegar por el Mediterráneo en un yate blanco y comprar ropa en tiendas exclusivas del barrio de Salamanca. Sabía que ni con todos los esfuerzos podría darle aquello. Ni mis palabras de amor ni mis promesas le tocaron el corazón; ella ya estaba lejos de mí en todos los sentidos.
Cinco años después, Natalia, con treinta y dos años ya, descubrió que su nuevo y rico amante le daba la espalda. Había demasiadas chicas jóvenes y guapas orbitando alrededor del empresario, y ella ya no le resultaba interesante. Le dijo a la cara que era demasiado exigente y demasiado protestona. Así, de un día para otro, la dejó en la estacada y sin un euro ahorrado.
Sin dinero ni trabajo porque nunca había trabajado por su cuenta ni un solo día intentó volver a lo seguro y pensó en regresar conmigo. Al fin y al cabo, había jurado que la amaría para siempre y que mi corazón era sólo suyo, así que Natalia creyó que la esperaría con los brazos abiertos.
Volví por aquel portal donde habíamos vivido tantos años juntos. Al acercarme, oí voces y pasos tras la puerta. Una mujer, desconocida para mí, abrió mientras sostenía una niña pequeña en brazos.
Cariño, ya hemos hablado de que no puedes abrir la puerta sola le dijo la mujer con dulzura a la niña. ¿A quién busca, señora? me preguntó después.
Me quedé con la boca abierta, incapaz de reaccionar.
Busco a Zacarías. ¿Está en casa? balbuceé, desorientada y sin saber qué decir.
La mujer llamó hacia el interior con voz clara:
¡Zacarías, hay una mujer que pregunta por ti! ¿Cómo se llama usted?
Entonces apareció Zacarías en la puerta, con la misma expresión de sorpresa que yo.
¿Natalia…? dijo con asombro, y luego dirigiéndose a la mujer. Cielo, entra con la niña, que necesito hablar un momento.
Natalia miró la niña y a la mujer, completamente confundida.
¿Quién es ella? preguntó casi sin voz.
Es mi esposa, Olalla, y lleva en brazos a nuestra hija, Martina me contestó él con serenidad.
¿Que te has casado y tienes una hija? ¿No me juraste amor eterno? ¿No dijiste que jamás amarías a otra como a mí?
Han pasado muchos años desde aquel día. Al principio, claro que sufrí. Pero aprendí que la vida sigue, y Olalla me devolvió la alegría e incluso me hizo padre. He vuelto a ser feliz.
¿Y yo?
Natalia, llevas cinco años sin dar señales de vida, sin importarte nada de mí. Te fuiste en busca de dinero y lujos, y ahora vuelves porque te han dejado tirada. Quizá nunca tuvimos mucho, pero eso no justifica lo que hiciste. ¿De verdad esperabas que estuviera esperando por ti?
Fui una necia… ¡Te quiero!
Basta de dramas, Natalia. Mejor vete. No te necesito ni quiero verte. Ahora que te han abandonado, ¿pretendes refugiarte en mí? Me da hasta repulsión. Márchate, por favor.
Natalia se marchó llorando amargamente, sintiéndose rechazada y sola, mientras yo me alegraba de haber cerrado aquel capítulo y, casi sin quererlo, haber encontrado mi venganza.
Hoy entiendo que la verdadera felicidad no se compra con euros ni la ofrece un destino lujoso. El amor y la paz llegan cuando aprendes a reconstruirte y valorar a quienes están a tu lado de verdad.





