Madrid, 17 de febrero
Han pasado ya cinco años desde que Lucía se fue. Ni una carta, ni una llamada. Me pregunto a veces si llega a pensar en mi vida, en qué ha sido de mí, pero la respuesta siempre parece ser la misma: no le importa.
Lucía y yo compartimos piso en Vallecas durante más de un lustro. Yo nunca he tenido un sueldo de esos que permiten derrochar; trabajaba como albañil en obras aquí y allá, ganando lo justo para ir tirando. Pero Lucía aspiraba a otra vida, soñaba con lujos, con viajar y disfrutar de la buena mesa y la alta costura. Cada vez que topábamos con alguien de posibles, la veía relucir, como si su espíritu se llenara de promesas.
Un día el azar la hizo cruzarse con un empresario sevillano, encantador y holgado de dinero. Le pintó castillos en el aire: viajes por la Costa Brava, joyas, tiendas de la Gran Vía… Lucía, deslumbrada, cayó en sus redes y se fue, dejando tras de sí mi corazón hecho trizas.
Recuerdo cómo me arrastré ante ella, cómo supliqué, jurándole que podía cambiar, que buscaría un mejor trabajo, que trabajaría de sol a sol si hacía falta, con tal de no perderla. Nada le convenció; ya soñaba con puertos deportivos y con la vida de revista que yo nunca le podría ofrecer. No hubo amor ni promesas que valieran para retenerla.
Los años pasaron y, cuando Lucía tenía ya treinta y dos, el sevillano la cambió por otras, más jóvenes y llamativas. Le dijo a la cara que era exigente, que discutía demasiado. La dejó en seco, sin blanca y sola en Madrid. Lucía jamás había trabajado; vivía pensando que la vida era una fiesta permanente, y, sin recursos, se acordó de mí, convencida de que aún la esperaba.
Su regreso fue de película. Subió por la vieja escalera del piso y, al acercarse a la puerta, escuchó voces y risas infantiles. Fue Carmen, mi mujer, la que abrió, con la pequeña Inés en brazos.
Cariño, ya hemos hablado de que no abras tú sola le dijo Carmen dulcemente, y luego se giró: ¿A quién busca usted?
Lucía se quedó helada, balbuceando en el umbral.
Busco a Javier… ¿Está en casa?
Carmen llamó a voces:
¡Javi! Una chica pregunta por ti. ¿Cómo te llamas?
Lucía. contestó ella al fin.
Cuando asomé, me costó reconocerla. Más delgada y demacrada que nunca.
¿Lucía? repetí, sorprendido. Me volví hacia Carmen: Ve dentro, cariño, ahora voy.
Lucía me miraba con incredulidad, los ojos llenos de preguntas.
¿Quién era? me espetó, mirando a Carmen y la niña.
Mi mujer Carmen, y nuestra hija, Inés respondí, firme.
¿Pero ya tienes familia? Juraste que siempre seríamos tú y yo, que nadie ocuparía mi sitio…
De eso hace ya mucho, Lucía. Al principio sufrí, lo reconozco. Pero la vida sigue; conocí a Carmen y encontré la felicidad a su lado. Ella me devolvió la alegría y me hizo padre.
¿Y yo? ¿Qué hay de lo nuestro?
Tú te fuiste hace cinco años; ni te preocupaste por mí. Te cegó el dinero y el querer vivir por encima de tus posibilidades. Jamás fuimos ricos, pero luché siempre por darte lo mejor. No puedes volver ahora esperando que todo se detenga para ti. ¿Qué pretendías, Lucía, que te esperase eternamente?
¡Fui una tonta! ¡Aún te quiero!
Basta ya, Lucía. Por favor, márchate. Ni te necesito ni quiero verte; tu empresario te ha dejado y vienes arrastrándote. No fabriques un drama ahora. Vete; hazte un favor y desaparece.
Lucía se marchó entre lágrimas amargas, herida en su orgullo y sumida en su soledad. Yo, por una vez, cerré la puerta al pasado y, en el fondo de mi pecho, sentí que, por fin, todo el dolor se disipaba. Aprendí que la felicidad no está en lo material ni en los sueños inalcanzables, sino en quienes comparten el presente contigo.







