NADIE TE HARÁ DAÑO
¿Dónde te metes? preguntó bruscamente Rodrigo a su esposa al verla entrar en el piso.
He estado en el trabajo.
¡Pero si hoy es sábado!
Trabajo también los sábados.
Trabajas, sí, pero dinero no veo.
Y tú, ni trabajas de verdad
¡Cuidado con lo que dices! gruñó entre dientes Rodrigo y avanzó hacia ella con gesto amenazador. ¡Corre al supermercado! No hay nada decente que comer en casa.
Rodrigo, solo nos quedan cien euros, y aún falta una semana para la paga. Podrías buscarte algún trabajo, o al menos conducir el coche de taxi.
¿Pero qué me tomas, por taxista? Da gracias que vives en mi piso abrió la puerta de golpe. ¡Venga, tira al supermercado!
***
Las lágrimas rodaron por el rostro de Matilde. ¡Qué humillación! ¿Acaso tenía ella la culpa de que la vida se hubiera torcido de esa manera? Llevaban casados cuatro años. Al principio, todo parecía ir bien. Los padres de ambos juntaron sus ahorros y les compraron un piso de dos habitaciones. Después, lograron ahorrar para comprar un coche, uno normalito, pero lo celebraron como si fuese un Mercedes. Todo, claro, a nombre de Rodrigo, porque era el cabeza de familia. Los padres de Matilde vivían en un pueblo, y también pusieron su parte.
Él tenía un pequeño negocio con su padre. No daba para lujos, pero vivían sin estrecheces. Pero Rodrigo, creyéndose merecedor de algo mejor, acabó perdiéndolo todo por orgullo y broncas con su padre. Ya hacía un año que no trabajaba, esperando no se sabía qué.
Empezó a gritarle y, al poco, también a levantarle la mano. Mientras, Matilde trabajaba seis días a la semana, pero el sueldo nunca llegaba. Y su marido seguía culpándola de todos sus fracasos. Pensó muchas veces en irse con sus padres al pueblo. Pero allí ya vivían sus dos hermanas pequeñas, ¿qué haría ella allí, encima siendo una carga más?
***
Salió del portal, se secó las lágrimas y fue hacia el supermercado. Pero no fue al más cercano; prefirió uno más lejos, por ser más barato y porque no le apetecía volver todavía a casa.
En el aparcamiento de uno de los supermercados aparcó un todoterreno y de él salió un hombre que cojeaba un poco. Lo vio de reojo.
¡Mati! exclamó una voz alegre.
Matilde se dio la vuelta, sorprendida.
¡Sergio!
Era su compañero de clase. Sergio tenía una discapacidad desde la infancia, problemas en brazos y piernas. Fueron juntos desde primaria hasta el bachillerato, y la mitad del tiempo Sergio lo pasaba en hospitales. Los chicos se burlaban de él, pero nunca se vino abajo; era el mejor estudiante de toda la escuela. Después de cada tratamiento, volvía a caminar un poco mejor. Si el primer año lo llevaron en brazos, en la graduación del instituto salió andando por su pie, con alegría aunque con una ligera cojera.
Ahora, salía de un cochazo y se acercaba a Matilde radiante.
¡Matilde! ¿De verdad eres tú? ¡Hace años que no te veo! Quedamos hace un par de años todos de la clase. Julia me dijo que te avisó, pero no viniste.
Ya ves cosas respondió Matilde sin entusiasmo, detalle que no se le escapó a Sergio.
¿Vas al súper? preguntó él, cambiando de tema.
Sí.
¡Vamos juntos! Yo también voy.
Le cogió del brazo, guiándola, pero no al súper barato donde ella pensaba comprar. Ese era demasiado caro para Matilde. Su pequeño titubeo le hizo comprender la situación. La observó con detenimiento y comprendió mucho más.
Matilde, iba a decir algo.
No, Sergio, a ese no voy. Lo siento.
Le soltó la mano, bajó la mirada y se fue al supermercado humilde.
***
Compró sólo lo imprescindible, vigilando cada euro. Salió del súper.
Junto a la acera, Sergio se acercó con su coche. Se le acercó decidido, le abrió la puerta delantera y ordenó:
¡Sube!
Matilde subió sin rechistar; él se sentó a su lado.
A ver, cuéntamelo todo, ¿qué te pasa?
Y entonces, entre sollozos infantiles, Matilde le contó todo lo que llevaba dentro.
Pues déjale, Matilde. Ya está.
Sergio, ¿y adónde voy a ir? Todo está a su nombre.
Matilde, soy uno de los mejores abogados de la ciudad. Da igual a nombre de quién esté, la mitad es tuya por ley. Sacó el móvil. Dime tu número.
Ella se lo dictó, aún dudando. Sergio marcó y en su móvil sonó la llamada.
Hoy es sábado. El lunes pides el divorcio. Luego te explico todo. Puso el coche en marcha. Te acerco a casa. ¿Dónde vives?
En la calle Lope de Vega, junto a Correos.
Justo me he mudado a ese edificio nuevo de ahí y señaló una flamante torre de pisos.
***
Pararon frente a su casa. Sergio le abrió la puerta:
Matilde, tienes que decidirte. El lunes te llamo. Si pasa algo este fin de semana, me llamas enseguida.
Me da miedo, Sergio
No tengas miedo le sonrió con ternura.
***
Al entrar en casa, su marido corrió hacia ella.
¿Y con quién ibas en coche?
Rodrigo, me encontré a un antiguo compañero del colegio.
El marido pasa hambre y tú de paseo
Vinieron palabrotas y un golpe.
Matilde tiró la bolsa, y ahogada por la rabia, salió corriendo del piso. Al bajar al portal, se topó con Sergio.
¡Sube al coche!
Le abrió la puerta y salieron de allí.
***
Matilde reaccionó cuando Sergio la llevó hasta un piso grande de tres habitaciones.
¿Dónde me traes, Sergio?
Es mi casa. Aquí nadie te hará daño. Vivo solo.
En ese momento, sonó el móvil de Matilde. Era la voz furibunda de Rodrigo:
¿Dónde demonios estás?
Vinieron insultos y amenazas. Sergio cogió el móvil de la mano de Matilde y respondió, seguro:
Matilde va a pedir el divorcio. El piso se queda en su poder.
¿Qué dices? ¿Y tú quién eres?
Si te pones tonto, acabas un par de años en la cárcel.
¿Pero quién te crees?
He dicho.
Colgó y devolvió el móvil a Matilde, que sollozaba.
Tranquila, Matilde. Vete al baño a asearte y preparamos algo de comer.
Mientras ella estaba en el baño, Sergio puso el té y llamó por teléfono.
***
Apenas probaron bocado. Entonces Sergio declaró serio:
Vamos a aclarar la situación con tu marido.
No, por favor Matilde temblaba de miedo.
Matilde le sonrió cariñoso, en esto mandas tú.
Al llegar al portal de Matilde, una patrulla de la Policía Local ya les esperaba. Un joven agente saludó:
Don Sergio Ramírez, aquí estamos a sus órdenes.
Se dieron la mano y ayudaron a Matilde a entrar en el coche.
***
Unos minutos después, llamaron al piso de Matilde.
¿Ahora quién molesta? gruñó Rodrigo y abrió la puerta.
¿Rodrigo Saldaña? preguntó el agente, serio.
Sí.
Tenemos unas preguntas que hacerle.
Rodrigo miró a Matilde con rabia e invitó a pasar.
Sergio y el agente entraron en la sala. El policía redactó el atestado.
Matilde, recoge tus papeles y lo indispensable le indicó Sergio con voz tranquila y firme, cosa que a ella le resultó agradable. Últimamente no encontraba apoyo ni defensa en nadie, solo gritos y reproches.
Y de repente aparecía ese viejo amigo del colegio, a quien siempre había apreciado. Antes soñaba, como todas, con el príncipe azul en un deportivo blanco, nunca con el chico que cojeaba aunque fuera el más noble.
Recogió los documentos y, sin pensar, se los entregó a Sergio, que sonrió mirándola feliz. Matilde empezó a meter ropa en una bolsa, actuando por instinto, sin pensar en el futuro, solo segura de que no podía ir a peor y que Sergio no la dejaría tirada. En su interior germinaba esa chispa que da sentido a la vida.
Señor Ramírez, está todo listo anunció el agente poniéndose en pie.
Perfecto. Déjame hablar un momento con él a solas.
Sergio tomó asiento frente a Rodrigo:
Mira, Rodrigo, el lunes Matilde empieza el trámite de divorcio. Tú tendrás que presentar el tuyo también. Como no hay hijos, os divorciarán pronto, y los bienes se repartirán como marca la ley.
¿Y si me niego? Todo está a mi nombre siseó Rodrigo torciendo la boca.
Entonces presentaremos demanda por violencia y por el reparto de bienes, además de la solicitud de divorcio. Yo presido uno de los mejores despachos de abogados de la provincia. Créeme, la justicia será clara.
Esta noche hablaré a solas con mi mujercita y ya verás quién manda aquí.
¿Y quién le ha dicho que Matilde pasará la noche con usted?
Mientras sea mi esposa, puedo exigir que esté en este piso.
Entonces ahora mismo puedo ordenarte detención por agresión y pasarás el fin de semana en el calabozo, y Matilde se quedará aquí tan tranquila. ¿Te convence?
Vale, que haga lo que quiera contestó Rodrigo tras pensar un momento.
Perfecto. El lunes paso a buscaros para el papeleo en el registro civil.
***
Sonó el móvil; Matilde lo cogió, sonriente: era su madre. Desde que empezó el divorcio, la relación con su madre se había enfriado; no aprobaban los divorcios en la familia: los suyos llevaban juntos más de treinta años sin una bronca.
¡Hola, mamá! exclamó Matilde alegre.
Hola, hija la voz de su madre sonaba apesadumbrada.
¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué tan seria?
Te veo muy contenta. Pareces feliz de haberte divorciado.
Sinceramente, sí, mamá.
Bueno, tú sabrás.
¿Y tú, mamá? ¿Por qué llamabas?
Es que Celia también se quiere casar.
¿Y con quién?
Con un chico de la ciudad. Quiere, como tú, venirse a vivir aquí. Ni casa ni nada, solo amor. Vinieron los padres a vernos. Viven en un piso pequeño y aún tienen a otro hijo. Así que ahí no cabe tu hermana. Hemos acordado entre todos comprarles un pequeño piso en la ciudad, pero nada de boda por todo lo alto, que Celia ahora anda desanimada.
Que vivan mientras en el mío, luego ya se verá.
Matilde, ¿y tú, dónde piensas vivir?
Mamá la voz de Matilde rebosaba felicidad, me voy a casar otra vez.
¡Pero si aún no te has divorciado!
Te juro que será para toda la vida. Se llama Sergio. ¡Le quiero tanto!




