Nadie se atreverá a hacerte daño

¿Dónde te has metido? pregunta de mala manera Próspero a su esposa al entrar ella en casa.
He estado en el trabajo.
¡Pero si hoy es sábado!
Trabajo también los sábados.
Trabajas, pero no hay dinero.
Tú ni siquiera trabajas
¡No te lo consiento! gruñe él entre dientes y se le acerca de forma amenazante. ¡Venga, baja rápido a la tienda! En casa no hay ni para cenar.
Próspero, solo nos quedan doscientos euros y falta una semana para la paga. Podrías buscarte algo aunque fuera conduciendo el coche.
¿Ahora soy tu taxista o qué? Da gracias a que vives en mi piso abre la puerta. ¡Ya! ¡A la tienda!

***
Los ojos de Natalia se humedecen en lágrimas. ¡Qué injusto! No es culpa suya que todo se haya ido torciendo. Llevan cuatro años casados. Al principio las cosas iban bien: los padres de ambos ayudaron a comprar un piso de dos habitaciones y luego, tras mucho ahorrar, consiguieron un coche, español, modesto, pero fue toda una alegría. Y todo a nombre de Próspero, porque era el cabeza de familia. Los padres de Natalia, aunque vivían en un pueblo, también aportaron lo suyo.
Él y su padre tenían un pequeño negocio. No daba mucho, pero vivían. Hasta que Próspero, por su arrogancia, perdió todo tras discutir con su padre. Lleva un año sin trabajo, esperando no se sabe qué.
Se ha vuelto violento y gritón, a veces incluso la ha empujado. Natalia trabaja seis días por semana, pero el dinero nunca alcanza y las broncas no cesan. A veces ha pensado en volver al pueblo con sus padres, pero allí ya viven sus dos hermanas menores. No quiere ser una carga también para ellos.

***
Sale del portal, se limpia las lágrimas y camina hacia una tienda. No piensa ir a la más cercana, sino a una que está algo más lejos, donde los precios son mejores y donde, además, no le apetece regresar pronto a casa.
Aparcado frente a uno de los comercios ve un todoterreno. Un hombre sale del coche, andando con visible cojera. Natalia lo ve de reojo.
¡Natalia! exclama él alegremente.
Gira la cabeza de golpe:
¡Víctor!
Era su compañero de instituto. Víctor es discapacitado desde niño, algo le fallaba en las piernas y los brazos. Juntos estudiaron desde primero hasta terminar el bachillerato. Recuerda que pasó gran parte de su infancia en hospitales. Los chicos se reían de él, pero nunca perdió el ánimo y era el mejor alumno del centro. Tras cada tratamiento, mejoraban algo sus movimientos. Si en primero de primaria apenas podía caminar, cuando salió del instituto lo hizo con paso decidido, aunque cojeaba.
Ahora, sale de un coche flamante y se acerca alegre a su antigua amiga.
¡Natalia, no me lo creo! ¡Eres tú! se nota seguridad en su tono. Hace mucho que no se te ve. Nos reunimos hace dos años; Julia dijo que te avisó, pero no viniste.
Bueno cosas murmura ella, insegura, y él se da cuenta.
¿Vas a la tienda? pregunta él para cambiar de tema.
Sí.
Vamos juntos, yo también necesito comprar algo.
La toma del brazo y la encamina hacia la tienda más cara. Nota la duda de Natalia y al fijarse bien en ella, lo entiende todo.
Natalia intenta decirle algo.
No, Víctor, a esa tienda no entro, lo siento.
Se libera de su mano y se va derechita a la frutería barata.

***
Compra alimentos, calculando bien cada euro. Sale.
Frente a la acera, Víctor la espera junto a su coche, decidido. Se acerca, le toma la mano, abre la puerta y da una orden corta:
¡Sube!
Natalia obedece. Él se sienta a su lado.
Venga, cuéntamelo todo.
Y ella, entre sollozos de niña, le cuenta todo sin ocultar nada.
Pues déjale, ¡y ya está!
Víctor, ¿dónde me voy? Todo está a su nombre.
Natalia, soy uno de los mejores abogados de Madrid. No importa a nombre de quién esté; la mitad es tuya. Saca el móvil. Dame tu número.
Ella titubea, lo dicta. Él marca y en seguida suena el móvil de Natalia, confirmando el contacto.
Hoy es sábado. El lunes presentas la demanda de divorcio. Yo te guío con todo. Arranca el coche. Te llevo a casa, ¿dónde vives?
En la calle Cervantes, junto a Correos.
¡Anda, si yo vivo ahora ahí enfrente! Y señala orgulloso una nueva urbanización.

***
Llegan a su portal. Víctor baja, le abre la puerta.
Natalia, anímate. Te llamo el lunes. Si hay problemas durante el fin de semana, llámame tú enseguida.
Víctor, me da miedo
No tengas miedo le sonríe, disponiéndose a marcharse.

***
Entra Natalia en casa. Su marido sale corriendo.
¿Con quién ibas en el coche?
He visto a un antiguo compañero del instituto.
Tu marido muerto de hambre en casa y tú de paseo
Vinieron los insultos y el golpe.
Natalia arroja la bolsa, ahogada en rabia y dolor, y huye de casa. Sale corriendo al portal y, ¡zas!, tropieza con Víctor.
¡A la coche ya!
Le abre, la acomoda y salen de allí.

***
Cuando se da cuenta, Víctor la ha llevado a su piso de tres habitaciones.
Víctor, ¿dónde estamos?
En mi casa. Aquí nadie te va a hacer daño. Vivo solo.
De pronto suena el móvil de Natalia: suena la voz colérica de Próspero.
¿Dónde estás?
Más insultos. Víctor toma el móvil de manos de la llorosa Natalia y responde con voz firme:
Natalia presentará demanda de divorcio. El piso se queda para ella.
¿Pero tú quién eres?
Si sigue usted dando problemas, acabará en comisaría.
¿Pero tú quién te crees?
Ya está todo dicho.
Víctor cuelga y devuelve el teléfono.
Tranquila. Ve al baño, arréglate un poco. Vamos a comer algo.
Mientras ella se arregla, él pone la mesa y hace una llamada.

***
Tras un té casi sin apetito, Víctor dice serio:
Vamos a aclarar lo de tu marido.
No Natalia apenas puede hablar del miedo. Me da pánico
Natalia sonríe enternecedor, te prometo que ahora todo será como tú decidas.
Frente al portal espera un Seat León de la policía. Un teniente baja y saluda a Víctor:
Señor Víctor Gutiérrez, estamos a sus órdenes.
Se estrechan la mano, acomodan a Natalia en el coche y se van rumbo a casa.

***
Pocos minutos después llaman a la puerta de Natalia.
¿Quién es ahora? brama Próspero y abre.
¿Próspero Torres? pregunta el agente.
Sí.
Necesito hacerle unas preguntas.
Próspero mira a su esposa con fijeza y les deja pasar. Se sientan en el salón, el agente toma nota de la denuncia.
Natalia, recoge tus papeles y lo imprescindible.
Víctor lo dice con tono tranquilizador, y a ella le reconforta. Hacía tiempo que no sentía apoyo ni compresión, solo insultos.
Nunca imaginó que su compañero de instituto, que siempre fue buen amigo, reaparecería así. De adolescentes soñaban con príncipes azules, no con un chico con una leve discapacidad, aunque bondadoso.
Coge, pues, sus documentos, se los da casi sin pensar a Víctor, que le dirige una sonrisa luminosa. Natalia comienza a hacer su maleta. Lo hace mecánicamente, sin saber a ciencia cierta para qué, pero siente muy dentro que, pase lo que pase, con él está mejor y crece en su interior esa emoción que transforma la tristeza en esperanza.
Señor Gutiérrez, terminé anuncia el teniente.
Perfecto. Déjeme un rato a solas con él.
Victoria toma el sitio del agente ante Próspero.
Mire, el lunes su esposa iniciará los trámites de divorcio. Será mejor que lo acepte y presente usted también la solicitud. No tienen hijos, así que será rápido. Los bienes deben repartirse equitativamente.
¿Y si no quiero? Próspero sonríe torcido. Todo está a mi nombre.
Si se niega, Natalia denunciará por malos tratos y el juez será inflexible. Soy presidente de la asociación provincial de abogados y no dude de que la Justicia será justa en este caso.
Hoy mismo hablaré yo a solas con mi “esposa” y las cosas irán como yo diga.
¿Quién le ha asegurado a usted que su esposa se quedará sola con usted en casa?
Mientras sea mi mujer puede estar bajo mi techo.
Si persiste, lo detendrán ahora mismo por malos tratos y pasará el fin de semana en el calabozo, mientras su esposa estará en casa. ¿Eso le interesa?
Vale, que haga lo que quiera accede Próspero tras pensarlo.
Así me gusta. El lunes os recojo y vamos juntos al registro civil.

***
Suena el móvil de Natalia y la melodía la hace sonreír. Es su madre. Tras el divorcio, las cosas con sus padres fueron tensas: no aceptaban el divorcio, ellos llevan más de veinticinco años juntos.
¡Hola, mamá! grita de alegría.
Hola, hija la voz de su madre suena triste.
Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué pareces tan preocupada?
¡Y tú parece que te alegras de tu divorcio!
La verdad, sí, mamá, estoy contenta.
Allá tú, hija, tú sabrás.
¿Mamá, para qué llamabas?
Olga quiere casarse también.
¿Con quién?
Con uno de la capital. Quiere irse a vivir contigo, pero no tienen nada, solo ilusión. Sus padres viven abarrotados en un piso de tres habitaciones con otro hijo más. Hemos acordado comprarle, entre todos, una habitación en la ciudad. Pero boda, no. Ahora Olga está desanimada.
Que vivan en mi piso de momento, después ya veremos.
¿Pero tú, dónde vas a vivir?
Mamá Natalia se desborda de dicha, yo me caso otra vez.
No has terminado un matrimonio y ya
Esta vez para toda la vida, ¡lo prometo! Se llama Víctor. Y te aseguro que le quiero con todo mi corazón.

Rate article
MagistrUm
Nadie se atreverá a hacerte daño