Nadie podría haber imaginado que un pequeño tatuaje perverso provocaría una ruptura en toda una familia española.

El regalo de cumpleaños que Lucía recibió de sus padres un delicado tatuaje de mariposa en la muñeca tuvo un éxito inesperado: convirtió la sobremesa familiar en un auténtico episodio de culebrón. El inocente sueño adolescente de Lucía de llevar un tatuaje generó una tal conmoción, que su abuela, Doña Carmen, estuvo a punto de sacar agua bendita, convencida de que aquello era poco menos que una epidemia. Los amigos de Lucía, cómo no, hicieron gala de su prudente objetividad y le susurraron al oído lo peor: desde que la iban a echar de la universidad de Salamanca, hasta que nunca conseguiría un trabajo decente, ni novio formal, vamos, ni el perro.

Doña Carmen no perdió ni un segundo y les echó en cara a los padres de Lucía esa falta de mano dura tan española. Según su criterio, tenían que haber guiado mejor a su hija y, claro, consultado con la autoridad suprema ella, por supuesto antes de plantarse en el estudio de tatuajes de la calle Mayor. Los padres de Lucía, sin embargo, no veían en el asunto más tragedia que en un episodio de Aquí no hay quien viva. Para ellos, la niña bueno, la señorita ya había cumplido los 18 y era más que capaz de decidir por sí misma si quería una mariposa, un jamón o un bocadillo de calamares pintado en la muñeca. Estaban muy orgullosos de sus notas altas y pensaban que después de aprobar Selectividad, merecía cumplir ese deseo tan largo tiempo almacenado.

El problema es que Doña Carmen proviene de esos tiempos en los que los tatuajes solo los llevaban los legionarios, los toreros malos y algún primo díscolo de Valdepeñas. En su mundo, la tinta era sinónimo de delincuencia y ella, ni hablar del peluquín, no podía ni verla. Los padres de Lucía intentaron modernizar a la abuela: Mamá, que los tiempos cambian, que esto ahora es arte, expresión personal…. Pero para Doña Carmen, entre expresión y delincuencia hay media horchata de distancia.

La colisión de generaciones fue de traca y subrayó lo mucho que ha cambiado la percepción que tenemos de los tatuajes en España. Al final, los padres estaban felices porque Lucía iba por ahí enseñando su mariposa con una sonrisa de oreja a oreja, y Doña Carmen sigue confiando en que algún día su nieta se borre esa mancha como quien borra un número rojo del saldo bancario en euros.

¿Deberían los padres haber cortado el asunto de raíz y prohibido el tatuaje? Pues depende de la función de cada familia, de las costumbres y, sobre todo, de quién grite más fuerte en la mesa. Algunos apostarían por la versión de Doña Carmen, pidiendo más autoridad cuando los chavales son, digamos, un poco cabras locas. Otros pensarán que si ya tienes 18 y sabes pedir un café solo sin confundirlo con un cortado, tienes derecho a elegir también los dibujitos que te acompañan para toda la vida. Como siempre en España, la discusión está servida.

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MagistrUm
Nadie podría haber imaginado que un pequeño tatuaje perverso provocaría una ruptura en toda una familia española.