Nada personal, solo cosas
Llévate también ese jarrón dijo Doña Valentina Aguirre, sin mirarme siquiera.
Se encontraba en mitad del salón y contemplaba las estanterías como quien observa el escaparate de una tienda donde ya lo ha comprado todo. Serena. Práctica. Con ese entrecierro de ojos propio de quien sabe lo que vale cada cosa.
¿Qué jarrón? preguntó Marina.
La pregunta me salió más bajita de lo que quería. Carraspeé y volví a intentarlo:
Doña Valentina, ¿a qué jarrón se refiere?
A ese. El azul. Lo trajimos de Praga en el noventa y ocho. Es una pieza de familia.
Marina miró hacia el jarrón. Ella y Óscar lo compraron para el tercer aniversario en una tiendecita de la Calle Karlova. El dependiente, mayor, con barba cana, les dijo algo en checo. Óscar se echó a reír y fingió que había entendido. Luego comieron un trdelník en la calle y Marina se quemó la lengua, y estuvieron riéndose de aquello más de media hora.
No es ninguna pieza de familia dijo Marina con calma. Lo compramos los dos, juntos. En dos mil nueve.
Marinita por fin Doña Valentina se volvió. En su voz ese tono que aprendí a reconocer el primer año de casados, ese matiz de quien le explica lo evidente a un niño torpe. No compliquemos el trámite. Tienes que entender que todo esto abarcó el salón con un gesto amplio, todo esto se compró con dinero de nuestra familia.
De nuestra familia repitió Marina. De la de Óscar y mía.
Óscar ganaba el dinero. Su padre y yo ayudamos. Tú llevabas la casa. Eso no es lo mismo.
Óscar estaba de espaldas, mirando a Madrid desde la ventana, allá arriba, en el piso veintitrés, todo parecía de juguete y falsamente diminuto. Cochecitos, arbolitos, gente pequeña. No dijo nada.
Marina se fijó en su espalda y pensé que ya la conocía al milímetro. Cómo se encorva cuando está cansado, el lunar bajo el omóplato, la forma en que respira fingiendo dormir. Diez años. Diez años y ahora está ahí, de espaldas, mirando la ciudad en miniatura mientras su madre empaqueta una vida entera en cajas de cartón.
***
El piso era precioso, lo reconozco. Siempre lo reconocí, incluso en pleno enfado. Techos altos, ventanales grandísimos, parquet de nogal americano que no se podía rayar ni con los tacones. Cocina salida de una revista de Interiores Selectos, por la que Doña Valentina pagó ella misma y lo recordaba siempre que podía. La lámpara del salón, parecía una cascada helada.
Marina vivió ahí ocho años y jamás lo sintió suyo. No porque fuera malo, solo era demasiado perfecto. Demasiado caro. Demasiado escogido, pieza a pieza, por catálogo, de los que traía Doña Valentina.
Nada más instalarse, Marina puso en la ventana de su dormitorio una maceta de barro con violetas. La compró en el rastro por quince euros. A la semana la maceta había desaparecido. Doña Valentina dijo que la había tirado porque no iba con el concepto.
Marina no replicó. Óscar tampoco.
La primera vez fue esa. Luego hubo muchas más.
***
Los de la mudanza llegaron puntuales, a las diez de la mañana. Dos hombres, silenciosos, carrito y rollo de cinta adhesiva urbana. Doña Valentina les abrió con una hoja impresa: listado, numerado, con subtítulos. Marina leyó de refilón: Salón: sofá esquinero (piel, gris), 1 ud.; mesa baja (mármol), 1 ud.; lámpara de pie (bronce), 2 ud.
Se dio la vuelta y fue a la cocina. Puso el hervidor de agua, por hacer algo con las manos.
Óscar entró tras ella. Se quedó en el umbral.
Marina.
¿Qué?
¿Cómo estás?
Ella lo miró. Ese rostro guapo, tan querido y ahora con esa expresión que yo siempre llamé niño pidiendo perdón. Cejas apenas fruncidas. Mirada lateral. Voz baja, casi suplicante.
Bien dijo Marina. ¿Quieres té?
Marina.
Óscar, ¿quieres té o no?
Él dudó.
Sí, por favor.
Ella sirvió agua hirviendo en dos tazas. Aquellas blancas, con conejillos pintados que compraron en Ámsterdam. Ridículas, nada irían con la cocina selecta. Para Doña Valentina eran baratijas. Por eso a Marina le gustaban tanto.
Bebieron juntos, escuchando el trajín del salón, el eco de la cinta adhesiva, la voz decidida de Doña Valentina.
No puede susurró Marina, hablando a la nada. El sofá lo compramos juntos. Las lámparas las elegí yo. Los cuadros de la habitación, los traje de Florencia con mi propio dinero.
Hablaré con ella.
Eso lo has dicho cinco veces hoy.
Él calló. Sólo miró la taza.
Óscar le dijo entonces, con una voz cansada y extraña. No te estoy pidiendo el sofá. No lo quiero. Solo te pido que… te quedes aquí al menos una vez. Solo eso, estar, aquí, a mi lado.
Él levantó la vista.
Estoy aquí.
No respondió Marina. Estás en la ventana.
***
Doña Valentina tenía sesenta y cuatro años y era de ese tipo de mujeres que ocupan el aire, que no dejan espacio a los demás. No mala, exacta. Con ideas claras de lo correcto y de lo que no casa con el concepto.
Amaba a su hijo, Marina nunca lo dudó. Solo que su amor era tan denso, tan abrumador, que de tan fuerte ya no cabía nadie más. No porque Doña Valentina fuera cruel. Simplemente no contemplaba que nadie más pudiera amar a Óscar igual o más que ella.
El primer año Marina intentó ser su amiga. Comidas, recetas, un día hasta le regaló un pañuelo precioso, buscado a conciencia. Doña Valentina le dio las gracias, lo dejó aparte: dijo tener la piel sensible.
Al segundo año, Marina dejó de intentar y se conformó con marcar distancia. Cordial, sin conflictos.
Al tercero comprendió que la distancia no servía, porque Doña Valentina no reconocía fronteras si no las imponía ella primero.
Al cuarto, quinto, sexto… Marina perdió la cuenta.
***
Óscar, hijo llamó Doña Valentina desde el salón. Ven, hay que decidir lo de los cuadros.
Dejó la taza. Yo lo veía avanzar hacia esa voz, ese impulso que reconocía tan bien. Paso rápido, hombros algo encogidos, disposición a cumplir.
¿Cuántas veces en estos diez años avanzó así? A la llamada. A la orden. Al simple requerimiento.
No sentía rabia. Cansancio sí. La rabia quita energía, y a Marina hacía mucho que le faltaba.
Desde la cocina se oía la disputa por los cuadros. La voz de Doña Valentina: Ese seguro, es de la galería Fort, buen valor…. La de Óscar murmurando, asintiendo.
Marina terminó el té, fregó la taza, la dejó secando.
Fue al pasillo y enfiló hacia el dormitorio. No hacía falta, simplemente no quería escuchar cómo dividían su vida en partidas del listado de Doña Valentina.
Dentro reinaba el silencio. El sol entraba en tiras oblicuas sobre la colcha de la cama. Aún sin decidir a quién se le adjudicaría la cama. Seguro Doña Valentina lo tenía claro.
Se sentó en el borde, la mano sobre la colcha.
Recordó el día que eligió esa colcha. Dudaba entre dos: una práctica, oscura, que no se ensucia, como diría Doña Valentina; la otra celeste, como el cielo, nada práctica. Compró la azul. Óscar se sorprendió pero nada dijo.
Aquello, pensó Marina, era el mayor acto de rebeldía que había tenido en ocho años ahí.
***
Por impulso, Marina abrió el altillo del armario. Buscaba su bolso viejo. Estaba ahí, y al lado, una caja.
Una caja de cartón, de zapatos, gastada, en la tapa escrito con rotulador: Varios. Nuestro.
Tardó en recordar su contenido.
Sacó la caja, la puso sobre la cama.
Dentro, dos entradas de cine, viejas, dobladas. Tardó en recordar la película. Luego supo: Amélie. Fue su tercera cita, Óscar dijo toda la noche que no le gustó, pero tres años después confesó que sí, solo le daba vergüenza admitirlo.
Debajo, una postal de Barcelona. Luna de miel. Dibujada la Sagrada Familia y detrás, escrita por Óscar: Te quiero más de lo que Gaudí quiso este templo. Y él lo quiso setenta y tres años. Marina rió entonces, preguntándole: ¿Tú me querrás setenta y tres años?. Él respondió: Lo intentaré.
Él tiene ahora cuarenta. Ella, treinta y ocho. Vivieron juntos diez. Quedan sesenta y tres.
Marina sostenía la postal y pensaba en eso.
También había un imán con la Torre Eiffel, comprado en París en el mercadillo y que Doña Valentina quitó del frigorífico de inmediato porque es de dudoso gusto; una pulserita de plástico azul con Participante de una fiesta de empresa cuando bailaron hasta medianoche; una flor prensada y deshecha que recordaba vagamente a una mañana de campo; tres conchas de la playa de Cádiz; una servilleta garabateada con un tres en raya, esperando una cena en un bar cualquiera.
Nada de aquello valía nada. Nada figuraba en el inventario impreso.
Marina sentada sobre la colcha celeste, la servilleta en mano, se notaba por dentro algo que llevaba mucho apretado: aflojaba muy despacio.
No lloraba. No sabía hacerlo sin más. Respiraba. Afuera, seguía el ruido de la cinta adhesiva y la voz de Doña Valentina sobre copas de cristal.
***
Óscar entró sin avisar. Tal vez buscaba una corbata. La vio sentada con la caja abierta.
¿Qué es eso?
Mira tú mismo.
Él cogió las entradas de cine y la postal.
Marina siguió su cara. Vio cómo algo en él cambiaba, lento, como la luz al retirarse una nube.
Amélie dijo quedo. Dije que no me gustó.
Ya lo sé.
Mentí.
Lo sé.
Se sentó a su lado. Tomó la pulsera azul.
Fue en la empresa de Sergio. Dos mil quince.
Sí.
Entonces perdiste un zapato en la pista.
Y lo encontraste bajo la barra.
Te llamé Cenicienta.
Te dije que no eras un príncipe.
Sonrió. No con esa sonrisa cansada de los últimos años, sino la de antes, de verdad, con el gesto torcido por la izquierda.
No lo soy admitió.
Hubo silencio. Desde el salón un golpe seco, la voz de Doña Valentina: ¡Cuidado!. El mozo: Perdón.
Óscar susurró Marina, ¿cómo hemos llegado aquí? No a este cuarto. Aquí. A esto.
Él no respondió de inmediato. Enredaba una concha en sus dedos.
No lo sé dijo al cabo.
Sí que lo sabes contestó ella, sin rabia.
Él devolvió la concha a la caja.
Soy un cobarde dijo.
Marina le observó el perfil, esa línea tan aprendida del pómulo.
Ya lo sé.
Debería haber sido distinto.
Sí.
Yo debería, muchas veces…
Sí, Óscar.
Por fin él la miró de frente. Por fin en todo el día la miró de verdad.
Quiero que lo sepas dijo. Recuerdo todo esto. Cada cosa. Recuerdo comprar esas entradas. Recuerdo el trdelník. Recuerdo el campo. Las conchas de Cádiz, ese marco que querías hacer, te dije que era hortera, te molestaste y luego nadamos a las tres de la madrugada y…
Ya, basta le cortó Marina.
¿Por qué?
Porque duele.
El calló.
A mí también me duele dijo.
***
En el umbral apareció Doña Valentina.
Óscar, tienes que firmar…
Vio la caja. Les vio sentados juntos. Algo mudó en su expresión, no sé qué.
¿Eso qué es?
Nuestras cosas respondió Óscar.
¿Qué cosas? Eso es para tirar, es trasto.
Mamá.
Entradas, papeles
Mamá repitió, y esta vez su voz tenía algo nuevo. No era una súplica. Era otra cosa.
Doña Valentina lo miró.
¿Qué?
Sal, por favor.
Pausa. Larga.
Óscar, los mudanceros esperan….
Mamá. Sal, por favor.
Marina no la miró. Miraba sus manos en el regazo. Escuchó el silencio que siguió, tenso, denso.
Vale dijo por fin Doña Valentina. Voz templada, pero distinta. Cuando terminéis, avisadme.
Pasos. No cerró la puerta. Solo se alejó.
Marina exhaló.
Es la primera vez que lo haces dijo.
¿El qué?
Pedirle que se vaya.
Guardó silencio.
En diez años añadió. La primera.
Lo sé.
¿Por qué ahora?
No lo sé. Supongo se detuvo. Vi la caja y pensé: todo lo que estamos allí discutiendo son cosas. Un sofá, un jarrón Y esto señaló la caja, esto somos nosotros. Lo único realmente nuestro.
Marina lo miró mucho rato.
Óscar le dijo, es bonito lo que dices.
No quiero decir bonito
Déjame acabar. Es bonito, y estoy muy cansada de las palabras bonitas. Eres experto en ellas. Siempre lo has sido. Explicar por qué pasa lo que pasa, por qué la siguiente vez será diferente, por qué entiendes todo. Pero entender y hacer son cosas distintas.
Ya lo sé.
No, Óscar, no lo sabes. Crees que sí, pero no. Porque si lo supieras, esa mujer no estaría en nuestro salón metiendo nuestra vida en cajas con su lista. Ella ha hecho un inventario, ¿te das cuenta? Lo hizo ella.
Lo detendré.
¿Ahora?
Sí.
Demasiado tarde, Óscar. Eso había que hacerlo hace siete años, cuando tiró mi maceta. O seis, cuando mudó los muebles de nuestro dormitorio en nuestras vacaciones. O cinco, cuando me corrigió la receta de cocido. O cuatro, cuando…
Marina.
O hace tres, cuando te convenció de que no necesitabas hijos aún, que había que asentarse primero, y tú aceptaste, y yo tenía treinta y cinco y…
Se detuvo.
Silencio.
Eso fue lo que más daño me hizo dijo bajísimo. Más que todo lo demás.
Óscar no se movió. Su semblante no buscaba justificarse, solo estaba allí.
Lo sé susurró. Entonces…
No me expliques nada.
Necesito hacerlo.
Ahora no.
Marina cerró la caja, asegurándose de que la tapa quedase firme.
Me la llevo dijo. Esto sí me lo quedo.
Vale.
No quiero nada más de este piso.
Él la miró.
¿Dónde vas a ir?
A casa de Maite, por ahora. Luego buscaré algo.
Marina.
¿Qué?
No te vayas.
Se puso de pie. Cogió la caja. Pesaba muy poco. Increíblemente poco para todo lo que contenía.
Óscar, me marcho de este piso, no de ti. No puedo seguir aquí. Nunca quise vivir aquí realmente, simplemente me acostumbré a fingirlo.
De este piso, podemos irnos juntos.
Ella se detuvo.
Se volvió.
¿Qué has dicho?
Él se levantó, los brazos caídos, recto, mirándola.
He dicho que podemos irnos juntos. No quiero el sofá. Ni las copas, ni los cuadros de la galería Fort. Solo te quiero a ti y esta cajita. Nada más.
Marina lo contempló.
Por dentro algo se agitó. Una mezcla extraña de esperanza, miedo, fatiga y otras cosas sin nombre.
Óscar dijo, muy despacio tienes cuarenta años. Si te marchas de aquí conmigo, tu madre…
Lo sé.
no estará nada contenta.
Lo sé, Marina.
¿Y estás preparado?
No lo sé. Pero sé que si no lo hago hoy, no podré respetarme nunca.
Pausa.
Eso es otra cosa dijo ella.
¿Sí?
Sí. No es quiero volver contigo. Es quiero empezar a respetarme. No es lo mismo.
Quizá asintió él. Pero tal vez una cosa no exista sin la otra.
***
En el salón, Doña Valentina instruía a los de la mudanza. Cuando entramos, se giró. Miró la caja en manos de Marina. Miró la cara de su hijo.
¿Ya habéis acabado?
Mamá dijo Óscar. Pare.
¿Que pare?
Todo esto indicó el salón, las cosas embaladas lléveselo. Todo para usted. No me corresponde nada.
Doña Valentina lo miraba.
¿De qué hablas?
Sofá, jarrones, copas, cuadros, cocina de lujo. Todo. Haz lo que quieras.
Óscar, son cosas caras, son bienes…
Mamá. Me voy de aquí con Marina y esta caja. Es todo lo que necesito.
Silencio.
Doña Valentina alternaba la mirada entre su hijo y su nuera. Tenía una expresión que nunca le vi. No era rabia. Tampoco ofensa. Era más bien alguien que conoce las reglas de un juego, pero está sentada a una mesa donde las reglas han cambiado.
Estáis locos murmuró.
Puede ser.
Es una locura. Es…
Mamá se acercó. Te quiero. Pero no puedo vivir así. No es vida. Es una gestión de proyecto. Y yo no quiero ser un proyecto.
Doña Valentina guardó silencio largo. Por fin dijo:
Te arrepentirás.
Quizá admitió él. Pero quiero lamentarlo por algo que elija yo, no por lo que elijan otros.
***
Salimos del piso a la una y media. Marina con su caja, Óscar con una pequeña bolsa y su portátil.
En el ascensor, silencio. Había un espejo donde se vieron: dos adultos ya maduros, cansados, una con la caja, otro con la bolsa.
En el portal, el conserje asintió. Las puertas automáticas se abrieron. Fuera, un día de abril frío y gris, olor a hojas húmedas y lluvia lejana.
Se pararon en las escaleras.
¿A dónde? preguntó Óscar.
Ya te dije: a casa de Maite.
No puedo ir a casa de Maite.
No tienes por qué.
No quiero ir a ningún sitio que no sea a donde tú vayas.
Marina miró la calle. Gente menuda desde arriba; ahí, gente normal, caras normales, cada uno a lo suyo.
Óscar dijo, no tenemos piso.
Ya lo sé.
Y apenas dinero. Todo embargado hasta el juicio.
Tengo algo apartado. Mamá no lo sabe.
Vale, pero será temporal. Tendremos que alquilar algo. Algo cutre, seguramente.
Perfecto.
Sin cocina de diseño.
Gracias al cielo.
Lo miró. Él la miraba. Alivio, aunque alivio se quedaba corto para toda la densidad de la expresión de su cara.
Esto no es el final de la historia dijo ella. Es solo el principio. Queda el juicio, tu madre, muchas cosas.
Lo sé.
No sé si saldremos adelante.
Yo tampoco.
¿Y aún así?
Dudó. Luego dijo:
Y aún así.
Marina acomodó la caja bajo el brazo. Pesaba poco. Unas entradas, una postal, un imán, una pulsera, una flor, tres conchas y una servilleta.
Todo lo que quedaba de diez años. Y, a la vez, lo único real de esos diez años.
Entonces vamos dijo.
Y se fueron. Por una calle de abril, gris, sin plan ni certezas, con una bolsa y una caja de cartón. Allá atrás y arriba quedaba el piso del veintitrés, el parquet de nogal americano y la lámpara de cascada helada, y Doña Valentina, seguramente de nuevo mandando a los de la mudanza.
Ellos siguieron adelante. Marina no sabía si era lo correcto. De hecho, no sabía casi nada con seguridad. Solo esto: la caja, aquí bajo el brazo. Él, a su lado. Abril. Ese olor de primavera cuando aún hay frío, pero ya sabes que no va a durar.
Óscar dijo mientras caminaban.
¿Qué?
¿Recuerdas cuando recogimos conchas?
En Cádiz. Querías hacer un marco.
Dijiste que era una horterada.
Lo es.
Da igual, voy a hacerlo.
Vale admitió él.
Por ahora no tenemos dónde colgarlo.
Ya encontraremos sitio dijo él.
Ella no contestó. Solo caminaba a su lado, apretando la caja, pensando que ya encontraremos no era una promesa, solo una frase. Pero a veces solo una frase es suficiente para dar el próximo paso. Y otro. Y otro.
Este día he entendido que todo puede empezar de cero, aunque sea con solo una caja y una decisión, si el siguiente paso lo das acompañado.






