Nada más llegar a casa, mi vecina me soltó de repente: «En tu piso cada día se oye gritar a un hombr…

Nada más regresar a casa, mi vecina, Manuela, me abordó en el rellano con una voz envuelta en el eco interminable de un sueño:
En tu piso grita un hombre todos los días. Ya no lo soporta nadie, ¿lo sabes?
Pero, ¿cómo podía ser eso posible si yo vivía sola?

Al día siguiente, sumida en una niebla espesa de desvelo, decidí no ir a la oficina. Me escondí bajo la cama, como si fuera una niña asustada por gigantes invisibles. De repente, y justo cuando el reloj del salón marcó las 11:20, la puerta principal se abrió suavemente con una llave que no era la mía. Lo que ocurrió entonces, en la penumbra, me llenó de un espanto peculiar y pegajoso, como si en Madrid los sueños se alimentaran de secretos.

Nada más pisar casa, Manuela, la vecina, me miró con sus ojos de aceituna madura en el umbral.
En tu piso hay demasiado ruido a mediodía, chica. Grita un hombre.
Me quedé paralizada, el mundo girando al revés como en un cuadro de Dalí.
Imposible balbuceé. Aquí nadie viene de día. Vivo sola y siempre estoy en el despacho.
Ella negó con la cabeza, con la fuerza de quien sabe que la realidad pesa más que las excusas.
Lo escuché muchas veces. Alrededor de las doce, un hombre. Incluso he llamado, pero nadie abrió.

Intentando fingir una tranquilidad que me temblaba por dentro, inventé una sonrisa y murmuré que habría dejado la radio encendida. Pero las palabras de Manuela retoñaron en mi mente como flores negras, imposibles de arrancar.

Recorrí las habitaciones: todo intacto, cada cosa en su sitio, persianas bajadas, ninguna ventana abierta, los euros seguían en el monedero, ni una sombra fuera de lugar. Sin embargo, una extraña presión me apretaba el estómago, como si tras las paredes se abriera otra ciudad superpuesta a Madrid.

Esa noche, el sueño solo trajo imágenes recortadas y sonidos de pasos lejanos.

Por la mañana, decidí fingir la rutina: llamé a la oficina alegando catarro. A las 7:45 salí de casa dejando que los vecinos me vieran, encendí el SEAT, avancé unos metros y regresé por la puerta del patio, deslizándome sigilosa como humo. En la penumbra del dormitorio me deslicé bajo la cama, arropada por las sombras.

El tiempo se licuó, pegajoso e irreal. Ya dudaba de si seguía soñando cuando, a las 11:20, la puerta se abrió con la naturalidad de lo cotidiano.

Pasos avanzaron firmes, como de alguien a quien le pertenece la casa desde siempre. Reconocí el ritmo de esos zapatos golpeando el parqué, familiares y a la vez ajenos.
Los pasos entraron en mi habitación.

Y entonces oí la voz grave, irritada:
Otra vez lo tienes todo desordenado…
Pronunció mi nombre: Leonor.

Ese eco me heló la sangre. Aunque la lógica se ahogaba en surrealismo, reconocí aquella voz, y el miedo me atravesó como una flecha de hielo en mitad de la Gran Vía. ¿Quién era ese hombre invisible?

Lo supe más tarde, cuando el cuento ya se confundía con la vigilia y el sueño.

El casero del piso, don Alonso, venía cada día a mi casa en cuanto yo me marchaba. Tenía sus propias llaves nadie las había cambiado desde que me mudé a la calle de Segovia. Sabía perfectamente mi horario, porque yo misma, con la ligereza de los despistados, se lo había contado, como quien comparte el pronóstico del tiempo.

No entraba a robar ni buscaba monedas ni recuerdos: simplemente vivía allí unas horas, como si Madrid tuviera dos soles y dos vidas.

Se descalzaba en la entrada, se tumbaba en MI sofá, encendía la tele y comía de mi nevera. A veces usaba la bañera. Se tumbaba en mi cama como si fuera el sofá de un viejo bar. Lo sabía todo: dónde estaban los vasos, de qué color eran mis cortinas, incluso el ruido que hacía la cafetera al hervir el agua.

Para él, aquel piso nunca había dejado de ser suyo.

En tu piso grita un hombre todos los días. Ya no lo soporta nadie, ¿lo sabes?

Y tenía derecho. Así lo sentía.

A veces murmuraba solo, criticando el desorden, juzgando la ropa que dejaba sobre la silla, molesto porque no cuidaba la casa como es debido. Su voz retumbaba en la escalera, llegaba a los oídos de Manuela, y de ahí a mi cabeza como un eco sin fin.

Sabía mi nombre, mis rutinas, y que volvería solo al caer la tarde.

Nunca imaginó que fuese yo la primera en escucharle a él.

Cuando la policía se lo llevó, aún musitaba que no había hecho nada malo, que aquel piso seguía siendo suyo, que solo comprobaba que todo estuviera bien.

Desde entonces, cada vez que alquilo una vivienda en Madrid, llevo un cerrajero conmigo el primer día.

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Nada más llegar a casa, mi vecina me soltó de repente: «En tu piso cada día se oye gritar a un hombr…