Nada más llegar a casa, la vecina me sorprendió diciendo: «En tu piso cada día grita un hombre, ya n…

Nada más volver a casa, mi vecina, Doña Carmen, me paró en el rellano con tono preocupado:
En tu piso, cada día grita un hombre. Ya no sabemos qué hacer.

¿Pero cómo podía ser, si yo, Lucía Gutiérrez, vivía sola?

Al día siguiente decidí no ir a la oficina y quedarme en casa a investigar. Me oculté silenciosamente bajo la cama. Puntualmente, a las 11:20, un hombre desconocido abrió la puerta con sus llaves. Lo que vi después me dejó helada.

Nada más regresar a casa aquella tarde, mi vecina ya me estaba esperando en el pasillo.

En tu piso hay mucho jaleo durante el día. Se oye a un hombre gritar me dijo.

Me quedé sin palabras.

Eso no puede ser le contesté. Por las mañanas no estoy, trabajo fuera y vivo sola.

Ella negó enérgicamente.

Lo he escuchado varias veces. Siempre sobre el mediodía. Voz clara y de hombre. He llamado a la puerta, pero nadie ha abierto.

Intenté sonreírle y le aseguré que quizás era el televisor que se me había olvidado encendido. Al marcharse, sus palabras se quedaron flotando en mi mente.

Al entrar de nuevo, una inquietud me recorrió el cuerpo. Recorrí todas las estancias: nada fuera de lugar, ventanas y puertas cerradas, ni rastro de nada extraño. Mi cabeza intentaba convencerme de que todo estaba bien, pero en mi interior sentí un escalofrío.

Apenas pegué ojo esa noche.

Al amanecer, decidí actuar. Llamé al trabajo, fingí estar enferma. A las 7:45 salí como cada mañana para que los vecinos me vieran, arranqué el coche, avancé unos metros y regresé enseguida para entrar silenciosamente por la puerta lateral. Me escondí lo mejor que pude bajo la cama y bajé el cobertor para no dejarme ver.

El tiempo parecía no pasar. Empezaba a cuestionar mi propia cordura cuando, cerca de las 11:20, escuché cómo la puerta principal se abría.

Pasos seguros y conocidos recorrieron el pasillo. Los zapatos rozaban el suelo de una manera que me resultaba inquietantemente familiar.

Los pasos se dirigieron a mi dormitorio.

Y entonces, escuché una voz masculina, grave y molesta:

Otra vez tienes esto hecho un desastre…

Pronunció mi nombre.

La voz era demasiado familiar y sentí que el corazón se me detenía al comprender quién era ese supuesto desconocido.

La verdad la supe tiempo después, ya cuando todo hubo acabado.

El casero, don Ramón, venía a mi hogar cada vez que yo salía a trabajar. Tenía sus propias llaves. Conocía mi rutina al dedillo: cuándo marchaba, cuándo regresaba. Yo misma, sin pensarlo, se lo había contado en alguna conversación casual.

No venía a robar ni a fisgonear cajones. Simplemente, utilizaba la vivienda como suya.

Se quitaba los zapatos, encendía el televisor, comía de mi nevera, usaba el baño, a veces hasta dormía en mi cama.

Sabía dónde estaba todo, porque él mismo había amueblado el piso y lo seguía considerando suyo, pese a estar en alquiler.

Sentía que tenía derecho.

A veces, murmuraba en alto, quejándose de mi “desorden”, de la ropa en la silla, de mis costumbres. Su voz era lo que los vecinos escuchaban a diario, por eso protestaban.

Conocía mi nombre, mis hábitos, y estaba seguro de que yo no volvería antes de la noche.

Jamás pensó que sería yo quien lo descubriría.

Cuando vino la policía y se lo llevaron, no pudo disimular su sorpresa. Insistía en que no veía nada malo: El piso es mío, las llaves, también. Solo quería asegurarme de que todo estaba en orden.

Desde entonces, cada vez que alquilo una casa nueva en Madrid, siempre cambio la cerradura el primer día.

He aprendido que, incluso en lo cotidiano, debemos cuidar de nuestra intimidad y aprender a poner límites claros. La confianza está bien, pero la prudencia es aún mejor.

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MagistrUm
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