¡Nada, madre querida! ¿Tienes tu casa? Pues ahí vive usted. No venga aquí salvo que le invitemos nosotros. Mi madre vive en un pequeño y acogedor pueblo en la ribera de un río, con una franja de bosque detrás de su parcela donde, según la temporada, se recoge una cosecha abundante de frutos silvestres y setas. Desde niña me he perdido entre los prados familiares con una cesta, disfrutando del contacto con la naturaleza. Me casé con un compañero del colegio. Sus padres viven cerca de mi madre, aunque al otro lado de la calle; desde su parcela no pueden acceder al río ni al bosque, por eso siempre que venimos del ciudad nos alojamos en casa de mi madre. Últimamente, mi madre ha cambiado mucho, tal vez por edad o por celos hacia mi marido, y nuestras vacaciones han acabado a menudo en discusiones. Resolver las cosas pacíficamente se ha vuelto cada vez más difícil. Al quedarnos unas veces en casa de los padres de mi marido, mi madre montó otra bronca, esta vez con su propio pretendiente, por nimiedades. Mi suegra se enfadó tanto que hasta gritó; toda la calle escuchó el intercambio de viejos rencores. Un mes después, cuando todos se calmaron, mi marido y yo tuvimos una buena idea: construir nuestra propia casa para que nadie se enfade y podamos venir y sentirnos como en nuestro hogar. El tema del terreno llevó tiempo, pero lo conseguimos. Mis suegros nos ayudaron con ilusión en la construcción, y mi suegro estuvo siempre en la obra. La única que causaba problemas era mi madre. Venía, aconsejaba, criticaba lo ya hecho… en resumen, tampoco nos dejaba en paz allí. Así levantamos la casa. Fue una pesadilla. Un año después, la casa estaba terminada. Queríamos respirar tranquilos… pero no pudimos. Mi madre no quería dejar de visitarnos, acusándonos de egoístas y asegurando que ahora ya no contaría con ayuda. Ignoraba que mi marido hacía siempre el trabajo duro en su parcela: cortar la hierba, arreglar el tejado, y demás. Un día mi madre me dijo: —¿Para qué vienes aquí ya? Quédate en tu ciudad; si vienes, sólo presumes de lo que has conseguido. Esta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de mi marido. Se acercó, tranquilo pero con una calma que hizo que mi madre retrocediera hasta la puerta: —¿Qué haces, yerno…? —Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Viva en ella. No venga aquí salvo que le invitemos nosotros. Déjenos algún fin de semana libre de vez en cuando. Si necesita ayuda, llámenos; si hay un incendio, venimos volando. —¿Cómo que incendio? Con esas palabras, mi madre casi salió corriendo. Yo me contuve la risa al verla mirar alrededor e irse deprisa a la portilla. Mi marido, calmado, levantó las manos: —Bueno, quizás he exagerado con lo del fuego. —No, justo así. Y nos reímos, recordando la cara de mi madre. Desde entonces, la paz reina en nuestra nueva casa. Mi madre no nos visita, acepta la ayuda de mi marido, pero sólo se comunica con respuestas cortas. Seguramente aún recuerda lo del incendio.

Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Pues ahí vives tú. No vengas aquí a menos que te invitemos nosotros.

Mi madre vive en un pueblito tranquilo a orillas de un río, rodeado de un paisaje verde y sereno. Detrás de su casa, el bosque empieza a extenderse y, cuando llega la temporada, se recogen moras y setas en abundancia. Desde niño, recorrí esos prados con una cesta, disfrutando de la conexión con la naturaleza. Me casé con mi compañera de instituto, cuyos padres viven no muy lejos de mi madre, pero en el lado opuesto de la calle, así que no tienen acceso directo al río ni al bosque. Por eso, cuando venimos desde Madrid, nos quedamos en casa de mi madre.

Mi madre ha cambiado mucho últimamente, quizás por la edad o por celos del marido de su hija, y las vacaciones empezaban a terminar siempre en discusiones. Cada vez era más complicado mantener la paz. Cuando alguna vez nos quedamos en casa de los padres de mi esposa, mi madre se las ingeniaba para armar un pleito con el suegro, y la bronca fue por nimiedades. Mi suegra llegó a estar muy molesta y gritó tanto que toda la calle sabía del disgusto entre ambas familias.

Pasado un mes, cuando las aguas volvieron a su cauce, a mi mujer y a mí se nos ocurrió una idea acertada: construir nuestra propia casa, para que nadie se molestara, donde pudiéramos ir y sentirnos en nuestro hogar.

Resolver lo del terreno fue un proceso largo, pero al final lo conseguimos. Mi suegro y mi suegra se volcaron con ilusión en la construcción. El suegro no faltaba un solo día en la obra.

La única que complicó todo fue mi madre. Venía, nos aconsejaba, criticaba cada cosa que ya estaba hecha y, en suma, no nos dio respiro ni ahí. Así levantamos la casa. Fue una pesadilla.

Un año después, la casa estaba terminada y pensábamos que, por fin, podríamos respirar tranquilos, pero no fue así. Mi madre no quería renunciar a sus visitas, nos acusaba de egoístas y decía que ya no nos iba a ayudar. No reconocía que mi esposa siempre arreglaba el jardín, cortaba el césped, reparaba el tejado y mil cosas más en su casa.

Un día, mi madre soltó:
¿Para qué vienes tú aquí? Quédate en tu ciudad, y si vienes, parece que vienes a presumir de lo que tienes.

Esa frase fue la gota que colmó la paciencia de mi mujer. Se acercó tranquila a su suegra, con una calma que hizo retroceder a mi madre hasta la puerta.
¿Qué haces, yerno?
Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Vive ahí. No vengas salvo que te invitemos. Déjanos al menos un fin de semana libres de vez en cuando. Si necesitas algo, llámanos; si hay un incendio, acudimos.
¿Cómo que un incendio?

Al escucharlo, mi madre casi salió corriendo de casa. Yo tuve que contener la risa al verla mirar atrás apresurada, marchándose directo a la verja. Mi mujer, ya más tranquila, levantó las manos:
Bueno, igual he exagerado con lo del fuego.
No, era necesario.

Reímos juntos recordando la cara de mi madre. Desde entonces, se respira paz en nuestra nueva casa. Mi madre ya no viene, acepta la ayuda de mi mujer, pero el trato es escueto, sólo sí y no. Me imagino que lo del incendio sigue rondándole la cabeza.

Hoy entiendo que uno debe aprender cuándo poner límites, por mucho cariño que haya de por medio. La familia es importante, pero la tranquilidad de tu propio hogar vale más que cualquier disputa.

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MagistrUm
¡Nada, madre querida! ¿Tienes tu casa? Pues ahí vive usted. No venga aquí salvo que le invitemos nosotros. Mi madre vive en un pequeño y acogedor pueblo en la ribera de un río, con una franja de bosque detrás de su parcela donde, según la temporada, se recoge una cosecha abundante de frutos silvestres y setas. Desde niña me he perdido entre los prados familiares con una cesta, disfrutando del contacto con la naturaleza. Me casé con un compañero del colegio. Sus padres viven cerca de mi madre, aunque al otro lado de la calle; desde su parcela no pueden acceder al río ni al bosque, por eso siempre que venimos del ciudad nos alojamos en casa de mi madre. Últimamente, mi madre ha cambiado mucho, tal vez por edad o por celos hacia mi marido, y nuestras vacaciones han acabado a menudo en discusiones. Resolver las cosas pacíficamente se ha vuelto cada vez más difícil. Al quedarnos unas veces en casa de los padres de mi marido, mi madre montó otra bronca, esta vez con su propio pretendiente, por nimiedades. Mi suegra se enfadó tanto que hasta gritó; toda la calle escuchó el intercambio de viejos rencores. Un mes después, cuando todos se calmaron, mi marido y yo tuvimos una buena idea: construir nuestra propia casa para que nadie se enfade y podamos venir y sentirnos como en nuestro hogar. El tema del terreno llevó tiempo, pero lo conseguimos. Mis suegros nos ayudaron con ilusión en la construcción, y mi suegro estuvo siempre en la obra. La única que causaba problemas era mi madre. Venía, aconsejaba, criticaba lo ya hecho… en resumen, tampoco nos dejaba en paz allí. Así levantamos la casa. Fue una pesadilla. Un año después, la casa estaba terminada. Queríamos respirar tranquilos… pero no pudimos. Mi madre no quería dejar de visitarnos, acusándonos de egoístas y asegurando que ahora ya no contaría con ayuda. Ignoraba que mi marido hacía siempre el trabajo duro en su parcela: cortar la hierba, arreglar el tejado, y demás. Un día mi madre me dijo: —¿Para qué vienes aquí ya? Quédate en tu ciudad; si vienes, sólo presumes de lo que has conseguido. Esta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de mi marido. Se acercó, tranquilo pero con una calma que hizo que mi madre retrocediera hasta la puerta: —¿Qué haces, yerno…? —Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Viva en ella. No venga aquí salvo que le invitemos nosotros. Déjenos algún fin de semana libre de vez en cuando. Si necesita ayuda, llámenos; si hay un incendio, venimos volando. —¿Cómo que incendio? Con esas palabras, mi madre casi salió corriendo. Yo me contuve la risa al verla mirar alrededor e irse deprisa a la portilla. Mi marido, calmado, levantó las manos: —Bueno, quizás he exagerado con lo del fuego. —No, justo así. Y nos reímos, recordando la cara de mi madre. Desde entonces, la paz reina en nuestra nueva casa. Mi madre no nos visita, acepta la ayuda de mi marido, pero sólo se comunica con respuestas cortas. Seguramente aún recuerda lo del incendio.