Ninguna magia
El Año Nuevo se acercaba a toda velocidad, como un AVE desbocado.
A Carmen, esa prisa le daba vértigo. Era como si estuviera en el andén de Atocha viendo pasar el tren de su vida sin tener billete, comprendiendo que no habría viaje, ni suerte, ni ese espíritu navideño tan buscado que ya se esfumaba, igual que el humo de las castañas en la Plaza Mayor.
¿Y por qué demonios invitó a gente a casa? ¿Quién iba a querer recibir el año con una cenicienta sin hada madrina?
***
Aquella mañana del 31 de diciembre empezó con un desastre doméstico: la lavadora, fiel durante diez años, eligió retirarse con honores organizando una inundación épica en el baño.
Encontrar un fontanero en Nochevieja en Madrid era peor que encontrar una mesa libre en la Gran Vía a las doce. Después de perder medio día y todos los nervios, Carmen consiguió que uno viniera y respiró aliviada, esperando en vano que fuera la última desgracia.
Pero no
A mediodía su gato canela, Don Quijote, autoproclamado gourmet, devoró toda la morcilla reservada para la ensaladilla rusa y solo dejó un solitario bote de guisantes y unos pepinillos en vinagre.
Aquello no le bastó. Decidió que esa tarde quería cazar el petirrojo que, vaya ocurrencia, se había posado en la portilla abierta
El ficus gigante, al que su abuela decía que traía buenos augurios, fue derribado del alféizar, enganchó la guirnalda del árbol de Navidad y la dejó fundida para siempre. Esa guirnalda era la más querida por Carmen, un recuerdo de las primeras Navidades en familia.
Los trocitos de maceta y los adornos de cristal de cuando era niña se mezclaron con la tierra húmeda.
A Carmen se le escapaban las lágrimas barriendo aquel desastre, como si limpiara los rastros de la infancia.
Luego fue la jarra de vino estrellada en el suelo, el pollo quemado en el horno, y por fin, tras un día de teletransporte caótico, lo peor: cuando los invitados ya llegaban, Carmen se dio cuenta con horror de que había olvidado comprar el roscón. Sudando, telefoneó a su hermana.
¡María, desastre total! ¡No tengo roscón!
Tranquila, mujer respondió la voz animada al otro lado del teléfono, estoy abajo ya. Baja y buscamos uno, seguro que queda algo.
Pero ¿dónde estás?
¡Que sí, que estoy bajo tu ventana!
Bajó corriendo y allí, bajo la tenue luz del portal, vio una extraña estampa: junto al coche de su hermana María estaba su mejor amiga, Rosario, cargando un enorme saco, y la tía Pilar, blandiendo con solemnidad una gran ensaladera de aspic.
¿Para qué traes aspic? ¿Y ese barreño? exclamó Carmen.
Por si acaso sentenció la tía Pilar, famosa por sus consejos no pedidos. Hoy día nunca se sabe, con vuestras modernidades culinarias… Y necesitamos reservas para toda la noche, ¡qué es fin de año! ¿Habrá ensaladilla, no?
Carmen se encogió de hombros, resignada
Mientras unas iban en busca del dulce, Rosario empezó a colgar serpentinas, enredando hábilmente a Don Quijote, que se transformó en un bicho galáctico de otro planeta gracias a tanto adorno.
El noble acto de desenmarañar al gato recayó en el marido de María, don Luis, quien llegó directo tras su turno interminable, justo a tiempo.
Don Quijote ni protestó hasta que divisó a Carmen. Al verla, corrió hacia ella con tal devoción que le dejó una zarpada sangrante a don Luis en el antebrazo.
Enjugados los daños, el valiente Luis aceptó ayudar a las damas en la cocina. Su ayuda consistió más bien en profundas disertaciones filosóficas sobre que «la ensaladilla es un estado del alma y no solo una receta», pero a Carmen y María les fue suficiente.
Carmen, ¿qué es esa caja? gritó Rosario desde el salón. Aquí pone «Feliz Año Nuevo». Oh, y al lado hay una nota. No abrir antes de las dos. Abuela Concha.
Carmen se levantó sobresaltada:
¡Madre mía, lo olvidé! María, esto lo dejó la abuela antes de irse de viaje. Ordenó que la abriéramos en Nochevieja, exactamente a las dos. Prometió una sorpresa
¿Pero por qué esperar? insistió María, examinando la caja. ¡Venga, que la abrimos ya!
¡Ni se te ocurra! negó Carmen con energía. La abuela siempre lo sabe. Y seguro que puso un candado raro o algo, no se la juega. Hagamos las cosas a la española: esperamos, aguantamos y luego cotilleamos.
La intriga se apoderó de todos. Hasta la tía Pilar se acercó, curiosa como una niña, sin soltar el aspic.
***
Luego vino el discurso del presidente, las uvas con champán, todos sentados en círculo, comiendo la ensaladilla atacada por Don Quijote, riendo, discutiendo tonterías y de pronto, llegó el gran momento.
¿Ya son las dos? preguntó Carmen. Pues ¡hora del misterio de la abuela Concha!
La caja fue encomendada al único varón del grupo.
Luis trasteó un poco y levantó la tapa.
Dentro, en una cama de algodón, no había billetes, ni fotos antiguas. Solo decenas de papelitos enrollados, atados con lazos de colores. Cada uno con una pequeña pegatina con un nombre.
¿Y esto? musitó Luis, perplejo.
Carmen desenrolló el primero, que tenía su nombre, y leyó en voz alta:
Carmencita, mi niña. ¿Otra vez se ha estropeado todo? ¿Lavadora rota? ¿El gato te ha dejado sin cena? Que no cunda el pánico. Recuerda: cada problema es excusa para llamar a Telepizza y ver tu serie favorita. El roscón se compra mañana. Lo importante es estar con quienes comparten la pizza. Te quiero de aquí a la Giralda y volver. Tu abuela Concha.
El asombro tiñó la estancia, seguido de una risa que sacudió todo el piso como un tren subterráneo.
Carmen reía tanto, que las lágrimas se le mezclaban con el rimel.
¿Pero cómo cómo lo sabía?
Eso sí que es magia susurró la tía Pilar, atónita.
¡El mío, el mío! pidió María, alargando la mano impaciente.
Desenrolló su papel:
María, tesoro. Déjate de pelear con Luis por chorradas sin importancia. Mejor abrázalo. Es bueno, aunque tenga vocación de filósofo de barra. Si se pone pesado, bésale. Es el mejor truco para desmontar la lógica masculina. Os abrazo a los dos.
Luis se puso más colorado que un pimiento de piquillo y, entre vítores, besó a María.
Rosario, desternillada, leyó el suyo:
Rosario, guapa. No busques el amor en bares. Mejor en las bibliotecas, o en el súper de tu calle, donde va la gente de verdad. No llevan pantalones ceñidos, pero valen más. Y otra cosa, deja de teñirte el pelo de azul. Te favorece el tuyo natural.
¿Pero cómo lo sabe? chilló Rosario. ¡Si me teñí hace dos días!
Por fin, le llegó el turno a la tía Pilar, que abrió su nota con el temblor de quien descifra un mensaje cifrado:
Pilar, querida. Sabes de todo, siempre al tanto. Pero hay un secreto que no conoces: el silencio y un trozo de roscón a veces dicen más que mil consejos. Te aprecio, mi sabia.
La tía Pilar enrojeció y se mordió la lengua. Se cogió el trozo de roscón y, cosa insólita, guardó silencio el resto de la noche. Por primera vez en años, no dio ni una recomendación.
Las risas y las conversaciones se fundieron con las primeras luces de la mañana.
Llamaron a la abuela Concha por videollamada; ella, sentada en una butaca en Zaragoza, sonreía diciendo: «¡Ay, mis tesoros! ¡Sabía que acertaría! No hay brujería, ni pócima ni adivinanza. Solo hay mucho amor… y saber quiénes sois.»
A la mañana siguiente, mientras recogía los restos de la fiesta y esquivaba al gato, Carmen guardó todos los papelitos en un bote de cristal y lo puso en la estantería del pasillo. Aquellos consejos no eran simples deseos: era el secreto de la felicidad, el remedio de su abuela. No temer al caos, reír ante los fracasos, valorar a quien está a tu lado, y comer lo que apetezca, pero sin pasarse. Y recordar que el mejor regalo siempre es saber que hay alguien, en algún rincón, que te quiere y te entiende. Siempre.





