El Rugido de la Sienna

El olor a masa de tamales y canela flotaba en la cocina de doña Esperanza cuando su yerno, Gustavo, soltó la frase que partió la tarde en dos. Afuera, el sol de El Paso caía a plomo sobre el pavimento de la calle Alameda, pero dentro de la casa el aire se volvió denso y frío.

— Pues mire, suegra, le vamos a tomar la camioneta. Esa Sienna ahí parada, juntando polvo. A nosotros nos hace más falta.

Gustavo lo dijo mientras vaciaba un sobrecito de azúcar en su café de olla, como quien comenta el resultado del fútbol. El sudor le perlaba la frente y el cuello de la camiseta de los Diablos de UTEP que llevaba puesta, manchada con grasa que ninguna lavada podía quitar. Su taller de hojalatería y pintura, «El Milagrito», apenas estaba saliendo del hoyo después de la pandemia. A su lado, con la cabeza gacha y el teléfono en la mano, estaba Gabriela, su hija. Ella no decía nada. Solo deslizaba el pulgar por la pantalla, nerviosa.

Esperanza cerró la llave del fregadero y se quedó inmóvil. La gotera rítmica sobre los platos sucios era el único sonido en la estancia. Contó hasta diez. Agarró el trapo de cocina, se secó las manos agrietadas por tantos años de amasar pan dulce en la pastelería «La Reina del Pan», y se volteó. Sus ojos cafés, rodeados de patas de gallo, se clavaron en su yerno.

— ¿Cómo que «le vamos a tomar»? —preguntó con una calma que no sentía.

— En el sentido literal, suegra —respondió Gustavo soltando un suspiro, rascándose la barba de tres días—. La troca de Gaby ya tronó. El radiador se fue al carajo y el motor calienta más que comal en diciembre. Arreglarla me sale en diez mil dólares, mínimo. Y yo necesito mover material, llevar las refacciones a los clientes, recoger a los chavos de la escuela. Usted ni sale. La pastelería está a quince cuadras. Caminar no le va a hacer daño.

Esperanza miró la Toyota Sienna color vino tinto, estacionada bajo el viejo mezquite del jardín. Diez años tenía la camioneta, pero brillaba como recién salida de agencia. Su difunto marido, don Ramiro, la había escogido con ella dos semanas antes de que el cáncer se lo llevara. «Pa’ que vayas a donde se te antoje, vieja. Tú no te mereces andar en camión». Con esa Sienna había cargado los botes de crema pastelera, las charolas de concha y los costales de harina. Con esa camioneta se había escapado a las montañas de Ruidoso cuando la soledad le apretaba el pecho y necesitaba ver pinos en vez de mezquites.

Ahora Gustavo, con su desparpajo y su costumbre de pensar que el mundo le debía todo, quería quitársela.

— Caminar no me hará daño, dices —repitió Esperanza, sentándose en la silla de madera frente a él, la espalda recta como una tabla. Tenía sesenta y tres años, manos de artesana y una voluntad de hierro forjada en los años duros cuando cruzaba a Juárez a vender gelatinas.

— Es que es de lógica, suegra —insistió Gustavo, escarbando con el dedo en el azúcar mojado del fondo de la taza—. Somos familia. Hay que ayudarnos. ¿Usted quiere que sus nietos se derritan en la parada del camión con este sol de la chingada? Ahí, en la esquina de la Montaña y la Piedras, luego se juntan puros vagos. Mire, nosotros le ponemos la gasolina. Le cambiamos el aceite. Usted ni se preocupa.

Gabriela levantó la mirada del teléfono por primera vez.

— Mamá, de veras es una urgencia. Con los turnos dobles en el hospital, yo salgo molida y tomar dos camiones me tira todo el día. No puedo llegar tan tarde por los niños.

Esperanza miró a su hija, luego a su yerno. Los quería. Quería a sus nietos con el alma. Pero conocía bien a Gustavo. Le gustaba hacer las promesas y olvidarlas a la semana siguiente. El taller siempre estaba a punto de quebrar, el dinero se le escurría entre los dedos en cervezas con los amigos y apuestas de póker en la trastienda. Le iba a meter un rayón, un golpe en la defensa, y la Sienna terminaría oliendo a thinner, llena de botes de pintura vacíos y envolturas de burritos.

Esperanza se puso de pie. Abrió el cajón de la alacena y sacó una llave negra con un llavero de la Virgen de Guadalupe que se había traído de su última peregrinación. Regresó a la mesa. Puso la llave sobre el hule, con un golpe seco que hizo tintinear las cucharillas.

Gustavo alargó la mano como un resorte, una sonrisa de alivio dibujándose bajo el bigote.

— Espérate —la voz de Esperanza era un látigo. Su mano callosa cubrió la llave como una garra blanda—. Se las presto. Pero con mis condiciones. Y son a fuerzas.

— Lo que usted diga, suegra. ¿Qué es? ¿Llevarla al mandado? Usted pida —dijo Gustavo rápido, con los ojos brillantes fijos en la llave.

— No me interrumpas —lo cortó Esperanza—. Yo entro a trabajar a las cuatro de la mañana a la pastelería. Tengo que tener el horno prendido antes de que llegue el panadero. Así que, de lunes a sábado, a las tres y media de la madrugada, la camioneta está aquí, afuera de mi casa. Con el motor caliente. Me llevas. Pase lo que pase.

A Gabriela se le desencajó la cara.

— ¿Tres y media, mamá? Eso es media noche. ¿Y los niños? No los podemos dejar solos.

— Ese es tu problema, mija. Si tu marido quiere manejar mi camioneta, ese es el precio —respondió Esperanza, con una dureza que no admitía réplica—. Segunda condición. Cada domingo a las seis de la mañana, me llevas al bordo, pasando la carretera vieja. Tengo un terrenito donde siembro calabazas. Me ayudas tres horas. A rozar, a cargar agua, a echarle cemento al canal. Sin excusas. Si llueve, te mojas. Si hace frío, te pones chamarra. Que los niños se queden con la comadre.

Gustavo soltó una carcajada seca y molesta.

— ¡Ay, suegra! ¿Qué no ve el clima? Ahorita en febrero se congela uno. ¿Qué chingados voy a hacer yo al bordo? Si ni azadón sé usar.

— Es mi condición —insistió Esperanza, empujando la llave un centímetro hacia él—. Una sola vez que te atrases en la mañana, un minuto, me devuelves la camioneta. Una sola vez que me digas «no voy al bordo», me la devuelves. La primera multa sin pagar, el primer raspón sin arreglar, y te vas a la parada de camión con los otros vagos. ¿Aceptas? Si no, ahí está la puerta.

Gustavo miraba la llave como un niño mira un dulce. La furia se le agolpaba en la garganta, pero el sonido de los clientes que perdía por no tener vehículo para ir a las refaccionarias era más fuerte.

— Ta’ bien, ta’ bien —masculló, arrebatando la llave de la mesa—. Pero conste que esto es un abuso.

— Consta —dijo Esperanza, y se guardó el llavero de la Virgen en la bolsa del mandil.

La primera madrugada fue una derrota absoluta. El reloj de Gustavo cantó a las tres de la mañana. Afuera el frío del desierto calaba los huesos, con una neblina tenue que borraba la silueta de los postes. Se levantó maldiciendo, tropezando con todo. La camioneta olía al perfume de jazmín y a la canela vieja que Esperanza siempre guardaba en la guantera. Llegó a la casa de su suegra a las 3:32. Dos minutos tarde.

Esperanza ya estaba parada en la banqueta, con su chamarra acolchada y un termo de café de olla. Subió sin decir nada. Miró el reloj del tablero.

— Dos minutos, Gustavo. Es la primera. Y la única que te perdono.

Él tragó saliva. No dijo nada.

Así empezó el calvario. Tres semanas de infierno puro. Gustavo era un muerto viviente en su propio taller. Cabeceaba mientras lijaba las salpicaderas, se equivocaba midiendo las mezclas de pintura y dejó caer una defensa recién pintada porque el sueño lo venció de pie. En las mañanas, los niños lloraban porque él no estaba para llevarlos a la escuela; Gabriela llegaba tarde al hospital porque tenía que esperar a que la vecina se hiciera cargo de los chiquillos. Pero la camioneta estaba impecable. Gustavo la lavaba cada tercer día, la trapeaba por dentro con un trapito para no dejar huellas, porque sabía que si Esperanza encontraba una mancha de grasa en el volante, se lo cobraba.

Los domingos en el bordo eran una humillación adicional. Con el frío cortante del amanecer, Esperanza le ponía en las manos una pala oxidada o un bote de veinte litros. A su lado, Gabriela, con cara de circunstancia y guantes de jardinería nuevos.

— ¿Ves esa tierra agrietada? —decía Esperanza, con la respiración hecha vaho—. Por ahí se va el agua cuando llueve. Necesito que piques la zanja más hondo. Y luego acarreas esa grava de allá, al pie del mezquite.

Gustavo se reventaba las manos. Se le doblaban las uñas, le dolían los lomos de tanto cargar piedras, el sudor se le enfriaba en la espalda apenas paraba. Y la suegra, imperturbable, cortando varas, arrancando hierbas que él ni conocía.

Un jueves, a finales de mes, todo quebró. Había sido un día de pesadilla en el taller. Un cliente se había puesto al brinco por un trabajo de pintura mal hecho, la compresora se había descompuesto, y Gustavo tuvo que quedarse hasta pasada la medianoche para terminar de encerar una suburban. Llegó a casa a la una y media. Se dejó caer en el sofá y, sin querer, se quedó dormido como una piedra.

Lo despertaron los rayos del sol filtrándose por la persiana. El pánico le cerró la garganta. Eran las siete y cuarto de la mañana. Afuera los pájaros ya cantaban, el mundo llevaba horas girando sin él.

Agarró las llaves de la camioneta y manejó como loco a casa de Esperanza, con el estómago revuelto. La casa estaba cerrada. Le marcó al teléfono. Nada. Le marcó a la pastelería. Nada. Finalmente, Gabriela le contestó.

— Se fue en taxi, Gustavo. Le costó un ojo de la cara. Me habló bien enojada. Dice que no quieres seguir con el trato, que mejor le regreses la camioneta hoy mismo.

Gustavo sintió un alivio extraño, mezclado con un coraje profundo. Aparcó la Sienna en la cochera de Esperanza, la limpió con el último trapito que le quedaba y le puso un candado al volante. Dejó la llave en una maceta de terracota, junto a la puerta, y le escribió un mensaje a su suegra: «Ahí está su troca, suegra. Como nueva. Disculpe las molestias».

La verdadera pesadilla empezó al día siguiente.

Sin la camioneta, la logística familiar se derrumbó como castillo de naipes. El taller quedó aislado en una calle polvorienta donde los camiones de ruta pasaban cada hora, si bien les iba. Perdió tres clientes en dos días porque no podía ir a la refaccionaria a tiempo. Los niños, acostumbrados al aire acondicionado, lloraban todas las mañanas camino a la parada, esquivando charcos de lodo cuando llovía. Gabriela lo fulminaba con la mirada en la cena, sin decir palabra, con un silencio que pesaba más que mil gritos.

Una mañana, mientras esperaba el camión bajo un toldo raído en la avenida Montaña, un viejo con sombrero de palma se le quedó viendo. Era don Chuy, un conocido del barrio que siempre andaba vendiendo elotes.

— Pos ya te cayó la voladora, mijo —dijo don Chuy, sonriendo sin malicia—. Antes te miraba bien campante en la camionetota. Ahora andas a pata, como nosotros los jodidos.

Gustavo sintió que la frase le rebotaba dentro del pecho como una canica. Esa tarde, en vez de irse a casa, caminó las quince cuadras hasta la pastelería. El olor a harina y azúcar quemada salía por las rejillas de la cocina. Entró y vio a Esperanza, con el delantal blanco y las manos metidas en una masa inmensa. Trabajaba rápido, con el gesto serio, el cabello cano recogido en un chongo deshecho.

— ¿Qué se te ofrece, Gustavo? —preguntó ella sin levantar la vista.

— Su… suegra —empezó él, secándose la nuca con un paliacate—, yo vine a disculparme. De veras. Andar a pie me abrió los ojos. Me cae que soy bien pendejo. Nunca pensé… digo, usted todos estos años, llueve o truene, aquí a las cuatro. Y yo llegué bien valemadrista a querer quitarle lo suyo. Perdóneme.

Esperanza se limpió las manos en el trapo. Se acercó a él, y por primera vez su mirada perdió la dureza del pedernal.

— ¿Sabes por qué te puse esas condiciones? No por maldad, Gustavo. Porque nada en esta vida es regalado. Tú crees que porque soy tu suegra, me toca dar y dar. Y tú recibir nomás. Pero a la familia se le apoya, no se le exprime. Tú tienes manos fuertes, pero no sabes usarlas para lo que importa. Solo para la lija y la pintura.

Él asintió con la cabeza gacha. Se sentía como un chiquillo regañado, pero no había rabia, solo una extraña calma.

— La Gaby y yo vamos a juntar para comprar una carcachita —dijo Gustavo—. Algo barato, pal’ diario. Usted quédese con su Sienna. Se la ganó a pulso.

Esperanza se echó a reír, una risa franca que le salió del estómago.

— Ay hijo, tú crees que a mis años voy a andar de mamá chofer tuya. No, señor. Toma —dijo, sacando del bolsillo el llavero de la Virgen de Guadalupe con la llave negra—. La camioneta es para la familia. Pero ahora con una regla nueva. Ya no me tienes que llevar a la pastelería al alba ni tallarte los domingos en el bordo.

— ¿Entonces? —preguntó él, desconcertado.

— El trato es otro —dijo Esperanza, y sus ojos brillaron—. El primer sábado de cada mes, tú, Gabriela y los niños, todos bien bañados y peinados, me llevan a desayunar a la casa de la comadre Lucha en las afueras. Y en la troca solo se escucha música de Los Tigres del Norte, que es la que me gusta. Quien se queje, se va en camión. ¿Aceptas?

Gustavo apretó la llave en la mano, sintiendo sus dedos callosos cerrarse sobre el metal. No era una herramienta, era el peso de una lección. Asintió con una sonrisa que le cruzó toda la cara, la primera sonrisa sincera en mucho tiempo.

El siguiente sábado, una Sienna vino tinto perfectamente encerada cruzaba el puente hacia el Valle de Juárez. Iba con las ventanas abajo, y desde adentro, el acordeón de «Jefe de Jefes» retumbaba en el aire seco de la frontera. Adentro, dos niños pegaban gritos de emoción, una hija reía tomando la mano de su madre, y al volante, el yerno silbaba desentonando, llevando el compás con los dedos sobre el volante como si tocara la batería.

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