Mujer sospecha que su marido le engaña y contrata a un detective privado: pero cuando llega a la dir…

Hace tiempo que Inés sospechaba que su marido, Rodrigo, le era infiel. Demasiadas «reuniones» a horas insólitas, demasiados viajes largos «al almacén por herramientas», demasiados aromas incomprensibles adheridos al abrigo. Guardó silencio, soportando las dudas mientras los días se estiraban, hasta que finalmente contrató a un detective privado que prometió dilucidar el misterio en un par de jornadas. Y así, esa misma mañana, recibió un mensaje lacónico: apenas una dirección, sin explicaciones. «Vaya ahora mismo. Es urgente. Tiene que verlo con sus propios ojos».

El trayecto duró casi una hora. Con cada kilómetro, Sevilla quedaba lejos y la carretera se hacía más estrecha, convirtiéndose casi en un sendero flanqueado por alcornoques y retamas. El corazón de Inés tronaba tan fuerte que juraría que la ventanilla temblaba con cada latido.

No dejaba de imaginar que al final vería el coche de Rodrigo aparcado ante una casa ajena, o los visillos de alguna amante moviéndose tras las sombras de una casa de campo. Pero lo que le aguardaba era distinto: una construcción de ladrillo rojizo, solitaria entre los árboles, tan antigua y extraña que el aire parecía doblar los sonidos a su alrededor.

Inés descendió, móvil en mano, los dedos helados aferrando con fuerza el bolso como si fuera su última defensa. El ambiente olía a humedad vieja y óxido, y a su paso el viento ojeó la puerta semientornada: alguien la había abierto poco antes.

La puerta crujió en ese silencio absoluto, casi como si la casa le advirtiera. En el interior, montones de papeles viejos alternaban con tablones rotos. Al fondo, una tabla de roble encajaba perfecta y extrañamente limpia sobre el suelo. Inés, llevada por una lógica irreal, tocó la madera y notó que se deslizaba con facilidad.

Detrás se escondía una habitación estrecha y gris, como arrancada de otra realidad. Y allí, sentada sobre un colchón manchado, una mujer. Viva, pero tan delgada y rota que parecía de otro mundo, con una cadena sujeta al tobillo.

Inés se quedó de pie, petrificada. La mujer alzó la vista apenas, como si cada gesto costase una vida.

¿Tú… eres la esposa? susurró la desconocida con una voz que parecía deshacerse en el aire. Él dijo que nunca vendrías. Que jamás lo descubrirías.

¿Él? ¿Quién? acertó a preguntar Inés, la voz oscilando entre el sueño y la pesadilla.

La mujer apartó la mirada.

Rodrigo. Me tiene aquí desde hace siete meses. Decía que buscaba… una sustituta.

Por vez primera, Inés vio la bandeja en el suelo: un cuenco de gazpacho aún tibio, una rebanada de pan. Alguien había estado allí hace muy poco.

Y entonces, los pasos reverberaron tras ella, crueles y lentos en mitad de ese universo descompuesto donde ya nadie distinguía la vigilia del delirio. Policías aparecieron tras la puerta, convocados en secreto por el detective, y el aire de aquel día andaluz tembló como entre dos siestas, suspendido en un sueño de pesadilla del que nadie podía despertar del todo.

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