Mujer Frágil

En septiembre llegó una nueva alumna al colegio. Se llamaba Lucía, pero todos la llamaban Luchi. Era tan frágil y menuda que parecía que un soplo de viento podría quebrarla. Siempre llevaba un jersey grueso bajo el cual asomaban unos hombros angulosos y delgados. Su pelo castaño claro, fino y escaso, lo llevaba recogido en dos trenzas adornadas con grandes lazos rosas. Sus ojos enormes, en un rostro pálido de facciones finas, miraban con una tristeza inocente.

A Javier, alto y deportista, le pareció una princesa de cuento a la que había que proteger, y así lo hizo desde el primer día. Las demás chicas, sin embargo, no tardaron en sentir envidia.

—No tiene nada de especial, pero se las da de importante— cuchicheaban en el recreo—. Parece que el viento se la va a llevar, y mira, ya se ha quedado con el chico más guapo.

Luchi no comía en el comedor escolar. La comida le sentaba mal. Cada día traía una manzana grande y le daba pequeños bocados, masticando tan despacio que apenas terminaba la mitad en todo el recreo. Las otras chicas resoplaban al ver el gran corazón de manzana en la papelera. Javier, en cambio, devoraba su almuerzo y corría hacia ella para acompañarla.

La acompañaba a casa cada tarde, cargando su mochila. Y nadie, ni el más valiente de los chicos, se atrevía a burlarse de él. Javier era conocido por su fuerza, y una burla le habría costado cara. Pronto se acostumbraron a verlos juntos siempre.

Cuando terminaron el instituto, Javier tuvo una fuerte discusión con sus padres. No quería ir a la universidad en la ciudad, como ellos esperaban. Le daba igual dónde estudiar, con tal de no separarse de Luchi. Así que se matriculó en una escuela técnica en su pueblo. Los padres de ella adoraban a Javier y confiaban plenamente en él. Luchi era buena estudiante, pero los nervios le jugaban malas pasadas en los exámenes, y al final apenas los aprobó. Estudiar más allá no era una opción.

Luchi había sido hija tardía, y sus padres la cuidaban como si fuera de cristal. Sin embargo, no enfermaba con frecuencia. En una reunión familiar decidieron que, para una mujer, lo importante no era la educación, sino un buen matrimonio. Y en eso, todo iba sobre ruedas. Javier era el candidato perfecto. La madre de Luchi, que trabajaba como médica, le consiguió un puesto como secretaria del director de la clínica. Así que allí se quedó, tecleando en la máquina de escribir y atendiendo llamadas.

Pero los padres de Javier no estaban conformes. No era la nuera que habían soñado para su hijo. Trataban de hacerlo recapacitar:

—No te das cuenta de la vida que te espera— le decían—. No será un apoyo para ti, y quién sabe si podrá darte hijos…

Javier no pensaba en nada de eso. A él le gustaba cuidar de aquella chica frágil. Se sentía aún más fuerte a su lado. Le encantaba que fuera diferente a las demás, y el modo en que lo miraba con sus enormes ojos grises. Pero sus padres lo agobiaron tanto con el tema del matrimonio que, al final, le pidió la mano.

Los padres de Luchi se alegraron mucho. Era un buen partido, y así podrían morir tranquilos, sabiendo que su hija estaría protegida. Eso sí, Luchi no tenía mucha idea de labores domésticas, así que decidieron que los recién casados vivirían con ellos hasta que se adaptaran. Su casa era más grande.

Los padres de Javier también lo aceptaron. Al menos su hijo comería bien.

La vida en pareja fue tranquila y armoniosa. No tenían razones para pelearse. Cuando Luchi quedó embarazada, sus padres no lo creyeron al principio. Incluso en los últimos meses, su barriga era pequeña. Y la pasión entre ellos tampoco se notaba. Nada de susurros ni quejidos se escuchaban por la noche.

Para asegurarse de que Luchi llevara el embarazo a término, no la dejaban cargar ni un libro. Sus padres incluso les prohibieron dormir juntos. Compraron un sofá cama y Javier tuvo que mudarse allí.

A él no le gustó la separación, y empezó a irse a dormir a casa de sus padres. Todos lo aceptaron, salvo ellos mismos, que no paraban de regañarlo:

—Te has metido en un lío con esa flacucha— le decían—. Toda la vida tendrás que servirla a ella.

Javier se enfadaba y se iba con amigos.

Fue en una de esas noches cuando conoció a Silvia, una morena fuerte, curvilínea y descaradamente sensual. La atracción entre ellos fue inmediata. Perdieron la cabeza, abrazándose como animales hambrientos. Y esa pasión no hizo más que crecer.

Los padres de Javier lo regañaban por ausentarse justo cuando su esposa más lo necesitaba. Pero Luchi no parecía preocuparse. Escuchaba a su cuerpo y al bebé, ocupada solo en eso. El niño se movía inquieto, despertándole un hambre voraz, y solo se calmaba al aire libre. Así que pasaba horas en el balcón, leyendo.

Tal vez el temperamento del bebé era muy distinto al suyo, o quizá simplemente se cansó de estar tan apretado, pero nació antes de tiempo. No era grande, pero sí vivaracho y con el mismo rostro que su padre. Hasta los padres de Luchi lo reconocieron y se alegraron.

Javier estaba con Silvia cuando su hijo nació. Su madre tuvo que llamarlo al trabajo al día siguiente para avisarle. Corrió al hospital y se quedó bajo la ventana, mirando a Luchi, exhausta y más delgada que nunca.

Cuando los dieron de alta, Javier cargó al niño todo el camino a casa. Luchi estaba demasiado débil. Era increíble que hubiera logrado dar a luz. Sus pechos eran pequeños, como los de una adolescente, pero la leche brotaba abundante. El niño creció rápido, y en un mes ya era un bebé robusto, con una voz fuerte y un apetito insaciable.

Los padres se encargaron de casi todo. A Luchi solo la dejaban pasear al niño en su cochecito. Ella lo miraba dormir y no podía creer que fuera suyo. No había heredado nada de ella; era el vivo reflejo de Javier.

Al principio, Javier corría a casa después del trabajo, pero poco a poco volvió a desaparecer con Silvia. Aunque siempre dormía en casa, con Luchi.

Todos entendían que su matrimonio no era fácil, así que lo dejaban en paz. Al fin y al cabo, tarde o temprano maduraría.

Pero Silvia no estaba conforme. Quería más tiempo, más compromiso.

—¿Para qué quieres a esa escoba?— le reclamaba—. No te sirve para la casa ni para la cama. Tienes que decidirte.

Las peleas lo agotaban. En cambio, Luchi nunca le hacía escenas. Cuando él llegaba, ella le contaba los avances del niño. Y cuando Javier lo alzaba, el corazón se le llenaba de amor. Pero la atracción por Silvia era fuerte. No podía dejarla así como así.

Pero todo tiene un fin. Tras una última discusión, Javier no fue a verla en días. Cuando por fin fue, la vecina le entregó una carta: Silvia se había cansado de compartirlo, había encontrado a otro hombre y se había ido con él. “No me busques”, decía.

Javier se emborrachó como nunca. Logró llegar tambaleándose a casa de sus padres y se desplomó en la puerta. Cuando despertó, volvió con Luchi. Ella no le hizo preguntas. Solo se alegraba de que ahora viniera directo a casa. Y el pequeño Jaime no se separaba de su padre, siguiéndolo como una sombra. Solo él podía lanzarlo al aire, jugar a los caballitos…

En su esposa y su hijo encontró consuelo. Las noches eran ahora para Jaime, quien lo adoraba. Ambos eran alegres, inquietos, idénticos. Luchi sabía que no encajY, cuando Luchi cerró los ojos por última vez, sonriendo en paz, todos supieron que al fin se reunía con su Javier, el único hombre que siempre la había protegido y amado tal como era. .

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