Me estaba dando una vuelta por la noche en la Gran VĂa de Madrid, tambaleándome como si acabara de tomarme una jarra entera de vermut. No sabĂa a dĂłnde habĂa acabado, pero la ciudad es mi casa y mis piernas me llevaron de vuelta al apartamento. Mientras caminaba, me puse a filosofar en voz alta, como de costumbre.
¿Por qué, por qué mi vida es as� Tengo veintisiete años, los amigos ya tienen hijos y los niños van a la escuela, y yo sólo consigo que las chicas se me vayan cada mes, por lo menos. ¿Soy brusco? No, pero sà un poco rudo. Asà debe ser un hombre, ¿no? dije, intentando forzar una sonrisa. Lo único que me ha salido bien es el negocio. Aún estoy lejos de ser millonario, pero con lo que gano me basta para vivir bien.
De pronto me agarré la cabeza y unas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos.
Le entregué un dineral al médico y me dice: No puedo ayudarle, pero le paso la dirección de un especialista de Madrid, aunque dudo que sirva. Y yo, que soy de los que no se rinden, pensé: Mañana mismo voy a ver a ese tipo.
LleguĂ© al puente sobre el Manzanares y mirĂ© la superficie negra del rĂo.
ÂżMe tiro al agua? me preguntĂ©. El rĂo está profundo, todo se lleva al fondo. No, no me ahogo. Hace mucho frĂo, y SĂłcrates tampoco se alimenta de agua. Mejor vuelvo a casa.
Cuando estaba cruzando el puente, vi a medio camino a una mujer muy joven, con una mochila en el pecho que llevaba a un bebĂ©. La mujer estaba inmĂłvil, mirando el agua. De pronto se apoyĂł en la barandilla, se subiĂł a la parte más alta y…
Yo corrĂ hacia ella, la alcancĂ©, la sujetĂ© por la cintura y la tirĂ© hacia mĂ. Ambos caĂmos al polvo del puente y el niño empezĂł a llorar.
¡Cálmate, tonta! grité, como si de repente me hubieran sobrio.
¿Qué te pasa? ¿Por qué te metes donde no te llaman? lloró ella.
Me entró la sensación de que aún te queda mucho por vivir, y menos para él señalé al bebé. Levántate y vete a casa con tu marido o con tu madre. ¿Quién es él?
No tengo casa, ni marido, ni madre. No me queda nada sollozĂł.
Entonces ven conmigo le puse la mano en la espalda, con el bebé en brazos. Vamos.
Yo no voy a ir contigo, podrĂas ser un manĂaco protestĂł.
Ah, Âżte asusta? Vamos, que el agua siempre está ahĂ, Âżno? la agarrĂ© del brazo y la arrastrĂ©.
Caminamos por las calles de Madrid bajo el llanto del niño. No pude aguantar más.
¿Por qué sigue llorando? le pregunté.
¿Tiene hambre? la mujer acercó al bebé contra el pecho.
Dale leche.
No tengo leche, ni dinero, ni nada.
Y tampoco cerebro comenté, mirando a mi alrededor. Por ahà hay un superc al lado, vamos a comprar leche.
Entramos en una tienda de ultramarinos que abre 24 horas. El cajero y el guardia nos miraron con recelo, pero yo agarré la cesta y le dije a mi compañera:
Vamos, ¿dónde está la leche? le pregunté al dependiente, señalando con el dedo.
AllĂ, en la nevera respondiĂł.
CogĂ un paquetito y le dije:
Toma, el que necesites.
¿Y los pañales? preguntó.
Los pañales están ahĂ, mira le sonriĂł mientras los cogĂa.
ÂżY toallitas hĂşmedas?
SĂ, tambiĂ©n.
Al llegar a la caja, entregué mi tarjeta.
Solo aceptamos efectivo dijo el cajero.
Saqué un fajo de billetes de 20 euros y le di uno.
No hay cambio respondiĂł.
Ponle un chocolate al cambio, por favor le dije, señalando la barra de chocolate.
Entramos al piso que la mujer habĂa alquilado. El propietario, un chico con pinta de artista, se quitĂł los zapatos, abriĂł la nevera, sacĂł una sardina y se la lanzĂł al gato que estaba merodeando. DespuĂ©s, tomĂł una botella de zumo y la bebiĂł a tragar. Cuando se vio con nosotros, me indicĂł una habitaciĂłn:
Te quedarás aquĂ, en esta habitaciĂłn. La cocina, el baño y el aseo están por allĂ. Yo me voy a la cama.
Se fue a otra habitaciĂłn y volviĂł:
ÂżCĂłmo te llamas?
Cruz.
Me senté en la cocina, prendà la placa de gas y puse a hervir una tetera.
¡Menuda tonta! exclamĂł, al ver que casi se ahoga. Si no fuera por ese loco, ÂżquĂ© harĂamos tĂş y yo en la calle a estas horas? Mañana nos echará fuera. Mejor quedemos calentitos hoy.
El agua empezó a hervir, y llevé al bebé a la cama. Saqué del bolsillo de la mochila un biberón y volvà a la cocina. Lo llené con leche tibia, lo mezclé con agua caliente. El pequeño se lo bebió todo de un trago y se quedó dormido. Le pasé una toallita húmeda, le puse el pañal y lo acuné hasta que se quedó profundamente dormido.
Me fui al baño, me lavĂ© la cara y volvĂ a la cocina. TenĂa hambre y, sin pensar, agarrĂ© un trozo de chorizo ahumado de la nevera y lo metĂ en la boca. Mientras lo masticaba, cortĂ© un pedazo de pan, chorizo y queso.
Cuando dejĂ© de comer, me di cuenta de que habĂa sido un poco grosero. SacudĂ la cabeza, me tumbĂ© en la cama junto al niño y me quedĂ© dormida al instante.
A la mañana, me despertĂ© varias veces para alimentar al bebĂ©. TenĂa ocho meses y siempre pedĂa más. OĂ al dueño del piso levantarse en la cocina. Yo tambiĂ©n me levantĂ©.
Ya basta, dije en voz baja para no despertar al pequeño. Lo bueno no puede durar para siempre.
Él estaba preparando algo en la cocina. Yo me lavé rápido y entré.
¡Siéntate! me indicó, señalando una silla. Ahora preparo unos huevos.
¡Mejor tú siéntate! le dije, empujándolo levemente.
CogĂ un poco de perejil fresco, lo picĂ© fino y lo espolvoreĂ© sobre los huevos. MirĂ© los vasos, los lavĂ© bien y preparĂ© un cafĂ©. Él, mientras hablaba por telĂ©fono y daba Ăłrdenes, no parecĂa notar a Cruz. Se tomĂł el cafĂ©, terminĂł y se puso de pie.
Cruz se quedĂł paralizada, esperando algo.
¡Vas a ser echada! pensó.
Cruz, escucha bien: mañana me voy a Madrid por una semana. Lo más importante es que alimentes al gato, se llama Sócrates. No le des comida para gatos de lata, que coma pescado fresco y carne. No entres en mi despacho, en el resto de la casa puedes hacer lo que quieras.
De repente, desde el dormitorio se escuchĂł un llanto. Cruz se levantĂł de la silla y mirĂł al hombre con cara de duda.
¡Vete! asintió él.
Cinco minutos despuĂ©s regresĂł con el bebĂ© en brazos. En la mesa habĂa varios billetes de 20 euros.
Creo que con esto te basta para la semana dijo, señalando el dinero. Me voy.
Se dirigiĂł a la puerta, y el pequeño le extendiĂł sus manitas diciendo algo que sonĂł como papa. A Nicolás le quebrĂł el corazĂłn, aunque nunca habrĂa sido su padre.
Cruz, Âżpuedo cogerlo? preguntĂł, sorprendido consigo mismo.
¡Cógelo! le entregó el bebé, y una sonrisa se dibujó en su rostro. ¿Nunca has tenido un niño en los brazos?
¡Asà se hace!
El niño sonreĂa, hacĂa ruidos de alegrĂa y agitaba sus manitas. Nicolás lo miraba fascinado.
Nunca tendré un hijo dijo, con el ceño fruncido, y devolvió al bebé a Cruz.
Y se marchĂł.
Al volver a su piso, el hombre de Madrid le habĂa dicho que no tendrĂa hijos. Se sentĂa fatal:
¿Para qué quiero tanto dinero, un piso de cuatro habitaciones y un coche familiar? El hombre debe ganarse el pan para su familia. Mi piso está lleno de polvo y desorden. El coche tiene siete plazas.
Con el ceño bajo, entrĂł a su apartamento Todo estaba impecable. En el rostro de la mujer habĂa una sonrisa culpable.
¡Papa! pasaron por su mente las manitas del pequeño.
La mochila cayó al suelo y sus manos, sin querer, se dirigieron al bebé







