5 de enero
Siempre he pensado que la Navidad en Madrid es más una prueba de resistencia que una fiesta. Yo, Antonio Delgado, abogado de treinta y cinco años, huyo de estas fechas. Me cansan los villancicos, el ir y venir frenético por la Gran Vía, y sobre todo, la presión de buscar el regalo perfecto para compañeros con los que apenas intercambio algo más que un buenos días.
Este año, la empresa ha querido lucirse y ha alquilado una finca a las afueras, en la sierra madrileña, para celebrar la famosa comida de empresa. Conduje allí en mi impecable SEAT negro, escuchando en la radio una tertulia sobre las novedades fiscales del próximo año y repasando en mi cabeza el plan: llegar, saludar con una copa de cava, conversar lo mínimo con los jefes y desaparecer cuanto antes rumbo a casa.
Cuando entré, la finca bullía de gente vestida con ropa llamativa y forzadas sonrisas que llenaban el ambiente. Me serví una copa, busqué una pared y me aposté allí, como un centinela, observando ese carrusel de alegría obligatoria. Me sentía tan fuera de lugar como si me hubieran dejado solo en medio de la Plaza Mayor durante la cabalgata de Reyes.
***
Entonces la vi. No era la más deslumbrante ni la más ruidosa. Estaba en silencio junto a una ventana, apartada, contemplando la nevada que cubría el campo. Llevaba un vestido azul oscuro y sostenía un vaso de zumo entre las manos. No transmitía tristeza ni soledad, más bien tenía la calma de quien sabe escuchar el silencio propio.
Me sorprendió verme reflejado en aquella desconocida, tan fuera de sitio como yo sentía estar.
Menudo temporal para intentar volver a Madrid me animé a decirle, simplemente porque fue lo primero que me vino a la cabeza.
Ella giró la cabeza y me regaló una sonrisa tan cálida y genuina que me sorprendió.
Pero mira qué bonito respondió, señalando la ventisca. Cuando todo está cubierto de nieve, parece que el mundo se olvida de los problemas.
No me esperaba esa visión. Me descolocó agradablemente.
Antonio me presenté.
Beatriz dijo, estrechando mi mano. Trabajo en contabilidad. Creo que hemos coincidido en el ascensor alguna vez.
Nos quedamos un momento en silencio, pero no era incómodo. Era esa pausa compartida, tranquila.
De repente, avisaron por megafonía que la carretera había quedado cerrada por la nevada y todos tendríamos que pasar la noche allí. Una oleada de murmullos y bufidos recorrió el salón.
Mi plan perfecto se desmoronaba en mi cabeza.
Bueno, abogado, ¿vas mentalizado para dormir en una cama supletoria esta noche? bromeó Beatriz, con tono irónico.
Mi profesión no prepara para estas aventuras respondí con una sonrisa torcida. ¿Y tú?
Siempre llevo libro y cargador a todos lados. Estoy lista para cualquier catástrofe y volvió a sonreír.
Sin disfraces ni planes que cumplir, esa noche fue realmente diferente. Hablamos como dos personas cualquiera, sin etiquetas ni expectativas.
Beatriz adoraba el cine clásico español en blanco y negro; yo, por costumbre, nunca los había soportado, pero acepté ver uno si ella me explicaba su encanto. Le confesé que a veces soñaba con dejarlo todo y montar una pequeña cafetería, ella compartió que pintaba acuarelas y que jamás había enseñado sus cuadros a nadie.
Nos sentamos en una esquina, ignorando el bullicio, y bebimos té caliente que ella había traído en un termo, en lugar del cava. Me habló de su gata, que perseguía copos de nieve en el alféizar de su piso en Chamberí, y yo le conté cómo mi abuela me enseñó a preparar rosquillas de anís cada invierno.
Cuando el reloj marcó la medianoche, nadie gritó ¡Feliz año!. Simplemente cruzamos una mirada.
Feliz año, Antonio susurró Beatriz.
Feliz año, Beatriz contesté yo.
Dormimos no en habitaciones lujosas, sino en dos camas plegables que habían preparado en la sala común. Nos quedamos charlando en voz baja hasta la madrugada, mientras la nevada se apaciguaba poco a poco al otro lado de la ventana.
A la mañana siguiente, cuando despejaron la carretera, salimos juntos al exterior. Todo era blanco, silencioso y parecía nuevo. El sol hacía que el hielo reluciese como si fuera una promesa.
¿Y ahora, a dónde vas? pregunté.
A la parada de autobús dijo ella.
Puedo acercarte en coche, si quieres.
Beatriz me miró divertida.
¿Y si prefiero caminar un rato por este Madrid dormido y silencioso? Me apetece perderme un poco en esta paz.
Lo entendí. Aquella noche no fue casualidad. Fue el principio de algo verdadero.
En ese caso, voy contigo dije convencido.
Y comenzamos a andar juntos por la senda que abría el primer día del nuevo año, dejando tras nosotros huellas en la nieve que señalaban hacia un futuro desconocido, pero lleno de esperanza.
De todo aquello me queda una lección: a veces, perder los planes es la única manera de encontrarse.







