Mónica se había mudado lejos de sus padres, a otra ciudad. Allí estudió para poder formarse y labrarse un futuro. Al terminar la carrera, conoció a un hombre y se casó con él. Su hermana, Carmen, permaneció en la casa familiar. Carmen, por su parte, ya se había casado y divorciado dos veces. De aquellos matrimonios le quedaron dos hijos.
Mónica y su marido vivían en un piso que él había heredado de su abuela en Valladolid. Al principio no fue sencillo; muchas veces apenas les llegaba el dinero y además tenían que cuidar de una niña pequeña. Pero, con el paso del tiempo, las cosas fueron mejorando. Consiguieron ahorrar y compraron un piso de dos habitaciones. Lo reformaron con mucho esfuerzo y, para ayudar con los gastos, lo pusieron en alquiler.
Pasaron los años. Su hija, Pilar, creció y empezó sus estudios en la Facultad de Medicina. Mónica y su marido tenían la idea de entregar ese piso que alquilaban a Pilar cuando ella formara su propia familia.
Por otro lado, la hija de Carmen, Lucía, fue aceptada en la universidad de Salamanca. Carmen y sus padres empezaron a pedirle a Mónica que, por favor, dejaran que Lucía viviese temporalmente en el piso que alquilaban, hasta que ella pudiera encontrar un lugar mejor.
Mónica, incapaz de decirle que no a su hermana, aceptó. Lucía empezó a estudiar y, al poco tiempo, encontró un trabajo de camarera en una cafetería céntrica. No pasó mucho hasta que se enamoró de un joven llamado Sergio, quien, a los seis meses, le pidió matrimonio. Además, Lucía se quedó embarazada.
En ese momento, Mónica tuvo que hablar sinceramente con Carmen: “Si Lucía va a formar una familia, tendrá que buscarse otro lugar donde vivir”, le dijo. Sergio y Lucía prometieron que se mudarían en cuanto les fuese posible. Un mes después, Lucía llamó a su tía y le pidió quedarse un poco más, asegurando que tras la boda se irían.
Mientras tanto, Pilar, la hija de Mónica, también había encontrado pareja, pero ella y su madre no se atrevían a pedirle el piso a Lucía, considerando su embarazo.
Celebraron la boda. Lucía tuvo a su bebé y, pasados los festejos, Mónica les recordó que era momento de buscar un nuevo piso, ya que aquel era para Pilar, quien además también pensaba casarse en breve. Pero Lucía seguía poniendo excusas: que no había pisos asequibles en euros, que el niño estaba con fiebre, siempre algo nuevo. Finalmente, cambió de número de móvil y no abría la puerta a nadie. Incluso el marido de Mónica fue a intentar hablar, pero después Carmen aseguró que a raíz de aquella visita, Lucía había perdido la leche materna por el disgusto.
Mónica y su esposo, al límite de la paciencia, acabaron echando a la familia de Lucía del piso en medio de un gran escándalo. Durante más de dos años, nadie de la familia quiso hablar con Mónica, y la acusaban de falta de corazón por dejar a una sobrina y su bebé en la calle.







