Misticismo en la Tradición Española: Explorando lo Oculto y lo Sagrado

Mística

A la mañana siguiente, Luz despertó con fiebre y temblores. Apenas había sido la noche anterior cuando, con el corazón encogido, había visitado el cementerio de la localidad de Ávila. Su marido, Ramón, le había pedido que limpiara la tumba de su abuela. Mientras él buscaba la sepultura exacta, Begoña percibió una bandada de cuervos posados sobre una verja oxidada. Como si una mirada penetrante la atravesara, la mujer giró la cabeza hacia el monumento metálico. En la foto en blanco y negro colgada sobre él, una anciana cubría su cabeza con un pañuelo.

De pronto, una voz masculina, dura y autoritaria, resonó entre los ladrillos: ¿Qué estás mirando? ¡Arréglalo ya!

Confundida, Begoña se agachó y empezó a barrer la lápida ajena. Pero la extrañeza no acabó allí. Cuando Ramón encontró la tumba de su abuela, les pareció que el viejo monumento había sido sustituido por uno de mármol blanco. La foto, también, había cambiado: en lugar de la anciana, ahora mostraba a una joven de sonrisa desencajada.

¡No entiendo nada! exclamó Ramón, atónito. ¿Quién podría haberlo hecho? No quedan parientes vivos; todos están enterrados aquí.

Yo tampoco sé cómo ha ocurrido respondió, entrecortada, Luz.

***

Los brazos de Begoña dolían como si le quemaran. Pero lo que más la consumía era la incógnita de quién había reemplazado el monumento de la querida abuela de Ramón.

¿Será una alucinación o brujería? le preguntó al marido.

Ve al médico le aconsejó Santiago, el doctor de guardia. Yo mismo no entiendo lo del monumento.

En el hospital, la historia de Luz tomó un giro más dramático. El cirujano le recetó inyecciones en las articulaciones, a lo que ella se negó rotundamente. La radiografía no mostró nada, y la enfermera le entregó una receta para comprar pomadas y analgésicos en la farmacia. Además del dolor en los brazos, empezó a sentir debilidad y una presión arterial que caía como la marea. Begoña estaba convencida de que en su cuerpo ya no quedaba ni un solo órgano sano. Días se sucedieron y los médicos no hallaron causa alguna; la joven se preparó, en su interior, para la muerte.

Una tarde, su vecina del edificio, Doña Pilar, entró a su apartamento pidiendo sal y se quedó paralizada al verla.

¡Hija, qué te ha pasado! exclamó la anciana. Te ves muy enferma.

Luz, con voz que parecía venir de la nada, le contó el episodio del grito masculino que le mandó a limpiar la tumba ajena y el monumento que se había transformado de golpe.

¿Un voz, dices? ¿El monumento y la foto cambiaron? refunfuñó Doña Pilar, pensativa. Eso lo hace el guardián del cementerio; se lleva las dolencias de los vivos y las entrega a los muertos. Tal vez haya cobrado un favor o, peor aún, un precio.

¿Cómo? sollozó Luz.

¡Magia negra! exclamó la vecina. Lo mejor es que vayas a confesarte.

La iglesia no alivió la aflicción de Luz. Un año entero padeció esa extraña enfermedad, perdió el empleo y apenas podía desplazarse por su propio piso. Tras la Semana Santa, en el Día de los Difuntos, Ramón la invitó a rezar por los seres queridos que ya no estaban.

¿Puedes intentarlo? le preguntó.

Lo intentaré respondió ella, con la voz quebrada.

¡Eres tú, el guardián del cementerio! sollozó la enferma. ¡Acepta mi ofrenda! No quiero morir; tengo hijos, tengo marido. ¡Devuélveme lo que has tomado!

Luz estalló en llanto. Parecía que todos los difuntos la observaban, una mujer enjuta y desdichada. En el rostro del anciano en la foto se dibujó una chispa de compasión.

¡Llévate el dinero! susurró una voz en los oídos de Luz. Vete con Dios. Quien te haya contratado recibirá su merecido.

¿Por qué lloras en la tumba ajena? se oyó al otro lado la voz agitada de Ramón. ¡Vámonos!

El monumento de la abuela volvió a su estado original. En la foto ahora aparecía la anciana con el rostro sombrío, como siempre.

¡Madre mía! gritó Ramón, horrorizado.

¡Yo quiero vivir! vociferó de nuevo Begoña. ¡Guardián, protégeme!

***

A la madrugada siguiente, Luz se levantó completamente sana. En su cabeza revoloteaban los recuerdos del día anterior. Empapada de sospechas, comprendió quién había provocado la desgracia: la hermana de Ramón, Marta, que desde el primer encuentro la había despreciado, enfermó súbitamente y falleció pocos meses después. Aun así, la lógica le resultaba difícil de aceptar, pero el silencio del cementerio ya no guardaba más secretos.

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