Julia Martínez se volvió, observando a la mujer desconocida que la llamaba. La calle empedrada de Toledo brillaba bajo la lluvia reciente.
—¿Carmen? ¡Carmen López! ¡No puede ser! —exclamó al reconocer los ojos verdes que tantas tardes compartieron en el colegio público Cervantes.
La recién llegada resbaló levemente al acercarse. Julia la sostuvo, notando el perfume a azahar y el vestido que costaría más que el sueldo de un mes.
—Pasaba por el barrio y te vi salir del trabajo. ¡Qué casualidad! ¿Sigues dando clases en primaria?
—Sí, en el mismo colegio. ¿Y tú? Te fuiste a Madrid como una flecha después del instituto…
Carmen esbozó una sonrisa enigmática. Charlaron brevemente hasta que Julia, movida por la nostalgia, la invitó a su piso en el centro.
—Mañana viene la cuadrilla de Borja. ¿Te animas?
—No quiero molestar…
—¡Tonterías! Éramos uña y carne. Mira, aquí la dirección.
Al llegar a casa, Julia comentó el encuentro mientras pelaban gambas para la cena.
—¿Carmen López? ¿La que montaba en tu bici cuando vivíamos en el barrio de Santa María? —Borja frunció el ceño—. ¿Qué hace aquí?
La fiesta comenzó con risas y tapas. Los amigos admiraban las fotos del viaje a Salamanca hasta que sonó el timbre.
—¡Hola, preciosos! —Carmen irrumpió con un vestido rojo ceñido, dejando su abrigo de piel en manos temblorosas de Julia—. ¡Qué encanto de hogar!
Borja palideció. Los invitados cuchicheaban mientras Carmen, entre anécdotas “graciosas” de adolescencia, dejaba caer:
—¿Recuerdas cuando Julia lloró porque suspendió matemáticas? ¡Pobrecilla, siempre tan sensible!
Julia huyó a la cocina. Al asomarse al balcón, escuchó:
—Llevo años esperando. O me consigues un ático en La Latina o le cuento lo del dinero que me das desde que nació “nuestro hijo”…
—¿Cinco años pagando por un fantasma? —Julia enfrentó a ambos con voz glacial—. Borja, ¿sabías que las fotos que te envía son de un actor de Verano Azul?
Carmen soltó una carcajada.
—¡Ingenua! Él me eligió a mí primero. Los 500 euros mensuales eran por cariño, ¿no, Borjita?
—Basta. —Julia abrió la puerta calle—. Si vuelves a acercarte, denuncio el chantaje. Y tú —miró a su marido—, mañana cerramos cuentas.
Al quedarse solos, Borja intentó abrazarla:
—Perdóname. Tenía miedo de perderte…
—El miedo hace estúpidos hasta a los listos —susurró ella, secándose una lágrima—. Pero por los niños…
Mientras recogían vasos rotos, el eco de sevillanas mezclado con risas infantiles les recordó que, pese a todo, seguían siendo equipo.







