Siempre he sentido que mis padres no me trataron con justicia. Si empiezo por mi infancia, prácticamente fui criada por mi abuela, ya que mis padres tenían que trabajar mucho para sacarnos adelante. Recuerdo cómo me dejaban en casa de mi abuela cada vez que se iban a cumplir con sus obligaciones. Para ser sincera, fue mi abuela quien realmente me educó y le estaré eternamente agradecida.
Ahora tengo mis propias hijas, Carmen y Lucía. Mi marido y yo trabajamos en dos empleos diferentes para poder ahorrar y comprar un piso propio. Al principio fue muy complicado, pero mis padres se ofrecieron a echarnos una mano. Se encargaron de llevar y recoger a las niñas de la guardería, las llevaban a diferentes actividades y pasaban mucho tiempo con ellas.
En resumen, cuidaron de nuestras hijas mientras nosotros trabajábamos sin descanso. Comprendían nuestra situación y estaban dispuestos a ayudarnos en lo que necesitaramos. Sin embargo, un día mi madre vino a hablar conmigo y me contó que tenían pensado alquilar su piso y mudarse a un pueblo bastante alejado de Madrid. Aquello me sentó fatal, porque nos pillaba muy lejos. Mamá, por favor, ¿podrías esperar unos meses antes de mudarte? Estamos a punto de ahorrar lo necesario para nuestro piso. Si te vas ahora, tendré que dejar el trabajo y no podremos comprar la casa este año, le supliqué.
Su respuesta me sorprendió muchísimo: No nos quedamos aquí por ti. Queremos marcharnos, y así lo vamos a hacer. Pero tienes que aprender a cuidar de tus hijas tú sola. Siempre dependes de los demás. Nosotros no tenemos la obligación de ayudarte, me contestó mi madre. Me quedé helada, me sentí herida, pero intenté controlarme. No creía que quedándose unos pocos meses más les cambiara la vida, así que no insistí. Comprendí que no era cuestión de que quisieran más o menos a mis hijas, simplemente era momento de dejarles su espacio. No puedo ni debo obligarles a nada.
Pese a todo, mi marido y yo siempre hemos sabido afrontar la vida con valentía y resolver nuestras dificultades por nuestra cuenta. Aprendí que cada generación tiene que labrar su propio camino, y que la gratitud y el cariño nunca deben convertirse en exigencias. Al final, uno debe aprender a apoyarse en sí mismo y valorar el esfuerzo que los demás han hecho hasta donde han podido.




