Mis padres nunca me consideraron realmente su hija, porque pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela. Y ahora, ni siquiera puedo disfrutar de un solo día con mis propios nietos.

Siempre he sentido que mis padres me trataban de manera injusta. Recuerdo mi infancia como una ensoñación difusa, casi etérea, en la que pasaba la mayor parte del tiempo en casa de mi abuela Pilar, porque mis padres, ocupados incansablemente, recorrían las calles de Madrid en busca de pesetas suficientes para sostenernos. Como si flotaran lejos de mí, me dejaban cada día con la abuela Pilar antes de irse a sus faenas. Para ser sincera, fue ella quien realmente me crió, y le estoy agradecida con un cariño inexplicable, como si los jardines de su balcón estuvieran tejidos de recuerdos protegidos.

Ahora, transito yo misma la senda de la maternidad y tengo dos hijas: Lucía y Jimena. Mi marido Sergio y yo trabajamos en dos lugares distintos, como si fuéramos acróbatas en un circo de sueños imposibles, para poder ahorrar para nuestro propio ático en Lavapiés. Al inicio, todo era cuesta arriba, como escalar la Sagrada Familia sin escalera, pero mis padres pronto ofrecieron su ayuda; llevaban a las niñas a la guardería, las recogían entre sus brazos perfumados de colonia de flores, las llevaban a espectáculos de marionetas en El Retiro, y compartían tardes enteras de meriendas de chocolate y roscón de Reyes.

En resumen, sostenían la infancia de nuestras hijas mientras nosotros perseguíamos el eco del trabajo. Sabían leer nuestras miradas cansadas y siempre parecían listos para auxiliarnos. Pero uno de esos días en los que la lógica de las cosas se disuelve, mi madre vino a verme y anunció, en un tono sorprendentemente sereno, que pensaban alquilar el piso y marcharse a un pueblo perdido entre los olivares de Castilla-La Mancha. Estaba tan lejos que parecía un espejismo en mitad de campo de trigo, y la noticia me martilleó por dentro. Mamá, por favor, ¿podéis esperar unos meses antes de iros? Ya casi hemos reunido los euros necesarios para el apartamento. Si os vais ahora, tendré que dejar uno de los trabajos y este año no podremos mudarnos, supliqué con voz de alguien que teme despertar.

La respuesta de ella me llegó como una neblina inesperada al amanecer: No nos quedamos aquí por ti. Queremos irnos y así lo haremos. Tendrás que cuidar sola de tus hijas. Siempre te apoyas demasiado en los demás. No estamos obligados a ayudarte. Me estremeció su frialdad, sentí un aguijón de dolor en el pecho, pero mantuve la compostura como si caminara sobre adoquines mojados. Comprendí en ese instante, como se entienden las paradojas de los sueños, que unos meses más no cambiarían el pulso de la vida de mis padres; no les movía ya el deseo de acompañar a mis hijas, y nada podía forzar aquello. Sergio y yo estamos acostumbrados a enfrentar las tormentas solos, como molinos que desafían el viento en las tierras de Don Quijote, y a seguir avanzando, pese a todo, a nuestro propio ritmo, entre realidad y deseo.

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MagistrUm
Mis padres nunca me consideraron realmente su hija, porque pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela. Y ahora, ni siquiera puedo disfrutar de un solo día con mis propios nietos.