Te cuento que soy hija única, aunque siempre decían que fui muy deseada, la verdad es que nunca me sentí muy querida en casa. Cuando tenía 23 años y estaba ya de cinco meses de embarazo, empecé a dudar hasta de si realmente era hija biológica de mis padres. Mis padres ya tienen más de setenta años y la verdad es que nuestra situación económica siempre ha sido un desastre. Vivimos en un piso de alquiler en un barrio de las afueras de Madrid, y nos las vemos y deseamos para llegar a final de mes. Mi marido y yo seguimos en la universidad y además trabajamos, pero ni con eso nos da para todo. Por dos veces ya casi nos han echado del piso por no pagar el alquiler y hemos tenido que pedir dinero prestado a amigos para sobrevivir. Estamos hasta arriba de deudas, a veces ni para la comida nos alcanza, siempre ahogados por el dinero. Mis padres a veces nos ayudan con algo de comida, eso sí.
Ellos siempre querían que nos casáramos pronto, así que el año pasado, y casi sin pensarlo, fuimos al registro civil a firmar y ya está. Y justo entonces es cuando mis padres empezaron a dar la matraca con que ya querían nietos.
Mi madre no paraba de repetirme que tenía que ser madre ya, que si no acabaría como ella, teniendo una hija tan tarde. Pero nosotros no nos veíamos con fuerzas ni estabilidad para traer un niño al mundo, sobre todo con la que estaba cayendo en casa. Y ahí fue cuando mis padres vinieron con una propuesta tentadora: si yo tenía un hijo, nos darían una buena suma de dinero, suficiente para comprar una casita en algún pueblo de Castilla. La idea era que ellos se irían a vivir al pueblo y nos dejarían su piso en la ciudad. Lo pensamos y nos parecía el plan más sensato. Por fin podríamos tener casa propia y el resto del dinero nos vendría genial para cubrir gastos. Mi madre incluso me aseguró que se encargaría del bebé y podría seguir estudiando sin problemas.
También nos prometieron que nos ayudarían económicamente y comprarían todo lo necesario tanto para mí como para el peque. Pero al final, no cumplieron nada de lo que prometieron. De hecho, ni siquiera compraron unos pañales. Durante el embarazo, mi madre es verdad que llamaba a ver cómo iban los preparativos, pero yo no tenía un céntimo y ni siquiera podía comprarle a la niña ni la ropita básica. Hasta me sugirió que mi marido se buscara un tercer trabajo para cubrir todos los gastos. Yo le recordaba una y otra vez que prometieron ayudarnos, pero ella negaba haber dicho nada y me criticaba por inconsciente y por no saber tomar decisiones.
Cuando por fin nació mi hija, mis padres volvieron a sacar el tema del dinero, pero mi marido y yo ya habíamos decidido que lo mejor era comprarnos un piso por nuestra cuenta, porque vimos clarísimo que nunca podríamos depender de ellos. La vida no nos lo está poniendo fácil, pero por lo menos todo lo que tenemos es fruto de nuestro esfuerzo.





