Mira, te quiero contar algo muy personal, como si lo estuviera recordando tomando un café contigo en el salón de casa. Mi madre, Carmen, era guapísima. Digo era porque, desgraciadamente, hace seis meses nos dejó, apenas dos semanas después de que se fuera mi padre, Javier. Y, aunque los dos tenían ya bastante más de ochenta, siento que no fue suficiente tiempo… Porque, ¿cómo va a ser suficiente si eran mis padres, mis papá y mamá? Eso nunca basta.
Pues bien, te decía que mi madre era un bellezón. No es que lo diga solo por ser su hijo, es que, como hombre, sé reconocerlo. Y mi padre no se cansaba de repetirlo toda la vida. Incluso en los momentos en que mi madre se enfadaba conmigoya fuera por sacar malas notas en el instituto o por alguna trastadaera mi padre el que venía después, se sentaba a mi lado soltando un suspiro largo, se quedaba un rato en silencio y, al final, rompía ese silencio con su frase típica:
Bueno, hijo, no te lo tomes a mal con mamá… Vale, te ha gritado, te ha regañado, pero tampoco nosotros somos unos santos, ¿eh? Además, tu madre es una niña… Y los dos la necesitamos como el aire. ¿Por qué no vas y le pides perdón?
Yo, claro, me encendía por dentro, dispuesto a defenderme y soltarle algo, pero mi padre, viendo que iba a explotar, levantaba la mano delante de mi boca y me cortaba serio, pero con cariño:
Ni se te ocurra decirme nada malo sobre mi mujer…
Y yo me desinflaba, porque también le quería mucho. A los dos. Y es que sabía cómo acabaron juntos, porque ambos me lo contaron por separado, pero siempre diciéndome que no se lo contara al otro.
Mi madre estudiaba en la Universidad Complutense, primer año. Tenía planes de casarse con un tal Eusebio. Un día, Eusebio fue a una cita con ella, pero se llevó a su amigo Lorenzo porque acababa de llegar a Madrid y no tenía ni idea de qué hacer solo por la ciudad. Así que ahí estaban los tres de paseo. Fueron al Retiro, después vieron una película divertidísima sentados en el muro detrás de un cine de verano porque así se ahorraban la entradaque ese truco lo pensó mi padre, si no Eusebio ni lo hubiera pensado. Y fue Lorenzo, mi futuro padre, quien le ayudó a subirse encima del muro porque ya era fuerte y grandote, no como Eusebio, al que ni conocí, pero fíjate que tengo la sensación de que le daba un poco igual.
Eusebio intentó impresionar a mi madre toda la velada leyendo poemas y hablando de que juntos serían muy felices cuando terminaran la carrera. Mi padre, en cambio, se quedó callado, siempre atento y, según contaba mi madre, resoplando de vez en cuando, pero callado.
Al despedirse, mi padre le cogió la mano a mi madre con esa energía suya, y le dijo:
¡Carmen! No le necesitas. Cásate conmigo.
Mi madre se quedó en shock y, sin pensar, preguntó:
¿Cuándo?
Y mi padre, más decidido que nunca, contestó:
Mañana…
Y para rematar, añadió:
Vamos a tener un hijo y le vamos a querer con locura. Y eso hará que nos queramos todavía más tú y yo. Y le llamaremos Álvaro, como un auténtico caballero medieval…
Mi madre, ni corta ni perezosa, dijo:
Vale.
Y se casaron. Eusebio fue al enlacecomo testigo, ni más ni menos.
Después, mis padres terminaron la carrera y los destinaron a León, porque ambos eran topógrafos-geólogos. Allí, en los Picos de Europa, les dieron, por fin, su primer piso. Bueno, era un trastero del centro cultural del pueblo, que el jefe de la mina les mandó acondicionar, porque hacía falta espacio para los jóvenes especialistas que tanto costaba encontrar.
Y al cabo de los meses, llegué yo, Álvaro, el hijo tan esperado. Cumplieron su promesa y me quisieron con toda el alma, como mi padre le prometió a mi madre aquel día.
Mi padre consiguió que le prestaran un caballo viejo, la buena de Doña Margarita, para venir a por mi madre y a por mí al hospital. Cuando llegamos los tres a nuestro pequeño piso-trastero, nos esperaba en la puerta Eusebio, sujetando una bañerita de zinc para bebés que había conseguido de sabe Dios dónde. Esa bañera fue, durante meses, mi cama y mi lugar de baño. Mi madre metía una almohada enorme, regalo de su madre, y me tapaba con una sábana fina para dormir. Cuando tocaba bañarme, trasladaba la almohada a su cama y la bañera servía su propósito. Recuerdo que mi padre salía del trabajo corriendo para no perderse mi baño; él me sujetaba la cabecita mientras mi madre me lavaba como si fuera un noble caballeroasí lo contaba ella, entre bromas.
Al final, noble no salí, pero de geólogo sigo tirando, igual que ellos.
Lo más curioso es que mi mujer, Lucía, también es geóloga. Nos conocimos en la Empresa, recién salidos de la Autónoma. Mi madre la adoró desde el minuto uno, y mi padre igual. Cada vez que venían de visita, mi padre y yo salíamos a la terraza a fumar y me soltaba:
Mira, Álvaro, yo en la vida he tenido suerte dos veces: la primera, con tu madre, y la segunda, cuando tú conociste a Lucía. Cuídala mucho, que, como tu madre, es una niña.
Mi padre se fue una noche, de repente. Y a mi madre ese mismo instante le cambió la mirada; notó que ya no estaba. Tras la muerte de mi padre, mi madre empezó a apagarse rápido, a olvidarse de muchas cosas. Por ejemplo, dejó de recordar que mi padre se había ido. Incluso cuando se mudó a casa con nosotros, seguía sentada junto a la ventana, esperando a que volviera de trabajar. Y hasta el último día, seguía preparando sus famosas albóndigas picadas, como le gustaban a Javi…





