Mis padres me organizaron el matrimonio, ¡pero yo solo soñaba con una vida mejor!

Mira, te cuento… Yo crecí en un pueblo pequeño de Castilla, en una familia enorme: era la segunda mayor de diez hermanos. Desde pequeñita me tocó arrimar el hombro en casa, con todo lo que suponía: cocinar cada día, lavar la ropa a mano en el lavadero, cuidar de los hermanos más chicos, trabajar en la huerta y echar una mano con los animales. Acababa tan reventada que muchas noches me quedaba dormida nada más rozar la almohada.

Cuando cumplí los dieciocho, mis padres empezaron a meterme prisa para casarme, diciéndome que ya era otra boca que alimentar y que así aligeraban la carga en casa. Sin pedera mi opinión, me buscaron un marido, un tal Javier, que tenía veintisiete años y vivía en Valladolid con su abuela, que estaba en silla de ruedas. Después de la boda me mudé con ellos, y sinceramente, sentí que mi vida no cambiaba en nada, solo que ahora en vez de cuidar a mis hermanos, tenía que cuidar de su abuela.

Javier era el que traía el dinero a casa, pero el tío no hacía más que gritarme, insultarme y tratarme fatal, sin motivo alguno. Después de medio año, su abuela falleció y nos quedamos solos él y yo. Al poco tuvimos dos hijos, una niña y un niño. Mi hija siempre fue un sol conmigo, pero el niño, con el tiempo, empezó a comportarse igual de desagradable que su padre.

Entre tanto, descubrí una afición viendo la televisión: hacer velas artesanales. Me animé y monté un pequeño negocio en casa, comprando lo justo con lo poco que pude ahorrar. Javier no paraba de burlarse de mi idea, pero mira tú por dónde, las velas empezaron a gustar y hasta empecé a ganar unos eurillos por mi cuenta.

Pasaban los años, los niños crecieron, mi hija seguía siendo mi mayor apoyo, y mi hijo seguía el mismo camino que Javier, despreciándome. Mi negocio iba tan bien que pude ir guardando algo de dinero. Un día, cuando Javier se rió de mí por comprarme una simple falda de mercadillo, se me abrió la luz; ya estaba harta.

Para entonces mis hijos ya rondaban los treinta años y yo aún no había cumplido cincuenta. Así que saqué las cuentas, busqué un piso pequeño de alquiler, le pedí el divorcio a Javier y le di puerta, mientras seguía currando en mis velas. Solo quería vivir tranquila, sin malos tratos, y mira, lo hice sin rencor, solo deseando una vida mejor.

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Mis padres me organizaron el matrimonio, ¡pero yo solo soñaba con una vida mejor!