Mis padres me obligaron a abortar para evitar la vergüenza familiar. No les importó que después los médicos me diagnosticaran infertilidad. Sin embargo, el destino acabó castigando duramente a mi padre.

Era joven cuando conocí a ese sinvergüenza. Me trataba de maravilla, me cubría de halagos y se comportaba como el hombre perfecto. Sin embargo, en cuanto obtuvo lo que quería, desapareció de mi vida sin dejar rastro. Nuestra ruptura me destrozó, pero en aquel momento ni siquiera sospechaba las consecuencias de nuestros encuentros. Me quedé perplejo cuando supe que estaba embarazada. Al principio no se lo conté a nadie. Sin embargo, sabiendo que era imposible ocultar el embarazo por mucho más tiempo, especialmente al estar ya en el cuarto mes, tomé la difícil decisión de hablar con mi madre. Ella, sin vacilar, se lo comunicó enseguida a mi padre. De él solo recibí reproches y palabras hirientes.

Movidos por el temor al qué dirán y a la vergüenza, mis padres me convencieron para que interrumpiese el embarazo, pese al riesgo que suponía para mi salud. Acepté a regañadientes y, en los días siguientes, lloré amargamente lleno de un dolor inmenso, sintiendo que había traicionado a mi propio hijo. Todavía sigo pidiendo el perdón de Dios por lo sucedido. Sentí que mi vida se detenía. Llegué a desear la muerte. Mis padres, mientras tanto, permanecían impasibles, preocupados únicamente por mantener intacta la reputación familiar.

Tomé entonces la determinación de huir de su casa. Lo logré dos años después. Terminé la carrera y logré construirme una vida profesional exitosa.

Con el tiempo alcancé todos aquellos sueños que en el pasado creía inalcanzables. Pero hubo algo que no pude comprar, ni con todo el dinero del mundo: formar una familia propia. Ese era el único aspecto que me faltaba. Hace tiempo que perdí la capacidad de ser madre. Salía con hombres, llegué a recibir propuestas de matrimonio, pero, cada vez que se enteraban de mi infertilidad, desaparecían sin decir una palabra. Toda la culpa de esto la tienen mis padres. Fueron ellos quienes me quitaron la posibilidad de conocer la felicidad de la maternidad. Nunca quise volver a tener contacto con ellos, ni siquiera verles de lejos. Cuando mi padre sufrió un infarto y mi madre me suplicó que cuidara de él, me negué. Me habían traicionado. Para acallar mi conciencia, cada mes les envío algo de dinero, unos euros. Opino que los padres están para apoyar siempre a sus hijos, nunca para darles la espalda cuando más los necesitan. Mis padres ni siquiera supieron ver el daño que me estaban haciendo.

A día de hoy, tengo claro que no hay peor dolor que el causado por la indiferencia de la familia, y nunca permitiría que mis errores perjudicasen a quienes amo.

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MagistrUm
Mis padres me obligaron a abortar para evitar la vergüenza familiar. No les importó que después los médicos me diagnosticaran infertilidad. Sin embargo, el destino acabó castigando duramente a mi padre.