Te cuento algo que todavía me pesa Yo era muy joven cuando conocí a ese canalla. Me trató de maravilla, siempre regalando piropos y haciendo todo lo que una chica podría soñar. Era como el hombre perfecto, vamos. Pero cuando consiguió lo que quería, desapareció sin decir siquiera un adiós. Me rompió el alma la ruptura, pero en aquel momento ni imaginaba las verdaderas consecuencias de todo aquello. No te puedes hacer una idea del shock que tuve cuando supe que me había quedado embarazada.
Al principio, claro, no le conté nada a nadie. Pero ya en el cuarto mes, era imposible seguir ocultándolo. Al final, reuní el valor, y se lo confesé a mi madre. Ella, sin dudarlo ni un segundo, fue corriendo a decírselo a papá. ¿Y sabes qué obtuve de él? Sólo reproches y insultos.
Mis padres, muertos de miedo al qué dirán, sólo pensaban en la vergüenza. Me presionaron para que interrumpiera el embarazo, a pesar del riesgo que suponía para mí. Al final, acabé cediendo, pero lo hice sin querer, y durante muchos días lloré amargamente, sintiéndome culpable y traicionando a mi propio hijo. Todavía busco el perdón de Dios por aquello. Fue como si todo se detuviera para mí. Quise desaparecer del mundo. Y mis padres, mientras tanto, ni se inmutaban; lo único que les importaba era mantener su buena imagen en el barrio.
No pude aguantarlo y, en cuanto pude, me escapé de casa. Tardé dos años en lograrlo, pero acabé la carrera y me construí una buena vida laboral en Madrid. Logré todo aquello con lo que antes sólo podía soñar. Tenía dinero, éxito, independencia, ganaba mi propio sueldo en euros. Pero había algo que ni el dinero podía comprar: una familia propia. Ya era una herida que no se podía cerrar, porque desde entonces no podía ser madre.
Intenté rehacer mi vida, conocí a varios hombres, alguno incluso me propuso matrimonio, pero cada vez que se enteraban de que no podía tener hijos, desaparecían. Todo esto es culpa de mis padres, que me robaron la posibilidad de ser madre y vivir esa felicidad. Decidí que no quería saber nada más de ellos, ni volver a verlos siquiera.
Cuando mi padre tuvo un infarto y mi madre me suplicó que les ayudara, le dije que no. Es que me habían fallado demasiado. Lo único que hago ahora por ellos es enviarles algo de dinero cada mes, para que la conciencia me deje tranquila. Yo siempre he pensado que los padres están para apoyar a sus hijos, no para darles la espalda cuando más los necesitan. Lo peor es que ellos ni se dieron cuenta de todo el daño que me hicieron.




