Mis padres: la historia de mi madre, que siempre fue guapa, y de mi padre, incansable en recordármel…

Mis padres

Mi madre era una mujer hermosa. Digo “era”, porque hace medio año falleció, sobreviviendo a mi padre apenas dos semanas. Aunque los dos tenían ya más de ochenta años, la verdad es que siento que su tiempo juntos fue demasiado breve. Porque, al fin y al cabo, eran mi padre y mi madre.

En fin mi madre siempre fue guapísima. Lo sé porque, aunque era su hijo, también soy hombre. Y mi padre no paraba de recordármelo a lo largo de su vida. Incluso cuando mi madre se enfadaba conmigo por alguna mala nota en el colegio o por cualquier travesura, mi padre venía a mi cuarto, suspiraba con pesar, se sentaba junto a mí, juntaba las manos entre las rodillas como yo, y después de un buen rato en silencio, terminaba nuestra conversación muda con estas palabras:

Hijo, no te lo tomes a mal con tu madre Sí, te ha reñido, sí, te ha regañado, pero ni tú ni yo somos unos santos, y ella ella sigue siendo una chica. Y los dos la necesitamos como el aire. Ve, pídele perdón.

Entonces yo, ¡yo! llenaba los pulmones de aire dispuesto a gritar, con los ojos encendidos de rabia mirando a mi padre. Pero él, anticipando mi reacción, alargaba la mano hacia mí con la palma abierta, como si intentase taparme la boca, y decía con voz contenida aunque firme:

¡Y ni se te ocurra decirme algo malo de mi mujer!

Y yo me callaba y no me atrevía. Porque adoraba a mi padre. Y también a mi madre. Muchísimo.

Y eso era porque sabía cómo se conocieron. Papá me lo había contado en secreto. Y mamá también, “en secreto”, aunque solo para que él no lo supiera.

Mi madre estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid. Estaba en primero y pensaba casarse con un tal Enrique. Un día, Enrique fue a una cita con mi madre y se llevó a su amigo Alfonso, que acababa de llegar a la capital y no sabía qué hacer solo por la ciudad. Así que Enrique lo invitó para pasar juntos la velada Es decir, a la cita con la que ya era casi su prometida.

Enrique presentó a Alfonso a la que sería mi futura madre. Como habréis adivinado, Alfonso era mi, por entonces, futuro padre.

Pasaron la tarde juntos los tres. Pasearon por El Retiro, se metieron de estrangis en la azotea de un cine de verano para evitar pagar entrada y vieron una película cómica que, según contaba mi padre, era desternillante. La idea de subirse al tejado, claro, fue de mi padre Enrique solo jamás lo hubiera hecho y fue Alfonso quien subió a mi madre con él, porque ya entonces era fuerte y corpulento. No como ese tal Enrique, a quien nunca conocí, pero siempre imaginé débilucho, nada que ver con mi padre.

Enrique toda la noche hacía bromas, recitaba poemas y hablaba de cómo sería su vida junto a mi madre al terminar la carrera. Mi padre escuchaba en silencio y resoplaba, como decía mi madre. Pero cuando ya se despedían, mi padre tomó la pequeña manita de mi madre entre las suyas grandes y cálidas y dijo:

Pilar, él no te conviene. Cásate conmigo.

Mi madre se asustó y respondió de inmediato:

¿Cuándo?

Mi padre imagino que muy serio sin vacilar respondió:

Mañana mismo.

Y, para rematar, añadió:

Tendremos un hijo, y los dos lo querremos muchísimo. Y por eso nos querremos todavía más el uno al otro. Lo llamaremos Javier, como el santo patrón de Navarra…

Vale dijo mi madre enseguida, y se casaron.

Enrique fue al enlace como testigo del novio.

Después, mis padres terminaron la universidad y se marcharon juntos a León, porque en sus títulos ponía geólogo-geodesta. Allí, en la montaña, les dieron su primer piso, que el jefe de la mina mandó habilitarles a partir de un viejo trastero del club local, lleno hasta arriba de cachivaches.

Al poco tiempo, nació el esperado Javier. Es decir, yo. Y me quisieron, los dos, muchísimo, tal como prometió papá a mamá.

Mi padre consiguió en la vaquería una vieja yegua a la que llamaban Señora María para venir a buscar a mamá y a mí al hospital.

Cuando los tres llegábamos a nuestro trastero esto lo contaba papá, vimos que en la puerta del club estaba Enrique, abrazando una pequeña bañerita de zinc para bebés, que había conseguido por un favor muy especial. Aquella bañerita fue para mí las primeras semanas tanto cuna como bañera. Mamá ponía dentro una gran almohada de plumas, herencia de su madre, cubierta con una sábana. Allí me acostaba. Cuando tocaba el baño, la almohada se mudaba a la cama de los padres, y yo tenía mi momento acuático. Papá llegaba rápido del trabajo, porque no quería perderse el baño… del hijo. Sostenía mi cabeza (lo contaba mamá) mientras ella me lavaba a conciencia.

Digamos que no me hice ningún Javier ilustre, pero como geólogo, siguiendo la senda familiar, me defiendo bastante bien.

Lo curioso es que mi mujer también es geóloga. Nos conocimos trabajando, después de la universidad. A mi Leonor enseguida la adoró mi madre. Y, también, mi padre. Cuando venían a visitarnos o íbamos nosotros de visita y papá y yo salíamos a fumar a la terraza, él me decía:

Vaya… Creo que he tenido suerte dos veces en la vida: cuando conocí a tu madre, y cuando tú te casaste con Leonor. Cuídala, que también es, como tu madre, una niña…

Mi padre murió una noche, de repente. Mamá lo notó enseguida y se despertó…

Desde aquel momento, envejeció muy rápido y empezó a olvidar muchas cosas. Por ejemplo, olvidó que papá ya no estaba. Incluso cuando la llevamos a nuestra casa, pasaba los días sentada junto a la ventana, esperando a que papá volviera del trabajo. Hasta el último día de su vida cocinó sus magníficas albóndigas, como tanto le gustaban a Alfonsito

La vida, con lo que tiene de inesperada y de sencilla a la vez, me ha enseñado que el amor verdadero no muere con la ausencia; permanece en los pequeños gestos, en los recuerdos y en la familia que formamos. Y esa es la mayor herencia que me han dejado mis padres.

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MagistrUm
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