Diario de Tomás García, Madrid
A veces siento que la vida tiene un sentido del humor bastante cruel. Todos mis amigos presumen de esposas inteligentes y encantadoras, y yo en cambio… parece que sólo me ha tocado una insensata.
Todavía me resuena en la cabeza cómo presumía mi mujer, Julia, delante de todo el mundo en la boda: contaba que, gracias a los regalos de los invitados y la ayuda de su familia, tras la boda nos mudaríamos a un piso sin problemas. Pero la realidad fue que sus padres, en cuanto se acabó la fiesta, dejaron claro que como ella decidió casarse con un agente inmobiliario de tres al cuarto, a los veinte años y sin estudios universitarios, ahora el piso era nuestro problema. Literalmente se rieron en nuestra cara, y al final fui yo quien tuvo que llevar a Julia a casa de mis padres.
Ya mi hermano Andrés vive ahí con su novia Clara, que espera un niño, y la verdad es que estamos todos apretados como sardinas. Mis padres ya han insinuado varias veces que sería preferible que buscásemos, aunque sea, un alquiler. Pero yo decidí que tenía más sentido ahorrar para pedir una hipoteca y comprar una casa en el futuro. Julia lo sabía perfectamente y al principio me aseguró que quería lo mismo que yo… ¿y qué hizo al final? Cogió todos nuestros ahorros y compró acciones.
¿Para qué? Decía que así multiplicaríamos el dinero fácilmente.
Casi hago que mi madre se desmaye de la impresión cuando se lo conté. Y yo, sinceramente, tengo el corazón en un puño, porque encima las dichosas acciones no paran de caer de valor y no se pueden vender de un día para otro. Así que o vendemos perdiendo dinero, o nos la jugamos esperando a ver si suben algún día. Mientras tanto, todos mis amigos ya están instalados, formando familias en sus propios pisos, y yo sólo tengo… acciones en el IBEX 35.
Julia se pasa llorando, lamentando haber caído en la trampa de unos supuestos expertos a los que encima pagó por enseñarle a invertir. Y yo no puedo quitarme de la cabeza la palabra divorcio. Resulta que no quiero tanto a mi mujer si no soy capaz de digerir esto y sólo pienso en todo ese dinero ganado con esfuerzo que ahora parece humo.
Si lo pienso bien, nuestro matrimonio nació cojeando, y esta situación no hace más que confirmarme que llevo demasiado tiempo atrapado en una mala racha que empezó el día que me casé con una chica de pocas luces.






