Mis amigos ahorradores me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Volví a casa con hambre

Tengo amigos a los que suelo llamar austeros. Son de esos que ahorran en casi todo: la comida, la ropa… No es que sean pobres, al contrario, tienen una vida bastante acomodada y nunca les falta dinero. Podrían permitirse muchos caprichos, pero prefieren gastar lo justo.

Sólo suelo ir a su casa cuando hay alguna ocasión especial; en otras circunstancias, simplemente nos llamamos por teléfono. Hace un mes me invitaron a su casa por mi cumpleaños. Fui, y regresé a casa muerta de hambre.

Esa mañana, guardé en el bolso el regalo que ya había comprado y me fui a trabajar. Sobre las cuatro de la tarde, me enviaron el mensaje para pasarme por su casa a celebrar. Así que al mediodía solo tomé un café con dos magdalenas, pensando que ya comería en la fiesta.

Bueno, llegué un poco antes de la hora. Les entregué el regalo, les deseé suerte y salud, y, medio en broma, medio en serio, les dije que venía muerta de hambre porque no había comido para aprovechar la fiesta. Mi amigo, con su simpatía habitual, me aseguró que todo estaba listo.

Éramos seis invitados, más los anfitriones. Al pasar al salón, noté que no había ninguna mesa montada. Enseguida entendí que habían decidido organizarlo tipo cóctel o bufé. No había sillas, sólo un pequeño sofá donde apenas cabíamos. La verdad, después de un día largo de trabajo, habría agradecido una mesa y una comida más formal, en vez de apretujarnos los ocho en ese sofá diminuto. Pero bueno, bufé es bufé.

Uno de ellos colocó una mesita redonda con toda la comida encima. Y ahí me arrepentí de no haber comido más a mediodía. Todo estaba perfectamente contado (¡y no me da ninguna vergüenza admitir que conté las porciones!): ocho rodajas de chorizo ibérico que me encanta, ocho de lomo, ocho de queso manchego. Ocho rodajitas finas de tomate, ocho de pepino. Todo cortado tan fino que se veía casi transparente, pero colocado con mucha gracia. Había, además, dos ensaladas en bols pequeñísimos y la fruta, también perfectamente medida para ocho. Por supuesto, una sola botella de vino para amenizar la gran mesa. Vamos, que podíamos comer y beber, sí, pero justito.

Mientras masticaba un trozo de chorizo con queso, seguía teniendo hambre. Ni siquiera me apetecía tomar vino, porque sin algo más contundente, me daba hasta miedo. El anfitrión me suelta: “Voy a sacar algo caliente.” Y yo pensando: ¡Por fin algo para llenarme un poco!

La esposa llegó con una bandeja con patatas fritas y muslitos de pollo rebozado uno de cada para cada uno, ni una ración más ni una menos. Tenía que reírme… Al menos el pastel de cumpleaños era de tamaño normal. Al final lo pasamos muy bien, eso sí, pero a la hora y media me fui de allí con el estómago protestando.

De camino a casa, paré en un supermercado y compré algo para cenar. Ya en mi cocina, me di un buen homenaje porque lo necesitaba. Mis amigos habrán ahorrado un dineral esa noche, eso seguro.

Pero sigo sin entender: ¿para qué invitas a gente a celebrar algo tan especial si no quieres o no puedes darles un poco más de hospitalidad?

Rate article
MagistrUm
Mis amigos ahorradores me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Volví a casa con hambre