MIRANDO AL VACÍO
Carlos y Lucía se casaron cuando ambos tenían 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro. Era un amor desbocado, casi irracional. Por eso, sus padres no dudaron en animarles a consolidar su relación ante la ley. Así evitarían cualquier situación embarazosa…
La boda fue espléndida e inolvidable. No faltó detalle: la muñeca sobre el capó del coche, un río de flores, fuegos artificiales, el salón de banquetes adornado, y los tradicionales gritos de: ¡Que se besen!.
Los padres de Lucía no aportaron dinero al festejo, pues apenas tenían para comer modestamente y gastar algo en vino. Todos los preparativos, gastos y el banquete corrieron a cargo de la madre del novio, doña Alejandra Fernández, a la que todo el mundo llamaba cariñosamente Sandra, porque su nombre completo resultaba largo e imponente.
Sandra, siempre previsora y con carácter, intentó convencer a su hijo Carlos de que no saliera con una chica cuyos padres eran conocidos por su afición a la bebida. Pero ya se sabe, el amor es ciego. Carlos le aseguraba a su madre que en Lucía eso no se notaba, que su amor extraordinario podría superar cualquier mala herencia.
Sandra le quiso advertir una vez más:
Mira, hijo, de un olmo no nacen peras, ten cuidado no vaya a ser que vuestro amor no dure ni lo que canta un gallo…
Carlos y Lucía vivían convencidos de que el futuro solo les traería felicidad sin límites, alegría interminable y diversión. Sentían el mundo a sus pies.
Pero la vida siempre escribe historias a su manera.
Como regalo de bodas, Sandra y su marido les dieron las llaves de un piso en Alcalá de Henares:
¡Para que viváis y seáis felices, hijos míos!
Al principio todo marchaba sobre ruedas. La suerte parecía sonreírles. Lucía tuvo dos hijas: Teresa y Marta. Carlos las adoraba. Tenía la sensación de ser el dueño de su familia y se sentía orgulloso de ello.
Sin embargo, en menos de cinco años, Lucía comenzó a desaparecer misteriosamente de casa. Cuando regresaba, Carlos notaba claramente el olor a alcohol en su esposa. Buscaba respuestas, pedía explicaciones. Lucía, al principio evitaba el tema, después, contestó desafiante que nunca lo había amado. Que lo suyo fue un simple capricho juvenil.
Ahora, decía ella, había encontrado por fin al hombre de sus sueños y se marchaba con él. Que no importaba si aquel hombre tenía esposa y tres hijas. Carlos quedó conmocionado, hundido en una neblina angustiosa. Sentía que la mujer de su vida le había traicionado de la forma más cruel.
Mientras tanto, Lucía se fue con su amante a una aldea perdida de la provincia de Soria. Juraba que si hay amor verdadero, todo es paraíso, aunque sea en la miseria. Pero si no se quiere, hasta el palacio resulta estrecho.
Las niñas quedaron abandonadas a la benevolencia del destino.
Sandra, quien no paraba quieta ni un momento y tenía respuestas para todo, se apresuró a llevarse a las nietas a su casa. Ella y su marido las cuidaban y mimaban cuanto podían.
Carlos, derrotado y sin mujer, acabó ingresando en una secta religiosa. Un amigo se lo recomendó. Allí pronto lo juntaron con una viuda, Dolores, que tenía dos hijos. Y más tarde incluso los casaron según las normas de la comunidad.
Entonces, Carlos apenas sacaba tiempo para sus propias hijas. Dolores, su nueva esposa, le llenaba la vida de problemas domésticos. Cada vez que Carlos quería ver a Teresa y Marta, Dolores le cortaba en seco:
Mira, guapo, para eso tienen su madre. Preocúpate de llevar a Óscar al colegio y de dar de comer a Manolito
Carlos obedecía mansamente. Seguía amando a Lucía, pero ya sabía que no había marcha atrás.
…Pasaron siete años y, sin avisar, Lucía apareció una tarde en el piso de Sandra. Traía de la mano a una niña de unos cuatro años. Sandra la escrutó detenidamente.
Vaya, Lucía, la vida te ha dado fuerte. No te reconozco. ¿Esa niña es tuya? ironizó Sandra.
Sí, es mi hija, se llama Marina. ¿Podemos quedarnos unos días aquí? preguntó Lucía, nerviosa.
Vaya invitados que me trae la vida. ¿Te han echado? insistió Sandra.
No, me he ido yo. No puedo más, ese hombre me pega y bebe a todas horas se lamentó Lucía.
Nadie te obligó a escoger pareja, Lucía. ¿Por qué no has ido a casa de tus padres? dijo Sandra con cierto tono sarcástico.
Echaba mucho de menos a mis hijas. He venido a verlas. ¿De verdad me negarás verlas? Lucía intentó ganarse la indulgencia de su exsuegra, sabiendo que siempre tenía buen fondo.
Mira quién se acuerda ahora de ser madre… ¡Has sido una madre de abandono, Lucía! protestó Sandra, pero aquel comentario quedó en el aire cuando sonó el timbre.
Era Teresa y Marta, ya adolescentes. Miraban a Lucía con respeto, pero también con dolor. Reconocían a su madre, pero no sentían ningún lazo real. Ambas guardaban un profundo rencor hacia ella. Sandra solía lamentar, a menudo en voz alta, que sus nietas eran huérfanas teniendo padres vivos.
Naturalmente, Sandra no podía echarlas a la calle y permitió quedarse a Lucía y a la pequeña Marina.
Pero, al mes, Lucía se esfumó. Más tarde se supo que había regresado con su amante a la aldea. Volvió a dejar a Marina a cargo de Sandra.
Desde entonces, Sandra y su marido se ocuparon de las tres nietas. Las querían y las niñas correspondían, llenas de cariño y respeto hacia sus abuelos. Aquella casa rebosaba ternura y sentido común.
Pero el tiempo no pasa en balde.
Con los años, primero Sandra y luego su esposo, partieron para siempre. Teresa se casó, pero no pudo tener hijos. Marta se dejó crecer canas y prefirió la soledad femenina. Marina, con solo diecisiete años, tuvo un hijo sin que nadie supiera de quién, y se marchó al pueblo con su madre.
…La juventud se fue sin despedirse y la vejez llegó sin dar los buenos días.
Lucía hacía tiempo que vivía sola. Su compañero fue llevado a la capital por sus hijas, porque había caído enfermo y se convirtió luego en inválido. Ellas culpaban a Lucía: Nuestro padre se ha puesto así por tu culpa. Finalmente, le dijeron rotundas:
¡Déjanos en paz y no te metas en lo que no te importa!
En el pueblo todos llamaban a Lucía la descarada borrachina. En las aldeas todo se sabe; los chismes vuelan y la gente solo necesita una excusa para hablar. Su vida era motivo de pena y maledicencia.
Carlos, finalmente, logró escapar de Dolores y dejar la secta. Quedó completamente solo, viviendo en la humilde vivienda que heredó de su madre. Malvivía, sin compañía más que tres gatos, para no perder la razón. Así acabó su historia de amor.
Y pensar que la felicidad un día llamaba a la puerta de Lucía y Carlos…







