Miquel se quedó paralizado: tras el tronco, una perra lo miraba con tristeza — una perra a la que reconocería entre mil

Me detuve en seco: desde detrás de un ciprés, me miraba con tristeza un perro al que reconocería entre mil.

El polvo del camino rural se alzaba despacio, como si le costase avanzar. Apagué el motor junto a una vieja valla torcida, pero no tuve prisa por salir del coche; permanecí sentado, sintiendo la vibración del motor aún en marcha.

Llevaba quince años evitando este lugar. Y sin embargo aquí estaba. ¿Para qué? Ni yo mismo lo tenía claro. Quizá para terminar una conversación que nunca ocurrió. Quizá para pedir un perdón en el que ya no tenía esperanza.

Vaya, viejo tonto murmuré , al final has llegado.

Giré la llave y el motor calló. El silencio cayó entonces con todo su peso, lleno del aroma del heno seco y de recuerdos antiguos. A lo lejos ladraba un perro. Crujió la cancela en alguna parte. Yo no me movía, como si temiera enfrentarme de frente con mi propio pasado.

La memoria me regaló una imagen: ella, de pie junto a esa misma cancela, despidiéndose con la mano. Yo solo me giré una vez. Solo una. Y vi que ya no se despedía; sólo me miraba, con la cabeza ladeada.

Volveré grité en aquella ocasión.

No volví.

Salí del coche y subí el cuello de la chaqueta, aunque las rodillas me temblaban. «Qué absurdo pensé, con sesenta años y sigo temiendo mirar al pasado a los ojos».

La cancela ya no chirriaba, alguien había engrasado las bisagras. Valeria siempre se quejaba: «Puertas que chirrían, tic nervioso del corazón. ¡Compra ya una aceitera, Esteban!». Nunca la compré.

El patio apenas había cambiado. Solo el manzano se veía más viejo y caído, y la casa respiraba más despacio, como si le hubiesen caído encima dos décadas más. Las cortinas no eran de Valeria. Eran ajenas.

Avancé por el sendero familiar, rumbo al cementerio. Allí pensaba decir todo eso que no fui capaz de decir en voz alta hace quince años.

Me quedé parado de golpe.

Desde detrás de un álamo, el perro me miraba. De pelaje rojizo y pecho blanco, con la misma mirada atenta a la que yo llamaba de oro. No solo se parecía: era él.

¿Jara?… exhalé.

El perro no vino corriendo ni ladró. Solo me observaba. Silencioso, paciente, como preguntando: «¿Y tú, dónde has estado? Nosotros esperamos».

Se me cortó la respiración.

Jara no se movió. Siguió allí, como una sombra antigua, pero con aquellos ojos intactos. Valeria siempre reía: «Jara es psicóloga. Lee a la gente como quiere. Te mira por dentro».

Madre mía susurré . ¿Cómo sigues viva?

Los perros no suelen vivir tanto.

Pero Jara se incorporó despacio, torpemente, como una anciana adolorida. Se acercó, olió mi mano y apartó la cabeza. No se ofendió. Solo me dijo a su manera: «Te he reconocido. Pero has llegado tarde».

Te acuerdas de mí dije, sin esperar respuesta. Claro que lo haces.

Jara gimió bajito.

Perdóname, Valeria murmuré, agachándome junto a la lápida. Perdona mi cobardía. Haber salido corriendo entonces. Por escoger una carrera y acabar con un piso vacío y viajes inútiles. Perdona por haber temido estar a tu lado.

Hablé mucho rato. Sentado junto a la fría losa, fui contándole mi vida: el trabajo fútil, mujeres a las que no quise de veras, lo cerca que estuve tantas veces de llamar su número y cómo siempre faltaba algo; valor, tiempo, o quizás la esperanza de que aún me aguardasen.

De regreso ya no iba soloJara caminaba tras de mí, como admitiéndome de nuevo en su mundo, sin alegría pero sin odio.

En la casa se cerró de golpe una puerta.

¿Quién es usted? soltó una voz femenina, firme.

En el porche, una mujer de unos cuarenta me miraba. Pelo oscuro recogido, rostro serio, pero en los ojos los ojos de Valeria.

Soy Esteban balbuceé. Yo antes

Sé quién es me interrumpió. Ana. Hija. ¿No me reconoce?

Ana, la hija de Valeria de su primer matrimonio. Cada palabra se le enquistaba en la mirada.

Bajó los escalones, y Jara se acercó enseguida a su vera.

Mi madre murió hace medio año dijo Ana sin titubeo. ¿Dónde estabas antes? ¿Cuando enfermó, cuando esperaba? ¿Cuando creía?

Me azotaron sus palabras.

Yo no lo sabía.

¿No lo sabías? rió sarcástica. Mi madre nunca tiró tus cartas. Guardó todas. Sabía las direcciones. No era difícil encontrarte. Pero tú nunca buscaste.

Me quedé mudo. Durante años escribí, sí, pero al final las cartas se hicieron escasas, desdibujadas entre el trabajo, los viajes, otras vidas. Valeria se desvaneció como un buen sueño al que ya no se logra volver.

¿Estaba enferma? alcancé a preguntar.

No. Solo el corazón. Se cansó de esperar.

Lo dijo con tal calma que dolió más.

Jara aulló bajo. Cerré los ojos.

Lo último que dijo mi madre añadió Ana fue: «Si Esteban alguna vez vuelve, dile que no estoy enfadada. Lo entiendo».

Siempre entendía. Pero yo nunca me di el tiempo de entenderme a mí mismo.

¿Y Jara? ¿Por qué estaba en el cementerio?

Ana inspiró hondo:

Va allí cada día. Se sienta junto a la tumba. Espera.

Cenamos en silencio. Ana me contó que era enfermera, que estaba casada pero vivía sola la vida se torció. No tenía hijos. Solo estaba Jaraahora su consuelo y vínculo con su madre.

¿Puedo quedarme unos días? pregunté.

Ana me miró fija.

¿Y luego te marcharás otra vez?

No lo sé contesté honesto. Yo tampoco lo sé.

Me quedé. No por un día, sino por una semana. Después dos. Ana ya no preguntó cuándo me iría. Quizás entendió que ni yo lo sabía.

Reparé la valla, cambié tablas, saqué agua del pozo. El cuerpo se quejaba, pero el alma callaba tranquila. Como si al fin todo hubiera dejado de resistirse.

Jara me aceptó de verdad solo a la semana. Se acostó a mi lado, poniendo el hocico sobre mi pie. Ana, al verlo, dijo:

Ella sí te ha perdonado.

Miré por la ventana: al perro, al árbol, a la casa que todavía guardaba el calor de Valeria.

¿Y tú? susurré a Ana.

Ana se lo pensó un rato, sopesando palabras invisibles.

No soy mi madre afirmó al fin. Me cuesta más perdonar. Pero lo intentaré.

Jara seguía despertándose antes que nadie. Al asomar el alba, desaparecía del patio, como si fuera una guardiana con misión. Al principio no le di importancia; los perros tienen su mundo. Un día noté que siempre iba en la misma dirección. Al cementerio.

Va allí cada día explicó Ana. Desde que murió mamá. Se tumba al lado y permanece allí hasta el anochecer. Como un centinela de la memoria.

Los perros, al parecer, recuerdan más que los humanos. Nosotros apilamos excusas y olvido. Ellos guardan, aman, esperan.

Aquella mañana, el cielo estaba tan bajo que casi bañaba los tejados. A mediodía chispeaba, al atardecer tronaba: viento, lluvia, truenos. La tormenta sacudía los cristales, los cipreses se inclinaban.

Jara aún no ha vuelto dijo Ana inquieta, mirando la oscuridad. Siempre vuelve para cenar. Y ya son las nueve.

Miré lo mismo. Todo era agua y sombra, solo algunos relámpagos delineaban los árboles.

Tal vez se haya refugiado intenté, sin convicción.

Está muy vieja Ana apretó el alféizar. Con este temporal me da miedo que le haya pasado algo.

¿Tienes paraguas?

Claro me miró perpleja. ¿Va a salir ahora?

Pero yo ya me ponía la cazadora.

Si está allí, no se irá. Aguantará bajo la lluvia toda la noche. Y con sus años

No terminé la frase, pero Ana lo entendió. Me ofreció la linterna y un paraguas azul con margaritas. Ridículo, pero fuerte.

El camino al cementerio era un riachuelo de barro. La linterna apenas rompía la cortina de agua. El paraguas volaba con cada racha. Iba resbalando, maldiciendo para mis adentros, pero avanzando.

«Anda quepensaba, sesenta años, las rodillas protestan como bisagras viejas. Me mojaré hasta los huesos. Pero da igual. Se debe».

La verja del cementerio daba golpes, desatada la aldaba. Entré, alumbrando hasta ver a Jara.

Estaba tumbada junto a la tumba, pegada a la cruz de madera. Calada hasta los huesos, respirando con dificultad, pero sin moverse. Y ni levantó la cabeza hasta que me acerqué.

Eh, pequeña me arrodillé en el barro. ¿Qué haces así?

Al final me miró. Callada. Cansada. Como diciendo: «No puedo dejarla sola. Yo recuerdo».

Mamá ya no estádije venciendo las lágrimas. Pero tú sigues. Ahora los dos estamos aquí. Juntos.

Me quité la chaqueta, envolví a Jara y la levanté con cuidado. No se resistíaya no le quedaban fuerzas. A mí tampoco, pero eso ya daba igual.

Perdónanos, Valeria susurré en la noche fría. Perdóname por volver tarde. Perdónala por no saberse olvidar.

La lluvia paró solo al amanecer. Pasé la noche junto a la chimenea, acurrucando a Jara en mi abrigo. La acariciaba, le hablaba bajito, como a un niño enfermo. Ana trajo leche. El perrito bebió un poco.

¿Está enferma? preguntó Ana.

No negué. Solo está cansada.

Jara vivió dos semanas más. Tranquila, pegada a mí, como si quisiera aprovechar hasta el último suspiro. Vi cómo se iba agotando: movimientos lentos, ojos cerrados. Pero no hubo miedo. Solo aceptación; una gratitud extraña, como si supiera que podía marcharse en paz.

Jara se durmió al amanecer, en el porche, la cabeza entre las patas. La encontré al alba.

La enterramos junto a Valeria. Ana no dudódijo que su madre se habría alegrado del encuentro.

Esa tarde me dio un llavero.

Creo que mamá habría querido que te quedaras aquí. Que no te marcharas.

Miré largo tiempo las llaves, ennegrecidas por los años. La misma que en otro tiempo llevaba en mis bolsillos antes de dejar todo atrás.

¿Y tú? pregunté bajito. ¿Tú quieres que me quede?

Ana exhaló, y en su aliento viajaban todos los años de cariño que nos faltó.

Sí Quiero. La casa no debe estar vacía. Y necesito un padre.

Padre. La palabra que siempre temí. No por no querer, sino por no saber. Pero quizás, mientras se viva, nunca es tarde para aprender.

Bien dije. Me quedo.

Un mes después vendí el piso de Madrid y me instalé allí. Planté huertos, reparé el tejado, pinté la casa. El silencio dejó de pesarmeya era como el pulso de la tierra.

Iba al cementerio. Hablaba con Valeria, con Jara. Les contaba el día, la huerta, las noticias del pueblo. A veces, me parecía que escuchaban. Y nada me hacía sentirme tan en paz como esa idea.

Aprendí, al fin, que nunca es tarde para abrazar el tiempo perdido y pedir perdón. Ojalá lo hubiera comprendido antes. Pero mientras respires, siempre hay ocasión de enmendar el alma.

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MagistrUm
Miquel se quedó paralizado: tras el tronco, una perra lo miraba con tristeza — una perra a la que reconocería entre mil