Julián se quedó paralizado: detrás del tronco de una encina lo miraba un perro con una tristeza reconocible entre mil.
El polvo en el caminito de piedras se alzaba perezoso, como si tampoco quisiera avanzar hacia ningún sitio. Julián apagó el motor junto a una verja torcida de hierro, pero no se apresuró a salir del coche: se quedó ahí, dejando que el motor aún vibrara bajo su mano.
Llevaba quince años evitando aquel lugar. Y, aun así, ahí estaba. ¿Por qué? Ni él mismo lo tenía muy claro. Tal vez solo quería poner fin a una conversación nunca empezada. O tal vez pedir perdón un perdón que llegaba, tristemente, tarde.
Vaya, viejo tonto murmuró, medio en broma, pues ya lo has conseguido.
Giró la llave. El motor murió y la quietud de la tarde lo envolvió; una calma espesa, con el perfume seco de los hinojos y un rastro de recuerdos que olían casi a rancio. Lejano se colaba el ladrido de un perro. Sonó un crujido metálico en algún rincón. Pero él seguía quieto, como si el asiento pudiera protegerle del pasado.
La memoria venía generosa: la veía a ella, asomada en aquel portón, agitándole la mano mientras se marchaba. Y él, tan orgulloso, solo se giró una vez. Solo una. Y la vio quieta ya, clavando en él esa mirada de cabeza ladeada.
Volveré le gritó entonces.
Nunca volvió.
Finalmente se apeó, se arregló el cuello de la chaqueta, aunque las piernas parecían de goma. Curioso pensó, seis décadas a cuestas y sigo temiendo encontrarme de frente con mi propia historia.
La verja ya no chirriaba; alguien, por fin, la había engrasado. Clara siempre se quejaba: Las puertas que chirrían dan espasmos. Cómprate ya la aceitera, Julián. Y él, cómo no, nunca la compró.
El corral lo reconoció de inmediato: cambiaron los geranios, los visillos no eran los de Clara. El manzano, en cambio, envejecía doblado, y la casa parecía respirar con mayor discreción, como doblada por el tiempo.
Julián tomó la senda de siempre iba al cementerio. Por una vez iba a decir todo lo que se tragó hace quince años.
Se detuvo como petrificado.
Tras una encina lo escrutaba un perro. Pelirrojo, el pecho blanco, los ojos ávidos que él llamaba ojos de oro”. No era parecido: era él.
¿Tuna?… susurró.
El perro no se lanzó, ni ladró. Solo lo miró, expectante, en completo silencio. Como diciéndole: ¿Y tú dónde estabas? Llevamos esperando.
El aire le falló a Julián.
Tuna no se movió; tan solo esperaba, inmutable, con esa mirada que Clara solía definir entre risas: Tuna es psicólogo. Ve a las personas por dentro. Hasta el alma te rebusca.
Madre mía musitó él. ¿Cómo sigues vivo?
Los perros no duran quince años, pensó.
Pero Tuna se incorporó muy despacio, como una abuelita, y vino a olisquearle la mano, ladeando luego la cabeza. No estaba ofendido. Solo se lo hizo saber a su manera: Te reconozco. Pero has llegado demasiado tarde.
Claro que te acuerdas de mí dijo Julián, sin preguntar.
Tuna gimió apenas.
Perdóname, Clara susurró arrodillándose junto a la losa. Por haber sido un cobarde. Por salir corriendo cuando había que quedarse. Por elegir un trabajo que me dejó solo ante muros y viajes vacíos. Perdona por no atreverme a estar.
Se le llenó la tarde de confesiones: le habló de trabajos insulsos, de mujeres a las que nunca se prendió el alma, del impulso -siempre aplazado- de llamarla, frenado por la falta de tiempo, de valor, o del convencimiento de que ya nadie esperaba.
Regresó acompañado; Tuna trotaba detrás, aceptándolo en silencio, sin entusiasmo, pero sin rencor.
Una puerta se cerró de golpe en la casa.
¿Quién es usted? inquirió una voz de mujer, seria.
En el porche, una mujer rozaba los cuarenta. El pelo oscuro, recogido. El ceño adusto, pero en los ojos los ojos eran de Clara.
Yo soy Julián tartamudeó él. Antes
Ya sé quién es interrumpió ella. Alba. La hija. ¿No me reconoce?
Alba, la hija de Clara de su primer matrimonio. Le veía con una mezcla de reproche seco que ardía.
Bajó los escalones y Tuna enseguida se acercó a ella.
Medio año sin mamá dijo con frialdad. ¿Y usted dónde estaba? Cuando enfermó, cuando esperaba, cuando todavía creía en algo.
Fue como una bofetada. No supo responder.
Yo no lo sabía.
¿No lo sabía? frunció la boca en una especie de risa amarga. Mamá guardó todas sus cartas, todas las direcciones. Saber de usted era fácil. Buscarle, aún más. Pero no quiso.
No replicó. ¿Para qué discutir? Las cartas fueron espaciándose, después solo quedaba el correo del banco, el trabajo, los bares vacíos de Madrid. Clara se fue diluyendo como un sueño dulce y lejano.
¿Estaba enferma? balbuceó él.
No. Solo el corazón. Se cansó de esperar.
Lo dijo tranquila, y dolió más.
Tuna emitió un aullido leve. Julián cerró los ojos.
Lo último que dijo mamá añadió Alba fue: Si Julián vuelve, dile que no estoy enfadada. Que lo entiendo.
Siempre entendía. Y él nunca llegó a entenderse.
¿Y Tuna? ¿Por qué estaba junto al cementerio?
Alba suspiró:
Va cada día. Se sienta, y espera.
Cenaron en silencio. Alba le contó que trabajaba de enfermera, estaba casada, pero vivía sola no hubo manera de encajar la vida. Sin hijos. Tuna era, ahora, su única lealtad, su memoria y su lazo con Clara.
¿Puedo quedarme unos días aquí? preguntó Julián.
Alba fue breve.
¿Y luego volverá a esfumarse?
No lo sé confesó él. Ni idea.
Se quedó. No por un día. Por una semana. Luego por dos. Alba ya no volvió a preguntar cuándo marcharía. Seguramente ya intuía que ni él lo sabía.
Arreglaba la verja, cambiaba tablones, recogía agua del pozo. El cuerpo se quejaba, pero por dentro todo parecía por fin rendirse ante una calma nueva.
Tuna lo aceptó de verdad cuando, una semana después, fue el propio can quien vino a su lado, tumbándose y posando la cabeza sobre su zapato. Alba lo vio y exclamó:
Le ha perdonado.
Julián miró por la ventana. Al perro, al árbol, y a la casa que aún exhalaba el calor de Clara.
¿Y tú? preguntó muy bajo mirando a Alba. ¿Me perdonas tú?
Alba tardó. Parecía pesar cada sílaba antes de pronunciarla.
Yo no soy mamá dijo por fin. Me cuesta más perdonar. Pero lo intentaré.
Tuna seguía siendo la primera en despertarse. Apenas aclaraba el cielo, desaparecía del patio como en misión especial. Julián no le dio importancia: cosas de perro. Pero luego entendió; iba siempre al mismo sitio: el cementerio.
Va allí cada día aclaró Alba. Desde que se fue mamá. Toma sitio, espera, como guardiana de la memoria.
En los perros la lealtad es más férrea que en las personas; la gente aprende a esconder, justificar o enterrar el dolor. Ellos no. Aman, esperan, guardan.
Aquel día, las nubes parecían a punto de reventar contra los tejados. A mediodía chispeaba; al atardecer, todo era tormentón: viento, agua, truenos. El aguacero atravesaba las ventanas. Los robles se encogían como buscando cobijo.
Tuna no ha vuelto aún dijo preocupada Alba, oteando entre la lluvia. Siempre está a la hora de cenar. Y ya pasan de las nueve.
Julián miró también. Solo relámpagos permitían ver algo de los árboles.
Habrá encontrado algún hueco donde meterse intentó tranquilizar, pero ni él se lo creyó.
Es muy mayor Alba sujetaba la repisa con fuerza. Y con este tiempo algo le pasa seguro.
¿Tienes paraguas?
Por supuesto. Lo miró con asombro ¿Vas a ir ahora?
Pero Julián ya se echaba la cazadora por encima.
Si está allí, no se moverá. No dejará el sitio. Y mojarse una noche entera, a su edad
No terminó la frase. Alba lo comprendió y, sin palabras, le pasó una linterna y un paraguas celeste, decorado de margaritas. Ridículo, pero sólido.
El sendero al cementerio era ya una corriente de barro. Apenas podía distinguir nada al paso. El paraguas se rebelaba cada pocos metros contra el viento. Julián avanzaba, resbalando y maldiciendo entre dientes.
Maldita sea mascullaba, a los sesenta y tantos, con las rodillas acartonadas, y aquí, bajo un diluvio. Acabaré tieso mañana. Pero hay cosas que uno debe hacer.
La verja del cementerio se sacudía loca, sin pestillo. Julián entró, enfocó el haz de luz al suelo y la vio.
Tuna, tumbada junto a una cruz de madera, empapada, exhausta. No se movió hasta que Julián se acercó.
Eh, guapa se arrodilló en el barro, ¿por qué así?
Levantó los ojos; tenues, resignados. Como diciéndole: No puedo dejarla sola. Me acuerdo.
Mamás ya no están dijo él suavemente. Pero tú sigues aquí. Y yo también. Ahora estamos juntos. A su lado.
Le envolvió en la cazadora y la levantó blanda en brazos. Ella no se resistía. Tampoco él tenía fuerzas, pero daba igual.
Perdónanos, Clara murmuró bajo aquella noche helada. Perdona que llegué tarde. Perdona que ella no pudo dejar de esperarte.
La lluvia remitió pasada la madrugada. Julián veló junto a la estufa, con Tuna cubierta por su ropa. La acariciaba, le murmuraba tonterías como se hace con los niños enfermos. Alba trajo leche, el animal bebió apenas un sorbo.
¿Está enferma? preguntó Alba.
No negó Julián. Solo está cansada.
Tuna vivió dos semanas más. Silenciosa, pegada a Julián como su propia sombra. Como guardando cada segundo posible.
La fue apagando el tiempo: menor movimiento, los ojos cada vez entrecerrados. Pero no había miedo, solo aceptación. Y una rara gratitud, como quien sabe que ya puede irse en paz.
Se marchó en el alba, a la puerta de la casa, con la cabeza sobre las patas. Julián la encontró con la primera luz.
La enterraron junto a Clara. Alba no dudó dijo que eso haría sonreír a su madre.
Esa tarde le entregó un llavero.
Creo que mamá querría que te quedaras. Que esto no volviera a estar vacío.
Julián miró la llave vieja mucho rato. La misma que tuvo en el bolsillo cuando se marchó a dejarlo todo.
¿Y tú? preguntó, casi sin voz, ¿quieres que me quede?
Alba exhaló algo que fueron años malvividos en huecos.
Sí afirmó. Quiero. Esta casa debe seguir viva. Y yo necesito un padre.
Padre. Esa palabra que siempre le asustó. No por falta de ganas, sino de saber cómo hacerlo. Pero, mientras se respira, aún puede uno aprenderlo todo.
Está bien respondió. Me quedo.
En un mes, Julián vendió su piso en Salamanca y se instaló de lleno. Plantaba tomateras, remendaba tejas, pintaba la fachada. El silencio ya no ahogaba; era casi el latido de la tierra.
Iba cada día al cementerio. Charlaba con Clara. Y con Tuna. Les relataba el día, el tiempo, el huerto, las historias de los del pueblo.
Y a veces sentía que le escuchaban. Y esa certeza le daba una paz que hacía siglos no conocía.
Muchísimo tiempo.





