Hoy me detuve en seco: desde detrás de un almendro, un perro me miraba con esa tristeza callada que reconocería entre mil. Era Canela.
El polvo en el camino rural flotaba perezoso, reacio a disiparse. Apagué el motor junto a una vieja tapia torcida, pero no tuve prisa por bajar del coche: permanecí allí, sintiendo la vibración del motor bajo mis manos.
Durante quince años evité volver a este lugar. Y sin embargo, hoy regresé. ¿Para qué? Ni yo mismo lo sabía del todo. Quizá para cerrar una conversación que quedó suspendida; quizá para pedir perdón, aunque ya sea inútil.
Vaya, viejo tonto murmuré casi sin voz, lo has conseguido.
Giré la llave: silencio. La quietud del pueblo cayó como un manto, colmada del aroma de heno seco y recuerdos antiguos. A lo lejos ladraba un perro, una puerta chirrió. Y yo seguía en el coche, como si me diera miedo enfrentarme, al fin, con mi propio pasado.
Recordé la imagen nítida: ella, junto a la verja, despidiéndome con la mano. Yo, volviéndome solo una vez. La última vez. Viendo que ya no saludaba, solo me miraba, la cabeza ligeramente ladeada.
Volveré le grité entonces.
No volví.
Salí del coche acomodando el cuello de la chaqueta. Las piernas me temblaron de repente. «Qué curioso», pensé, «sesenta años vividos y aún me asusta enfrentarme con lo que fui».
La verja ya no chirriaba. Eso era cosa de Clara, siempre protestando: «Puertas viejas, nervios a flor de piel. Compra aceite, Jacobo». Y nunca lo hice.
El patio apenas había cambiado. Solo el manzano parecía más vencido, acercándose a la tierra, y la casa susurrando la edad en cada esquina, más callada. Otras cortinas. No aquellas de Clara. Otras, de desconocidos.
Seguí la senda polvorienta hasta el cementerio. Allí tenía pensado decir todo aquello que nunca pronuncié hace quince años.
Me detuvo la mirada de Canela, la perra de pecho blanco y ojos inteligentes a los que Clara llamaba «de oro». No era una cualquiera: era ella.
¿Canela…? exhalé.
No saltó, no ladró. Solo me miraba. Paciente, esperando, como preguntándome, «¿Dónde estabas? Te estábamos esperando».
Me faltó el aire.
Canela no se movió. Solo allí, sombra inmóvil, con aquellos mismos ojos. Clara solía bromear: «Nuestra Canela es psicóloga, mira y te desnuda el alma».
Dios mío… susurré. ¿Cómo sigues viva?
Los perros no viven tanto.
Pero ella se incorporó despacio, con torpeza de abuela adolorida. Se acercó, olió mi mano y apartó la cabeza. No era rencor, solo decía, «Te reconozco. Pero llegas demasiado tarde».
Claro que te acuerdas de mí afirmé.
Canela gimió bajo.
Perdóname, Clara alcancé a decir, sentado junto a una lápida. Perdóname la cobardía. Por haber huido. Por preferir la carrera a cambio de una casa vacía y viajes que no llevan a nada. Perdóname por temer estar a tu lado.
Le conté mi vida: trabajos estériles, mujeres a las que nunca arraigué, ese impulso de marcar su número que siempre pospuse, inventando falta de tiempo o de valor, o pensando que acaso aún me esperaban.
Volví de allí acompañado. Canela caminaba detrás, aceptándome de nuevo, si bien sin alegría, al menos sin enemistad.
Se oyó un portazo.
¿Quién es usted? preguntó una voz categórica.
En el umbral, una mujer de unos cuarenta. Pelo oscuro recogido, rostro serio, pero los ojos… los de Clara.
Soy Jacobo balbucí. Antes…
Ya sé quién es me interrumpió. Soy Elena. La hija. ¿No me recuerda?
Elena era la hija de Clara de su primer esposo. Me miraba como si cada palabra quemara por dentro.
Bajó los escalones y Canela enseguida se cobijó junto a ella.
Hace seis meses que mamá se fue dijo. ¿Dónde estaba usted entonces? Cuando enfermó. Cuando esperaba. Cuando confiaba.
Las palabras me azotaron. No supe contestar.
No lo sabía.
¿No lo sabía? rió con amargura. Mi madre guardó todas sus cartas. Sabía sus direcciones. Encontrarle habría sido sencillo. Pero usted no intentó.
Callé. No merecía réplica. Le escribí los primeros años, luego las cartas se hicieron escasas, absorbidas por el trabajo, los viajes, otras vidas. Clara se embrumó como un buen sueño al que nunca se vuelve.
¿Estaba enferma…?
No. Solo el corazón. Se cansó de esperar.
Lo dijo serena. Y eso dolía más.
Canela lanzó un aullido suave. Cerré los ojos.
Lo último que dijo mamá añadió Elena fue: «Si Jacobo regresa algún día, dile que no me enfadé. Que lo entiendo».
Siempre me comprendió. Y yo, nunca supe comprenderme.
¿Y Canela? ¿Por qué estaba en el cementerio?
Elena suspiró:
Va cada día. Se acuesta al lado y espera.
Cenamos en silencio. Me contó que era enfermera, casada pero viviendo sola«nuestras vidas no encajaron». Sin hijos. Solo Canela, su sostén, su memoria, su lazo con mamá.
¿Podría quedarme aquí unos días? me atreví.
Elena me miró de frente.
¿Y después volverá a desaparecer?
No lo sé contesté. Ni yo mismo sé.
Me quedé. No fue solo un día, ni dos. Elena nunca volvió a preguntar cuándo partiría. Tal vez intuía que ni yo lo sabía.
Arreglé la tapia, recolocando listones, sacando agua del pozo. El cuerpo dolía, pero el alma callaba mansa. Era como si, al fin, algo se deshiciera por dentro.
Canela me aceptó de verdad al cabo de una semana. Se acercó y apoyó su hocico en mi bota. Elena, viéndolo, murmuró:
Ella te ha perdonado.
Miré por la ventana: la perra, el árbol, la casa aún templada por el calor de Clara.
¿Y tú, Elena? ¿Podrás perdonarme? pregunté.
Ella calló largo rato, sopesando cada palabra.
No soy mi madre dijo al final. A mí me cuesta más. Pero… lo intentaré.
Canela seguía siendo la primera en despertar. Salía sigilosa apenas clareaba, como si una tarea importante la llamase. Al principio no lo pensé. Solo cuando advertí que iba siempre al mismo sitio, al cementerio.
No falla ni un día explicó Elena. Desde que mamá no está. Se acuesta y espera. Como una guardiana de la memoria.
Quizá la memoria del perro es más fiel que la nuestra. Los humanos olvidamos, hallamos excusas, adornamos la ausencia. Ellos solo guardan, aman y aguardan.
Aquel amanecer las nubes bajaron tanto que rozaban los tejados. A mediodía chispeaba y, al caer la tarde, el cielo se abrió: viento, aguacero, tormenta. El agua repiqueteaba en las ventanas, los almendros se doblaban buscando refugio.
Canela no ha vuelto dijo Elena, inquieta, mirando fuera. Siempre está aquí a cenar, y ya son las nueve.
Miré igual. Solo los relámpagos perfilaban el contorno de los árboles.
Quizá se haya resguardado aventuré, sin mucha convicción.
Es muy mayor Elena apretaba las manos sobre el alféizar. Con este tiempo me asusta que le haya pasado algo.
¿Tienes paraguas?
Por supuesto ¿Va a salir ahora?
Pero yo ya me enfundaba la chaqueta.
Si está allí, no se moverá. Y con su edad, mojándose toda la noche…
No terminé. Elena comprendió. Me pasó linterna y paraguasligero, azul, con margaritasridículo, pero firme.
El camino al cementerio era un lodazal. La linterna casi no atravesaba la lluvia. El paraguas se daba la vuelta con cada ráfaga. Caminé, tropecé, maldije, pero avancé.
«Maldita sea me dije, sesenta años, los huesos crujen. Me empaparé, pero sigo adelante. Porque ahora toca».
La verja del cementerio golpeaba rota por el viento. Entré, alumbré el suelo, y la vi.
Canela, tumbada junto a la cruz de madera, empapada, jadeante, sin haberse movido. Ni me miró hasta que me agaché.
Eh, pequeña arrodillado en el barro. Así no puedes…
Me miró. Cansada. Decía, «No puedo dejarla sola. Yo la recuerdo».
Mamá no está, dije, ahogando la voz pero sigues tú. Sigo yo. Ya no estamos tan solos.
Quité mi abrigo, envolví a Canela y la tomé en brazos. No protestó; tampoco yo tenía fuerzas, pero no importaba.
Perdónanos, Clara susurré a la noche. Por volver tarde. Por no dejar de quererte.
La lluvia paró al alba. Pasé la noche junto a la chimenea, Canela envuelta en mi abrigo. Le acariciaba el lomo, le susurraba disparates como a un niño febril. Elena trajo leche. Canela apenas sorbió.
¿Está enferma? preguntó Elena.
No meneé la cabeza. Solo está cansada.
Canela vivió dos semanas más. Tranquila, pegada a mí, como ahorrando cada minuto. La noté apagarse: movimientos lentos, párpados pesados. Pero no había miedo: solo paz. Y quizá gratitud. Como quien sabe que ya puede marcharse sin pendiente.
Al alba, Canela se fue. Se tumbó en la entrada, apoyando la cabeza. Yo la encontré con los primeros rayos.
La enterramos junto a Clara. Elena no vaciló«mamá hubiera sonreído».
Por la noche, me entregó un manojo de llaves.
Creo que mamá querría que se quedara. Que no volviese a marchar.
Miré el metal envejecido. Era la antigua llave que guardaba en mi bolsillo de joven, antes de marcharme y dejarlo todo.
¿Y tú, Elena? ¿Quieres que me quede? pregunté.
Soltó el aire, como si soltara años no vividos.
Yo sí. No debe quedar vacío. Y… necesito un padre.
Padre. Siempre temí esa palabra. No porque no quisiera, sino porque no supe. Pero, mientras vivas, aún puedes aprender.
Me quedaré dije al fin.
Un mes después, vendí el piso en Madrid y me instalé definitivo. Fue tiempo de plantar habas, reparar tejas, pintar paredes. El silencio ya no asfixiaba; era el latido de la tierra.
Iba al cementerio, hablaba con Clara, con Canela. Les contaba el día, el clima, mis siembras, historias del pueblo.
A veces pensaba que me escuchaban. Solo entonces la paz me habitaba. Una paz que llevaba años sin conocer.
Fue entonces, en ese lugar donde todo terminó, cuando al fin entendí: la vida no espera, pero a veces te concede otra oportunidad para quedarte, para ser, para aprender a no huir más jamás.







