Miércoles en el portal
En el banco junto al portal número tres había una bolsa de plástico, bien cerrada, y encima una nota pegada con celo: «Coged». Me detuve con mi bolsa de la compra, como si alguien me hubiera llamado. La bolsa estaba tan ordenada que no parecía basura, pero tampoco era de nadie de aquí, donde lo ajeno no suele durar mucho.
Subí un escalón para mirar más de cerca, sin tocar. Dentro parecían distinguirse unos bollitos redondos, aún templados, pues el plástico estaba empañado. De pronto, se abrió la puerta del portal y salió Verónica, la joven del quinto piso, con los auriculares puestos, que también quedó parada.
¿Esto es una trampa o qué? preguntó Verónica quitándose un auricular.
Yo qué sé le respondí encogiéndome de hombros. Igual alguien se ha confundido.
Verónica soltó una risita, mirando hacia las ventanas. En el bajo, las cortinas estaban corridas; en el primero, alguien había abierto la ventana. El patio respiraba esa costumbre callada de oírlo todo y fingir que no ocurre nada.
Llegó Pablo, el repartidor, que alquilaba una habitación a la abuela del cuarto. Siempre iba con prisa y hablaba andando.
Vaya, qué bien dijo, estirando ya la mano.
No lo toques le dijo Verónica, tajante. A saber.
Pablo retiró la mano al instante, como si se hubiera quemado.
Bueno, hombre, si ahí hay una nota
La nota también puede ser gruñí yo, sorprendida de lo fácil que me salía sospechar. No me gustaba desconfiar, pero aquí hemos aprendido que a veces lo prudente es mantenerse al margen.
Esperamos un minuto más, y cada uno encontró un motivo para irse. Verónica se dirigió a los contenedores de basura como si tuviera prisa. Pablo saludó y se metió bajo el soportal. Subí a casa, pero de camino seguí mirando por la ventana de la escalera. La bolsa seguía allí, como una pregunta sin resolver.
Por la tarde, cuando bajé la basura, la bolsa ya había desaparecido. Solo quedaba una marca de celo en el banco. Sentí una extraña decepción, como si algo importante no hubiera sucedido.
La semana siguiente, otro miércoles, apareció una bolsa parecida. Esta vez no en el banco sino en el alféizar entre el bajo y el primero, donde solemos dejar tarros vacíos y publicidad. La nota era la misma: «Coged». Volvía de la consulta médica, cansada y con un volante en el bolsillo. Me detuve: en la bolsa había una empanada dividida en ocho trozos, cada uno con una servilleta.
En el descansillo estaba ya Susana, la contable del sexto, siempre con el bolso en bandolera.
¿Has visto esto? me dijo en voz baja, como si estuviéramos en misa. Otra vez.
Lo veo respondí.
Igual es de alguna secta susurró irónica, pero los ojos serios.
Quise decir algo que calmara, pero no hallé palabras. Nos quedamos mirando la empanada, y comprendí que alguien se había molestado en amasar, rellenar adecuadamente, cortar y envolver. Aquello era demasiado humano para ser trampa.
Susana cogió un trozo, nerviosa, y lo guardó en el bolso rápidamente.
Es para mis hijos balbuceó, y subió deprisa.
Me quedé sola. Podía haber cogido un trozo, pero sentí ese viejo hábito de no aceptar algo si no sabes a quién dar las gracias. Me parecía que la gratitud sin destinatario es como una palabra vacía.
Al cabo de una hora, cuando bajé de nuevo, quedaban dos trozos. En el rellano estaba el señor Nicolás, del portal dos, el que arregla siempre los telefonillos y protesta a la comunidad.
Qué, Clara me dijo, otra vez la caridad.
Igual alguien simplemente cocina le contesté.
Cocina y calla negó con la cabeza. Es raro. Pero dicen que está bueno.
Cogió un pedazo sin disimulo y mordió delante de mí, saboreando como un catador.
Manzana con canela. Esto no es de pastelería afirmó.
Le respondí con una media sonrisa. Sentí más alivio que alegría.
El tercer miércoles, aparecieron rosquillas de requesón. Venían en una caja de zapatos forrada con papel de horno. La nota, escrita en un trozo de cuaderno: «Coged, por favor». Ese «por favor» logró conmoverme más que la propia repostería.
Bajaba a por leche cuando vi al chaval del noveno, Rubén; flaco, con el uniforme escolar y mochila. Miraba fijamente la caja, indeciso.
Coge una le dije.
¿Y si? ¿y si no se puede? titubeó.
Si lo pone.
Cogió una rosquilla rápidamente y la metió en el bolsillo, que se abultó.
Gracias murmuró en dirección al vacío, y se fue corriendo.
Me quedé frente a la caja. Cogí yo también una, por primera vez. Sentí aún la calidez en los dedos, a través del papel. Subí a casa, puse a hervir agua y saqué un plato; la rosquilla era blanda, el requesón dulce, con pasas. No pensaba en el sabor, sino en lo insólito de aquel portal, en cómo ahora parecía que allí vivía alguien invisible pendiente de los demás.
Por la tarde coincidí en el ascensor con doña Carmela del octavo, que llevaba una bolsa con medicamentos.
¿Has cogido alguna? me preguntó señalando abajo.
He cogido admití.
Yo igual suspiró Carmela. Me da cosa, pero la pensión, ya sabes.
Asentí. Y fue como si el ascensor se hiciera más pequeño, pero con una sensación acogedora, como en familia.
El cuarto miércoles ya lo esperaba. Me sorprendí a la mañana mirando el alféizar nada más poner un pie en la calle. Allí había una bandeja tapada con un paño, y la nota de siempre: «Coged». Bajo el paño, panecillos con semillas de amapola.
Junto a la bandeja estaba Verónica, la que aquel primer miércoles habló de trampas. Esta vez sonreía sujetando un panecillo.
¿Ves? No era ninguna secta me dijo.
No lo parece asentí.
Pensaba que eras tú me miró fijamente. Tú siempre lo ves todo.
¿Qué?
Que te fijas, que pareces de las que hace estas cosas.
Reí bajito.
Yo solo hago té.
¿Y entonces quién?
Me encogí de hombros. Y comprendí de pronto que prefería no saberlo. Había en ello algo tranquilo: aceptar el bien sin sentirse en deuda.
Sin embargo, el quinto miércoles el alféizar estaba vacío. Cerré bien la puerta, bajé al portal, busqué en el sitio habitual. Nada. Ni caja, ni nota. Solo un folleto viejo de pizzería y un guante extraviado.
Esperé en silencio. Arriba alguien discutía por teléfono, abajo se cerró una puerta. Salí al patio. El banco, también vacío. Sentí una inquietud que no era por los bollitos, sino por la persona que los traía. Si no venía, algo había pasado.
En la puerta, don Nicolás fumaba pese a la placa de «Prohibido fumar».
No hay dijo, sin preguntar.
No, no hay. ¿Tú sabes quién era?
¿Y quién lo va a saber? apagó el cigarro en la papelera. Igual se cansó. Igual está enfermo.
O
O eso asintió.
Nos quedamos callados. Recordé a Carmela con sus medicinas, a Rubén ocultando la rosquilla, a Susana diciendo «para los niños». Para muchos, ese miércoles no era sólo capricho.
Voy a ver a Carmela, a preguntar cómo está dije.
Bien hecho. Yo iré a ver a Miguel del quince. Ayer hizo ruido, luego nada.
Subí andando al octavo; el ascensor, otra vez averiado. Llamé a Carmela. Tardó en abrir.
¿Clara? tenía mala cara, bata de andar por casa. ¿Qué pasa?
Nada, solo quería saber cómo estabas.
Bajó la mirada.
La tensión. Llamé a urgencias ayer. El niño está en Barcelona trabajando, la vecina se fue con su madre. Estoy sola.
Entré, dejé los zapatos y la bolsa sobre una banqueta. Olía a medicinas y a kefir ácido, el vaso vacío sobre el alféizar.
Tienes que comer algo le dije.
No puedo, no tengo ganas ni fuerzas.
Abrí la nevera: algo de huevos, un trozo de mantequilla, mermelada. Preparé unos huevos y lo dispuse todo como en casa, y entonces Carmela se serenó un poco, menos desvalida.
Las empanadas soltó de repente, las hacía yo.
Me giré.
¿En serio?
Sí sonrió, avergonzada. Me calma tener las manos ocupadas. Y pensé si lo dejo abajo, nadie pregunta. No me gusta que me ayuden, pero así sentía que hacía algo.
Noté un nudo en la garganta, no de pena, sino de reconocimiento. Yo también evitaba pedir ayuda.
Hoy no pudiste dije.
No asintió. Me mareaba, ni bajé a comprar.
Le puse el plato enfrente con pan.
Venga, come. Y lo de los miércoles ya pensaremos algo.
Al salir ya caía la tarde. En el rellano estaba don Nicolás.
¿Y bien?
Era Carmela. Está mal, tensión alta. Sola.
Silbó bajo.
Pues mira qué cosa; y yo pensando que era alguna jovencita bromista
Bajé a casa, encendí el móvil sólo lo uso para llamar a mi hijo y pagar recibos. Localicé el chat del portal, donde casi nunca escribo, solo leo. Busqué el botón de «escribir».
Las manos me temblaban, pero no de miedo, sino por salir de mi escondite.
«Vecinos: Las meriendas de los miércoles las preparaba Carmela del 8º. Ahora está pocha, necesita ayuda. Sin preguntas por favor. Mañana le llevo compras. Si podéis colaborar, decidlo aquí».
Releí el mensaje. Sencillo, sin compasión ni órdenes. Pulsé «enviar».
Las respuestas llegaron enseguida. Verónica: «Puedo ir tras el trabajo, comprar medicinas». Susana: «Transfiero dinero, dime cuánto». Pablo: «Estoy libre mañana por la mañana, llevo las bolsas». Alguien ofreció sopa; otro preguntó si tenía tensiómetro.
Ver cómo se movía el chat me enterneció y, al mismo tiempo, temí que se convirtiera en simple rumor, intromisión, cháchara.
Al día siguiente fui a comprar con una lista: pasta, leche, pan, plátanos, una caja de té. En la caja dudé y añadí galletas, para acompañar el té. Las bolsas pesaban. Al salir, Pablo se acercó.
Déjame ayudarte ya me quitaba una bolsa de la mano.
Le dejé uno de los bultos. Caminó despacio, consciente, como si supiera que no era sólo comida.
En la puerta de Carmela, nos topamos con Verónica con una bolsa de farmacia, que se apuró al verme.
Aquí están las pastillas, como dijiste balbuceó.
Gracias le respondí.
Carmela abrió, y al vernos hizo ademán de rechazar se notaba en el gesto de la mano.
No, de verdad yo puedo
Ya hiciste tú bastante le dije. Ahora nos toca. Sin protestar.
Bajó la mano y rompió a llorar, en silencio, como soltando de encima el peso de tantas semanas.
Una semana después, el miércoles, salí yo con una bandeja tapada. Había estado toda la tarde horneando, recordando cómo mi madre pellizcaba bien los bordes. Salieron regulares, pero hechas con esmero. Escribí una nota: «Coged». Dudé y añadí: «Si queréis, dejad nota de qué os gustaría para el próximo miércoles».
Dejé la bandeja en el alféizar y me aparté. Me temblaba el corazón como si fuera a un examen, sin querer que fuese rutina pero tampoco volver al silencio de antes.
Media hora después salí por si acaso. Quedaban pocos bollos. Había una nota doblada al lado. La abrí:
«Gracias. Si puede ser sin azúcar, mi madre es diabética», estaba escrito, letra temblorosa.
La doblé con cuidado y la guardé en el bolsillo.
En ese momento Rubén subía por la escalera. Me vio y se detuvo.
¿Ahora eres tú? preguntó.
Ahora somos varios le sonreí. Nos iremos turnando.
Él asintió, cogió un bollo y, antes de irse, dijo:
Puedo recoger las notas si queréis, siempre me toca andar subiendo y bajando.
Perfecto le respondí.
Por la tarde, pasé a ver a Carmela. Ya estaba sentada junto a la ventana, con el pañuelo en el pelo, mejor cara.
Pensé que dejaríais de hacerlo me dijo cuando puse el paquete de manzanas en la mesa.
Sólo cambiaremos de forma le aseguré. No toca cargar todo sobre una sola persona.
Carmela sonrió y me acercó una libreta pequeña.
Aquí apunto recetas. Quédatela. Por si acaso.
La cogí. El papel aún guardaba el calor de sus manos.
La usaré dije.
Al salir al portal, ya había una nueva nota sujeta por un imán del telefonillo viejo: «El miércoles próximo traigo bizcocho de manzana».
No sabía quién era. Y volvía a estar bien así. Ahora, el anonimato no aislaba, sino que dejaba hueco a cada uno para hacer, sin explicaciones. Y si uno caía, ya no costaba tanto llamar a la puerta.
He aprendido que el secreto está en atreverse a dar el primer paso. Ni el agradecimiento ni la ayuda son una carga si los repartimos entre todos. Como los bollos del miércoles.





