Mira, tengo una historia que no sé cómo contártela sin que se me haga un nudo en la garganta. Imagínate la escena: un niño, en ese momento tenía diez años. Se llamaba Álvaro.
Álvaro no tenía padres, ni familia. El único recuerdo que conservaba era de cuando tenía apenas dos años, que un señor mayor, don Ramón, un vagabundo que dormía bajo un puente cerca del río Manzanares en Madrid, lo había encontrado en una piscina de plástico después de una lluvia brutal, medio flotando cerca de la orilla.
Ni hablaba casi, sus piernecitas apenas aguantaban el paso. Lloró tanto que ni voz le quedaba. Sólo tenía una cosa con él: una pulsera vieja y trenzada, roja, destartalada, y un trozo de papel mojado donde casi no se leía: Por favor, que una persona de buen corazón cuide de este niño. Se llama Álvaro.
Don Ramón no tenía nada. Ni casa, ni dinero, ni parientes. Solo las piernas cansadas y una bondad infinita que no se le había oxidado.
Contra toda lógica, don Ramón recogió al niño y lo crió con lo que encontraba: trozos de pan duro, sopa que daban en caridad, botellas para devolver en las tiendas y sacar unas monedas.
Muchas veces le decía a Álvaro: Si algún día encuentras a tu madre, perdónala, hijo. Nadie deja a un hijo sin tener una herida en el alma.
Álvaro, así, creció entre mercados callejeros, entradas del metro y noches heladas bajo el puente. Jamás supo cómo era su madre. Don Ramón solo recordaba que, cuando la encontró, en el papel había la marca de un carmín y un pelo largo y negro entrelazado en la pulsera. Imaginaba que fue una madre muy joven quizás demasiado para criar sola.
Un día, don Ramón se enfermó gravemente de los pulmones y fue ingresado en el hospital de La Paz. Sin recursos, Álvaro tuvo que pedir limosna más que nunca.
Esa tarde, escuchó a unos señores hablando sobre una boda espectacular en un palacio cerca de El Escorial, la más elegante del año, decían. Con el estómago vacío y la boca seca, decidió probar suerte.
Se quedó tímido en la entrada. Mesas repletas de comida: jamón ibérico, asados, pasteles que parecían de revista y bebidas fresquitas. Un pinche de cocina lo vio, le dio pena y le ofreció un plato caliente.
Quédate ahí y come rápido, chiquillo. Que nadie se fije en ti.
Le dio las gracias y comió en silencio, observando el salón. Música clásica, los hombres con trajes impecables, mujeres con vestidos brillantes Y él pensaba: ¿Mi madre estará en algún sitio así? ¿O será pobre, como yo?
De repente, el maestro de ceremonias anuncia:
Señoras y señores ¡la novia!
Todo cambió. Miradas a la escalera decorada con flores blancas, música nueva. Y apareció. Vestido blanco impecable, sonrisa serena, melena negra larguísima y ondulada parecía salida de un cuadro.
Pero Álvaro se quedó de piedra. No era su belleza lo que le dejó frío, sino la pulsera roja en su muñeca. Exacta. Igual en color, igual de gastada, mismo nudo.
Álvaro se frotó los ojos, se levantó de golpe, descompuesto, y se acercó temblando.
Señora esa pulsera usted ¿es usted mi madre?
Un silencio cayó en el salón. La música seguía, pero nadie respiraba.
La novia miró su muñeca, después al niño y en la mirada lo reconoció. La misma mirada.
Casi se desploma. Se arrodilla ante él.
¿Cómo te llamas?, preguntó con voz rota.
Álvaro mi nombre es Álvaro respondió entre sollozos.
El maestro de ceremonias se quedó sin micro y lo dejó caer al suelo. Murmullos:
¿Será su hijo?
¿Es posible?
Virgen Santa
El novio, todo elegancia y calma, se acercó.
¿Qué ocurre?, preguntó bajo.
La novia explotó en lágrimas:
Tenía dieciocho años estaba embarazada sola sin ayuda. No pude cuidarlo. Lo dejé pero nunca lo olvidé. Guardé la pulsera todos estos años esperando volver a encontrarlo
Y lo abrazó como si el mundo estuviese a punto de romperse.
Perdóname, hijo perdóname
Álvaro la abrazó también, fuerte.
Don Ramón siempre me dijo que no te odiara. No estoy enfadado, mamá Solo quería verte de nuevo.
El vestido blanco se manchó de lágrimas y polvo. Nadie le dio importancia.
El novio en silencio.
Nadie sabía qué haría. ¿Cancelar la boda? ¿Acoger al niño? ¿Simular que aquí no ha pasado nada?
Se acercó y en vez de ayudar a la novia a levantarse, se acuclilló ante Álvaro, a su nivel.
¿Quieres quedarte y comer con nosotros?, preguntó despacio.
Álvaro negó con la cabeza.
Yo solo quiero a mi madre.
El hombre sonrió. Y los abrazó a los dos.
Entonces, si tú quieres desde hoy tendrás madre y tendrás padre.
La novia lo miraba desesperada.
¿No estás enfadado conmigo? Te oculté mi pasado y
No me he casado con tu pasado, le susurró él. Me he casado con la mujer a la que amo. Y te quiero más, sabiendo todo lo que has vivido.
Esa boda dejó de ser ostentosa. Ya no era el evento de la alta sociedad. Se volvió sagrada.
Los invitados acabaron aplaudiendo, algunos llorando.
Ya no celebraban sólo una unión, sino una verdadera reunión.
Álvaro cogió la mano de su madre, luego la del hombre que acababa de llamarle hijo.
Ya no había ricos ni pobres, ni barreras ni diferencias.
Solo una voz baja en el corazón del niño:
Don Ramón ¿lo ves? Encontré a mi madre.







