**Diario de una Abuela al Límite**
Hoy hace diez días que mi nuera, Lucía, ingresó en el hospital «por precaución». Está de cuarenta y una semanas, pero en vez de dar a luz, parece estar de vacaciones. Mientras tanto, mi marido, Javier, y yo nos desvivimos con los nietos. A veces pienso que lo hizo a propósito para descansar de ellos.
Mi hijo, Álvaro, no para de repetirme: «Mamá, eres la única que puede ayudarnos». Tengo sesenta años, soy Ana López de Madrid, y ya no doy más de mí.
Todo empezó cuando Lucía, embarazada, tuvo fiebre y dolor de garganta. Perdió el gusto y el olfato, y en lugar de aguantar en casa como cualquiera, decidió ir al hospital. Álvaro trabaja de sol a sol en una obra, así que los niños—Pablo, de cuatro años, y Diego, de dos—cayeron en nuestras manos.
Entiendo que esté preocupada por su salud, pero ¿dos semanas? La primera vez parió en dos horas, casi en el coche. Ahora ve series en el ordenador que le llevó mi hijo y dice que «espera contracciones». Mientras, nosotros aquí, al borde del colapso.
Antes, Lucía dejaba a los niños con su madre. Ahora, de repente, la abuela paterna es su «única salvación». Javier y yo no somos jóvenes. Desde que amanece hasta que anochece es una batalla: pañales, berrinches, cucharas que no son las adecuadas… Los niños no paran de preguntar por su madre. Y yo también me lo pregunto.
La última vez que ingresó «por precaución», el bebé nació en cuanto llegamos. Todo fue rápido. Y ahora, con el tercero en camino, la historia se repite. Hace seis meses, Álvaro me soltó: «Mamá, habrá otro». Le dije: «¿Queréis batir un récord?». Él solo sonrió: «Tranquila, todo está bajo control». Claro, hasta que hay un problema. Entonces soy yo la que tiene que solucionarlo.
Pablo iba a la guardería, pero Lucía lo sacó «para que no se contagie». No puedo llevarlo al otro extremo de la ciudad, así que estamos encerrados. La casa es un caos: comida por el suelo, peleas, llantos… A veces, incluso en el silencio, sigo oyendo sus gritos en mi cabeza.
Por las noches, cuando Javier vuelve del trabajo, se hace cargo de ellos mientras yo cocino para el día siguiente. Lavo, limpio, doy de comer… Y cerca de las nueve, llamo a Álvaro: «¿Ya ha nacido?». Él siempre contesta lo mismo: «No, todo igual». Le digo que salga del hospital, que aquí hay mujeres que paren y al día siguiente están en casa. Pero él insiste: «Ya falta poco, no puede irse ahora».
No estoy enfadada por el bebé, sino por cómo Lucía lo ha organizado. Para ella es como un retiro: reposo, películas, charlas en el móvil… Mientras, nosotros ahogándonos.
¿Quién tiene razón? ¿Mi nuera, que cuida su salud? ¿O yo, que estoy al límite? No lo sé. Solo sé que mi paciencia se agota.







