Mientras hay vida, nunca es tarde para empezar de nuevo. Relato

Mientras uno tenga vida, nunca es tarde. Un relato

Bueno, madre, mañana paso a recogerte como habíamos acordado y te llevo. Estoy seguro de que te encantará el sitio dijo Benjamín mientras se vestía con prisa y cerraba la puerta de entrada.

Doña Ana González se dejó caer con cansancio sobre el sofá. Tras largas conversaciones, había accedido a irse. Las vecinas no tardaron en mostrar su admiración:

¡Vaya, qué hijo más atento tienes, Benjamín! Otra vez llevándote de vacaciones a descansar.

Pero en el corazón de Ana surgieron dudas. Ya vería al día siguiente qué ocurría realmente.

A la mañana siguiente, Benjamín llegó temprano. Subió deprisa las maletas de su madre al coche, la acomodó dentro y partieron.

¡Qué suerte tiene! comentaban las vecinas desde el banco de la plaza. A ella su hijo le pone asistenta, la lleva de descanso No es como nosotras, que tiramos adelante como podemos.

El balneario estaba a las afueras de Madrid.

Madre, esto es casi de cinco estrellas le dijo el hijo, intentando complacerla con la mirada.

Cuando llegaron, caminaron por los jardines donde solo se veían ancianos sentados en los bancos. Ana confirmó sus sospechas, aunque por fuera no mostró nada: llevaba toda la vida acostumbrada a guardar la compostura.

Cruzó una mirada con Benjamín, pero él desvió los ojos al instante, como quien sabe que su madre ya había deducido la verdad.

Mamá, aquí hay médicos, talleres interesantes, compañía Prueba unas tres semanitas, y si hace falta decía Benjamín, titubeando y evitando mirarla a los ojos. Ella simplemente respondió:

Vete tranquilo, hijo. Y no me llames “mamá” así tan aniñado Llámame madre, como antes, ¿de acuerdo?

Él asintió aliviado, le besó la mejilla y se marchó.

A Ana le ofrecieron elegir entre habitación individual o compartida. Eligió tener compañía; no quería quedarse a solas con sus pensamientos.

Bienvenida, querida desde el sofá la saludó una señora elegante. Por fin no estaré sola. Me llamo Doña Mariana López.

Se presentaron.

La habitación, de auténtico lujo, era digna del empeño del hijo: sala común y dos dormitorios con baño propio.

Mariana resultó ser una mujer acomodada y sola, de noventa y un años:

Verás, cielo, estoy cansada, ya quiero que me cuiden. Alquilo mi piso en el centro y vivo aquí, que es una maravilla. No tengo preocupaciones, me atienden, hago talleres creativos. El piso se lo dejé en herencia a mi sobrino; en otoño me lleva al sur. Y tú, cielo, ¿cómo has acabado aquí? Aún te veo bastante joven.

Ana sonrió con cierta ironía. Pero el deseo de desahogarse pesó más:

La verdad, no vine del todo por voluntad propia. Mi hijo vive con su esposa aparte. No terminamos de congeniar.

También tengo un piso grande. En cuanto pudieron, se compraron el suyo y se marcharon. Al principio no estuvo mal, pues con Natividad, mi nuera, no nos llevábamos bien. Venancio, mi hijo, sufría entre las dos, y yo pensaba que debía elegirme a mí antes que a ella.

Qué tontería.

Cuando se fueron, al principio pareció buena idea; incluso creía que, con la distancia, mejorarían las relaciones. Ellos venían con Natividad y Ariadna, mi nieta, de visita frecuentemente. Pero nada me satisfacía ya.

Culpa mía.

Fue como si todos me hubieran olvidado. Me puse a fingir achaques, a exagerar enfermedades para llamar su atención. Pensé que así vendrían más. Benjamín, sin embargo, actuó diferente. Tal vez temía otro conflicto entre Natividad y yo. O simplemente el trabajo le absorbía.

Solo pensaba en mí misma.

No supe valorar lo que tenía.

Me contrató una acompañante, y luego otra. Pero ninguna me gustaba. Quería la atención de los míos y terminé así, sola.

Ariadna, mi nieta, se fue a estudiar a Valencia. Solía llamarme:

Abuela, prontito vuelvo, todo bien aquí. ¿Y tú, cómo andas?

Bien, Ari le respondía Ana.

Abuela, no estés triste. Volveré pronto y Ariadna la decía de corazón.

Culpa mía.

Le dije a Benjamín que empezaba a confundir los medicamentos, que se me olvidaban cosas, mentí.

Esperaba que me invitara a vivir con ellos.

Pero supongo que se asustó de verdad, pensó que estaba peor de lo que era. Con todo el trabajo que tienen él y Natividad, ¿quién iba a cuidar de mí? Así que decidió traerme aquí.

A este balneario de cinco estrellas para ancianos.

Ana se miró al espejo: una mujer mayor, cerca de los ochenta ¿y qué? Mente clara, aún le quedaban fuerzas.

Ella sola se había buscado esto. Quizá de verdad era lo mejor.

Se tumbó y se quedó dormida.

Las tres semanas le parecieron una eternidad.

Venancio venía los viernes, siempre con algún detalle, pero allí no le faltaba de nada.

Habría sido perfecto, si de verdad fuese solo unas vacaciones en un hotel de lujo. Pero la idea de quedarse allí para siempre la consumía.

Pues mire usted, hemos examinado a su madre le informaron los responsables a Benjamín una semana. Doña Ana está perfectamente, solo algo nerviosa, pero nada que no sea habitual.

Ana vio cómo su hijo se sorprendía y alegraba. Ella siempre había pensado que todos estarían mejor sin ella, y allí estaba Benjamín emocionado.

De pronto llegó Ariadna:

¡Abuela! ¿Papá dice que estás de vacaciones? Qué sitio más raro Por cierto, ¡he terminado la carrera! Felicítame. ¿Vuelves pronto a casa? Te echo mucho de menos, quiero vivir contigo.

El corazón de Ana dio un vuelco; la sinceridad de su nieta era palpable:

Papá quiere venir mañana. ¡Prepárate, que te llevamos a casa!

Ana asintió en silencio, porque le faltaban las palabras y casi rompe a llorar.

Mariana, arreglándose el pelo y quitándose los rulos, se preparaba para la velada:

Tú, querida, tienes que volver a casa. Esto no es para ti dijo con un poco de envidia, acomodándose el peinado. No eres una señora de balneario, tú eres de familia se levantó y entró en su habitación con aire orgulloso.

Ana preparó su maleta, incrédula de poder marcharse de aquel paraíso.

Benjamín llegó temprano. Entró sonriente y solo acertó a decir:

Madre y la abrazó.

En el coche esperaban Ariadna y, sorprendentemente, Natividad. Se miraron las tres, y a Ana se le llenó el alma de calor:

Culpa mía. Quise mandar, organizar a todos, no dejé a nadie vivir en paz ¿Por qué era así? Míralas, expectantes Son mi familia.

Gracias susurró Ana apenas audible, mientras Benjamín abría la puerta y ella subía al coche.

De camino a casa, la invadió una felicidad tan inmensa como no recordaba.

A partir de aquel día todo sería distinto. Por fin creía en el futuro.

Nunca es tarde para vivir, para ser feliz y hacer felices a quienes nos rodean.

Rate article
MagistrUm
Mientras hay vida, nunca es tarde para empezar de nuevo. Relato