**Mi vida familiar se derrumbó**
Tengo 60 años y mi marido, 66. Pronto nos divorciaremos. Después de 35 años de matrimonio, que creía sólidos, mi vida dio un vuelco. Yo, Encarnación, y mi esposo, Antonio, parecíamos haber encontrado la armonía en nuestro pueblo de Castilla-La Macha. Pero todo cambió de la noche a la mañana, y ahora me encuentro al borde de la soledad, con el corazón destrozado y una sensación de traición.
Antonio y yo llevábamos más de tres décadas juntos. Todo comenzó en Nochevieja. Como siempre, los hijos se fueron a celebrar con amigos, dejándonos su gato, Canelo. Antonio, pretextando aburrimiento y las largas vacaciones, decidió ir a un pueblo cercano para visitar las tumbas de sus padres y pasar por casa de su hermana. No me opuse—era algo habitual en él. Se marchó, y yo me quedé en casa sin sospechar que sería el principio del fin.
A la semana regresó, pero algo en él había cambiado. Su mirada era distante, y sus palabras, frías. Una semana después, me soltó la bomba: quería el divorcio. «Ya no puedo seguir así—dijo—. Hay una mujer que puede salvarme.» Aturdida, le respondí que era su decisión, pero por dentro todo se me desmoronó. Más tarde supe la verdad: una mujer con la que salió hace 40 años lo encontró en internet. Empezaron a hablar. Ella vivía en el mismo pueblo al que él fue y, resulta que su «visita a la hermana» era solo una excusa para verla.
Pasó tres días con ella. Según él, conectaron al instante. Ella, viuda, segura de sí misma, con un piso de tres habitaciones, una casa en la sierra y varios coches. Antonio le confesó que se sentía inútil, que su salud empeoraba. Ella, autoproclamada curandera, prometió «sanarlo». Incluso dijo que practicaba medicina alternativa, que curaba el cáncer en etapas tempranas y que tenía un don de clarividencia. Sus promesas sonaban a cuento: si Antonio se divorciaba y se casaba con ella, le regalaría una casa en el campo y un coche, además de cuidar su salud. Así empezó esta pesadilla.
Antonio exigió que firmara el divorcio de inmediato. Me negué, diciendo que no iba a seguirle el juego. Entonces, él mismo presentó la demanda. Me enteré del juicio por casualidad, cuando fui a preguntar qué ocurría. En el juzgado leí su declaración y me quedé helada: afirmaba que llevábamos 15 años sin compartir cama y 6 sin vivir juntos. ¡Una mentira descarada! Rechacé sus acusaciones, y ahora espero el juicio sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies.
Su actitud es insoportable. Me mira con desprecio, como si fuera una desconocida. Pero, ¿qué decir de esa «curandera» de 65 años que destruyó nuestra familia? ¿Qué le hizo a mi marido? Antonio le confesó que bebía una copa de brandy al día, a pesar de tener un solo riñón. Ella le dijo que «no pasaba nada». ¡Una locura! Cuando le rogué que recapacitara, me espetó que vivíamos como vecinos y que nuestro matrimonio estaba muerto.
Así terminó mi vida en pareja. A los 60 años, quedarse sola es durísimo. En 35 años, me acostumbré a Antonio, a sus manías, a nuestra rutina. Y él, al parecer, nunca valoró lo que tuvimos. Ahora me enfrento a lo desconocido, con el corazón roto y una pregunta: ¿cómo seguir cuando todo lo que amaste se convierte en polvo?
**Lección aprendida:** El amor puede marchitarse, pero la dignidad no tiene fecha de caducidad.







