Ay, mujer, no seas así, que no pasa nada por un par de pepinos, ¿eh, vecina? Si total, al final se te pasarán y se pondrán feos. Y mira, que justamente han venido mis nietos, pobrecitos, algo de vitaminas les tengo que dar. No seas avara, que somos casi familia, ¡si vivimos pared con pared!
Carmen se inclinó sobre la valla baja de alambre que separaba nuestro huerto del suyo, y su cara redonda se iluminó con una sonrisa falsamente dulce. En una mano llevaba un cuenco esmaltado, ya medio lleno de las fresas de los míos, y con la otra se alargaba para coger unas grosellas de mi lado.
Yo, que estaba de rodillas quitando las hierbas del bancal de zanahorias, me incorporé despacio. Me crujía la espalda y me pasé la mano llena de tierra negra por la frente, quitándome el sudor. La miré con cara de pocos amigos. Eso de somos como de la familia lo llevaba escuchando desde hacía tres veranos, desde que compramos la casita mi marido, Ramón, y yo, y convertimos aquel terruño de maleza en un huerto que parecía una estampa.
Carmen le dije tranquila pero firme, tú también tienes fresas. Las he visto plantadas en tu lado. ¿Por qué no recoges las tuyas?
¡Anda ya! Si las mías ni se ven de lo pequeñas que son, y están ácidas perdidas, se las ha comido todo el bicho ese, el gorgojo ése. Yo no tengo paciencia ni arte para echarles abono como tú, ni esas cosas. A mí me salen como salen, sin química ni leches. Pero tú, madre mía, ¡con unas fresas que parecen tomates! Da hasta pena no cogerlas. Además, tú y Ramón solos, ¡os vais a empachar!
Respiré hondo. La lógica de Carmen era de hormigón armado. De verdad creía que quien tenía más era casi su responsabilidad compartirlo con quien tenía menos, aunque el motivo fuera simple y llanamente pereza.
El terreno de Carmen era el vivo retrato de la dejadez: los manzanos doblados, llenos de musgo, bancales en los que la azada ni se acordaba de su nombre, y raíces de diente de león expandiéndose alegremente hasta invadir mi huerto. Ella iba solo a descansar: tumbada en la tumbona, asando chorizo barato sobre unas piedras y subiendo el volumen a la radio.
Yo, en cambio, era fanática de la huerta. Sabía el nombre de cada planta, pedía semillas especiales por internet, me levantaba a las seis para abrir el invernadero y no paraba hasta que se hacía de noche y acababa de regar. Cada tomate, cada pepino, era resultado de esfuerzo, riñones doloridos y noches de insomnio si amenazaba una helada.
Carmen, deja el cuenco le dije. Las fresas las recojo para mermelada. Me hace falta cada una.
¡Uy, ya estamos! Qué tacaña eres. Venga ya, mujer, que yo solo he cogido un poco, para que los niños las prueben. ¿No me las vas a quitar a los niños de la boca?
Y rápido, antes de que llegara a la valla, se metió una fresa bien grande en la boca, masticó delante mía como si nada y se fue a su casa tan pancha con su botín.
Me quedé en la huerta, notando cómo me hervía la sangre. Ramón salió del cobertizo con la lijadora y, al ver la escena, me miró pero no dijo nada. No le gustaban los líos de vecinas.
¿Otra vez Carmela pastando? me soltó al acercarse.
Pastando, sí le respondí. Como una cabra en mi prado. Esto ya roza la cara dura, Ramón. El otro día, cuando fuimos al súper, cortó los calabacines y dijo: Es que pensé que los habríais olvidado y se estaban poniendo enormes. Y hoy, las fresas, en mi cara.
Ponle una valla grande, mujer. De esas de chapa galvanizada, de dos metros.
No se puede, Ramón. La comunidad prohíbe vallas opacas entre vecinos, solo dejan seto o listones, para que pase la luz. Además, ahora no tenemos un duro, la pasta se fue en el nuevo invernadero.
Cada semana la cosa iba a más. Julio fue caluroso y el huerto resultó una locura de producción: los tomates colgando en racimos, los pepinos crujientes solo de verlos, los pimientos bien firmes y verdes. Y, paradójicamente, cuanto más tenía, más aparecía Carmen por la valla.
Un sábado Carmen recibió un ejército de invitados. Diez personas, ahí con altavoces y cajas de cervezas. Por la tarde, mientras regaba las flores, se me acerca, ya con castañazo de vino, y me suelta:
¡Silvia! Oye, hazme un favor. Se nos ha acabado el picoteo para los invitados, ¿me das unos tomates de esos gordos que tienes, de los Corazón de Buey, y un manojillo de perejil? Que la tienda está lejísimos y los amigos me piden ensaladita.
Enderecé la espalda con la manguera en mano.
Carmen, los tomates casi no han madurado aún. Y los que sí, los llevo mañana al centro para la niña.
¡Anda ya! Si los tienes ahí rojos como farolillos. ¿Te cuesta mucho? ¡Que somos vecinos! Te compro un chocolate cuando baje al pueblo.
No, Carmen, no. Ya está bien.
La expresión de Carmen cambió, dejó de sonreír.
¡Pues ahí te quedas! Ojalá se te pudran enteritos los tomates. Y menudos vecinos sois vosotros ni agua en mitad del verano. ¡Qué ruina!
Se fue pisando fuerte y toda la tarde, de su lado de la parcela, salían risitas y comentarios mordaces: burgueses madrileños, ésos son capaces de pelear por una peseta, ¿quién quiere esas verduras llenas de químicos…? Me daban ganas de llorar. Me metí en casa y puse el televisor lo más alto posible.
A la mañana siguiente, al salir por la puerta, me di cuenta de que la puerta del nuevo invernadero estaba entreabierta. El corazón en la boca. Corrí al bancal.
Tal cual lo imaginaba: las ramas bajas de los tomates más gordos, arrancadas sin compasión; algunas rotas, en el suelo, tomates verdes desperdiciados. Faltaban pepinos, y de la zona de las aromáticas habían arrancado de raíz todo el perejil y eneldo.
Me quedé mirando en shock. Eso era más que robar verduras. Era faltarme al respeto, a mi tiempo, a mi trabajo, a mí misma.
¡Ramón! grité con voz temblorosa.
Él llegó y, al ver el panorama, frunció el ceño.
Esto ya no es ninguna gracia. Es robo.
¿Robo, para qué? ¡Si no tenemos pruebas! No hay cámaras. Dirá que no ha sido ella, o que no hemos visto bien. Carmen no tiene reparos en discutir hasta la saciedad.
Me acerqué a la valla. Todo tranquilo en el terreno de Carmen: los invitados dormían la resaca entre botellas y, justo en la mesa, el cuenco con restos de ensalada. Y allí bien visibles: mis tomates Corazón de Buey bien carnosos, y las hojas rizadas de mi perejil fresco.
Se acabó le solté a Ramón, ahora sí en plan duro. Lo he intentado a buenas. Ahora me toca ser más espabilada. Pero legal.
¿Qué vas a hacer? me preguntó, preocupado. Nada de líos, ¿eh?, que no quiero líos con la Guardia Civil por un cubo de tomates.
Tranquilo, chaval. Solo psicología y un poco de teatro.
Ese mismo lunes fui al vivero más grande de la comarca. Volví con lo siguiente: un mono amarillo de esos con capucha, mascarilla, pulverizador de jardín, colorante alimentario azul y la botella más apestosa de jabón que encontré.
Esa misma tarde, cuando Carmen y su prole salieron a tomar el té tras la siesta, empezó el show en mi huerto.
Me disfracé entera: mono amarillo, mascarilla, gafas, guantes de fregar. Ramón, con una chaqueta vieja y un pañuelo atado a la cara. A la vista de todos me puse a mezclar agua, azulante y medio bote de ese jabón, que olía a rayos. El líquido quedó azul marina, asqueroso.
¡Ramón, apártate! grité para que se enteraran bien los vecinos. Esto es fuerte, ¡cuidado con el veneno!
Empecé a rociar los tomates, pimientos y coles. Quedaba todo azul y con olor a hospital antiguo. Parecía que había caído una plaga nuclear en el huerto.
Carmen, cotilla como siempre, no tardó en acercarse a la valla:
Silvia, ¿tú qué haces? ¿Eso es un incendio? ¡Huele fatal!
Me planté firme, pero no me quité la mascarilla.
Peor, Carmen. He leído en internet que ha salido un virus mezclado con hongos, una plaga chunga. He tenido que tratarlo con un producto experimental. Se llama QuímicoAgro-Veneno. Si queda algo vivo, dicen que luego es seguro pero si te lo comes antes de tres semanas, te envenenas pero bien. Se queda el hígado peor que el de un pato.
¿Tres semanas? preguntó con miedo.
Nada, ni tocar los tomates, ni respirar la planta. Si lo haces, a frotarte con alcohol y darte prisa. Yo el traje, de hecho, lo voy a quemar.
Carmen se quedó un rato con cara de asco, y luego volvió a su casa.
Oye, niños le oí decir enseguida. No toquéis la ensalada de ayer, a saber qué le han echado. Lo mejor tirarla.
Por dentro me partía de risa: primer paso de Operación: Se terminó la jeta, superado.
El resto de la semana, ni se asomó a mi terreno. Miraba mis tomates azules con miedo y si alguno de sus nietos se le acercaba a la valla, chillaba como poseída: ¡No acerquéis! ¡Eso es veneno!.
Ramón y yo, por la noche, lavábamos el tinte de los pepinos y los comíamos tan ricamente. Los tomates se quedaron azules un buen tiempo, acojonando hasta a los pájaros.
A la semana, Carmen parecía menos asustada y más mosqueada. El instinto de cotilla volvió.
Oye, Silvia, ¿te veo tomando pepinos? ¿No habías dicho que no podías hasta dentro de tres semanas?
Estos son del supermercado, Carmen. Los míos no se pueden tocar, que siguen azules. ¿Ves? Son importados, ni saben a nada.
Pues ahí siguen tus tomates azules, ni la lluvia los ha limpiado.
Eso es porque la química es dura, entra hasta dentro de la planta, son cosas modernas, de laboratorio.
Carmen se largó refunfuñando sobre tanta química y a ver si nos dejan algo limpio de una vez, pero ya no volvió a coger nada.
El desenlace llegó en agosto, cuando los tomates empezaban a perder color y ya no asustaban. Carmen debió de pensar que ya valía y le podía la avaricia.
Justo antes de irme a Madrid dos días, colgué en la verja un candado bien grande y una cartulina forrada con celo con el siguiente aviso:
*¡Atención! Área protegida por videovigilancia. Tratamiento fitosanitario en experimentación: peligro para la salud. El consumo o contacto sin neutralización puede resultar irreparable para el aparato digestivo. Se ha notificado a la comunidad. Acceso no autorizado: Se llamará a la Policía.*
Mentira lo de las cámaras, pero lo demás sonaba a ciencia ficción de la buena.
Al volver, me encontré a Carmen en plena discusión acalorada con el presidente de la comunidad, Don Javier, un señor que ni se inmuta.
Mire usted, Don Javier, es que esto no es normal le chillaba Carmen señalando mi cartel. Esto es un atentado. Con la escusa de la huerta, está envenenando el aire y vigilándonos como si fuéramos delincuentes. Prohíbale usar esos venenos y quitar las cámaras, ¡que me está espiando!
Don Javier se frotó las gafas y, al vernos llegar, suspiró aliviado.
Buenas, Doña Silvia. Tenemos aquí una queja sobre productos raros y cámaras.
Nada fuera de la ley, Don Javier le respondí. El cartel es para asustar a los ladrones, porque ya ve la plaga de bípedos que sufrimos. Si nadie entra, nadie enferma.
¿Que yo he entrado? saltó en ese momento Carmen. ¡Anda ya! ¿Dónde están las pruebas?
Tengo vídeos le dije, mirándola a los ojos y sin pestañear. Puse cámaras de verdad el martes pasado. Si quiere, los vemos todos, con Don Javier presente. Así nos reímos de cómo han saltado la valla tus nietos y tus amigos arrancando el perejil. Igual hasta sirve como evidencia.
Bluff total, pero le funcionó. Carmen se puso colorada entera. No podía saber si era cierto y, claro, prefirió no arriesgarse.
¡Me da igual tus tomates radioactivos! Me hago mis ensaladas yo sola, anda y que te los comas todos.
Se fue dando portazo.
Don Javier me dirigió una mirada entre divertida y cómplice.
Oiga, Doña Silvia, ¿pero eso pica tanto?
Colorante alimentario y jabón viejo, Don Javier. Mano de santo contra los bichos y los gorrones.
Muy bien me dijo sonriendo. Deje el cartel, así más de uno se lo piensa la próxima vez.
Desde entonces, relación fría total. Carmen ni me saludaba, y en el pueblo iba diciendo que yo era una bruja envenenadora. Pero el huerto era todo mío. Fin del problema.
Lo más curioso vino la primavera siguiente. Nada más abrir la temporada vi que en la parcela de Carmen había movimiento. Ella, resoplando, cavaba bancales torcidos, pero los cavaba. Tenía bandejas de plantones, raquíticos y pálidos, pero por lo menos eran suyos.
Me acerqué y, al verme, se puso seria y agarró la azada.
¿Vienes a reírte, Silvia?
Que va, Carmen; te iba a decir que no caves tan hondo, que ahí bajo hay barro malo. Échale un poco de arena.
Eso lo sé yo me ladró. No me hace falta que nadie me diga nada. Este año hago mi propia huerta. Sin experimentos.
Así se habla le respondí, sonriente. Nada como lo propio.
Acabado julio, Carmen recogió sus primeros pepinillos torcidos y tomatitos pequeños. Paseaba delante de ellos orgullosa, como quien tiene un diamante. Y lo mejor: ya no asomó la cabeza por encima de mi valla. Había aprendido el valor de un fruto criado con esfuerzo.
Un día la vi echando a los chavales del vecino, que se le metían para recoger pelotas.
¡Fuera de mi huerto! Aquí no se viene a jugar, que esto cuesta sudor, ¡y las plantas no son campo de fútbol!
Miré a Ramón, que asaba sardinas en la barbacoa, y nos echamos a reír.
¿Lo ves, amor? Ese día que me dijiste lo de la valla lo que hay que construir es sentido del esfuerzo, no muros.
Al despedir la temporada, fue Carmen quien se acercó a nuestra verja, esta vez con un tarro en la mano, lleno de pepinillos en vinagre de todos los tamaños.
Toma me dijo secamente, pasándomelo por la valla. Son caseros. Siguiendo una receta que vi en una revista.
Los cogí como si fueran oro.
Gracias, Carmen. Este invierno, los probamos. Y te voy a dar unas semillas de Corazón de Buey para el año que viene, si quieres. Pero hay que plantarlas en febrero, ¿eh? Si quieres, te enseño.
Bueno, vale admitió, si no te importa.
Que no, mujer. Para quien se lo trabaja, nunca me duele regalar.
Nos quedamos un rato mirando los huertos apagados por el otoño. La valla seguía, pero ya no hacía tanta falta. Había, invisible, respeto.
Ah, y ese año no se desperdició ni un solo tomate. Los hice en conserva y, por primera vez, todos se quedaron en casa.
Oye, que si te ha molado el cuento, mándame un mensajito o cuéntame, ¿cómo habrías manejado tú a la típica vecina espabilada?







