Mi tía me ha dejado la casa en Granada, pero mis padres no están de acuerdo. Quieren que la venda, que les entregue el dinero y que yo me quede solo con mi parte. Todos afirman, sin vacilar, que no tengo derecho a ese inmueble.
A veces, las personas más cercanas pueden ser los peores enemigos.
Resulta difícil de aceptar, pero mis padres me odian sinceramente. Siento que no forman parte de mi familia. Con mi hermana menor, Inés, la cosa es distinta. No nos parecemos en nada y no quiero ser como ella; su carácter me desagrada por completo, aunque ellos la presentan como un modelo a seguir.
Inés lleva solo ocho cursos en el instituto, es grosera con los mayores y no se preocupa en absoluto por sí misma. No sé a quién debo imitar Yo, que soy la mayor de la familia, sólo llevo ropa de segunda mano, mientras ella compra ropa de marca que yo ni siquiera quiero usar.
Nadie cree que seamos hermanas. Yo soy educada y ordenada, ella vulgar y desenfrenada. Sólo la quería mi tía Pilar, hermana de mi padre. Al no tener hijos, ella me crió, y, para ser sincera, está más cerca de mí que mis propios padres y mi hermana. Pasamos mucho tiempo juntas; me enseñó todo lo que sé y me hizo sentir en casa. No quería volver al hogar de mis padres.
Hoy puedo decir que mi tía me crió. Era costurera y me transmitió su amor por la costura. Pilar estaba gravemente enferma, así que no se apresuró a formar una familia. Cuando terminé el instituto, falleció y me dejó su pequeño caserón.
Ese legado no alivia el dolor por la pérdida de un ser querido. Para mí, el regalo de la tía parece una señal del destino: al fin tengo la oportunidad de salir del pozo de víboras donde vivo y llevar una vida tranquila. Lo único que me inquieta es que mi padre se considere el heredero directo de la casa. Ya me imagino el escándalo que se avecina.
Mis temores se confirman cuando mis padres y Inés se enteran de todo. Quieren que venda la casa, que les entregue el dinero y que me quede con una parte. Insisten, con unanimidad, en que no tengo ningún derecho sobre ella.
Al ver que sus argumentos no me mueven, empiezan a apelar a la compasión y recuerdan que somos familia. Pero ahora solo hablan de lazos familiares cuando les conviene.
Yo tengo claro lo que pienso: sí, venderé la casa, pero sólo para comprar otra vivienda lo más lejos posible de ellos. Incluso con la pistola en mano no les revelaré mi nueva dirección. Mereceré una vida feliz sin su presencia.
Quiero acabar con todo esto cuanto antes y comenzar una nueva vida.







